Blackout
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«Blackout», de Simon Scarrow, supone un cambio interesante para quienes
asociamos al autor casi de manera automática con la Roma imperial y sus
conocidas...
Hace 3 días.
Con respecto a sus tramas, encuentro dos tópicos comunes: la sexualidad en todas sus variantes (parafilias incluidas) y la soledad. El sexo parece ser el fin último en la existencia de los protagonistas masculinos de "ATLN": el clan familiar de los Belitre está conformado por los abuelos paternos, el padre, la madre y seis hijos varones (de edades comprendidas entre los 9 y 28 años), la mayoría de los cuales está en permanente estado de excitación (en realidad se trata de una familia disfuncional). El cuarteto de compinches de su segunda novela ha dispuesto emprender un viaje vacacional los últimos quince días de agosto, lo que no es otra excusa para ligar y resolver la mala racha amorosa de uno de ellos (para variar, todo se pudre con la primera presencia femenina invasora y la próxima boda de la ex de uno de ellos). En "SP" la hija adolescente (Sylvia), el padre (Lorenzo) e incluso el abuelo (Leandro) tienen que lidiar con su despertar sexual, sus apetitos sexuales que chocan contra muralla encarnada por el conservadurismo de una ecuatoriana inmigrante y el reverdecer sexual a cambio de dinero, respectivamente.Desde los primeros compases del partido mostré mi visión de juego, mi precisión en el corte, mi organización en la defensa y la capacidad para lanzar el contraataque. Lástima que no tocara la pelota en un buen rato y que me dedicara más bien a hacer compañía a Blas, que era nuestro portero. Claudio se enmarañaba en regates estériles entre la defensa contraria. Muy de su estilo, Raúl había fingido un tirón justo antes de empezar y estaba sentado en la banda fumando un porro que le inducía a reír estúpidamente cada vez que la pelota se aproximaba a mí.
Nuestra Pandilla (DeBolsillo, 2010), de Philip Roth. Habrá que saber apreciarlo a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación en 1971.–Yo calvo…, tú un burgués. –reflexionó Blas–. ¿Qué nos está pasando?–A los mejor es la edad.–Ni hablar. El otro día leí en el periódico que ahora la adolescencia dura hasta los veintiocho.–No, Blas –le dije–, la juventud termina el día en que tu jugador favorito de fútbol tiene menos años que tú.
David Trueba, Cuatro amigos
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Maggie adoraba la feria que los libreros de viejo montaban cada semestre en el jardín principal de la universidad. Aunque era cierto que nunca se ofertaban ni los clásicos de bolsillo, y los hallazgos editoriales parecían reservarse a latitudes más sórdidas, como los jirones Amazonas y Quilca en el centro de la ciudad, disfrutaba pasear su nariz por el perfume de tantas páginas sepias distribuidas caóticamente sobre las mesas de madera de cada puesto, guiándose sólo por el efecto narcótico de la experiencia que desprendían, y que, según ella, habían robado de sus antiguos lectores. A Maggie le gustaba creer que las horas y polillas invertidas en cada libro permanecían extáticas en sus páginas como ladrillos incandescentes con los que se podía reconstruir la Babilonia de los jardines y hasta su respectiva torre políglota. Distraída siempre en ese tipo de anotaciones, no dejaba de reconocerse extraña, evidentemente otra que, sin embargo, parecía más ella que nunca, concentrada en la sonrisa tonta del tal Mendizábal…
Giancarlo Poma Linares, Sonata para kamikazes
A veces los libros estaban bien colocados, bajo sus rótulos correspondientes, pero otras veces se encontraban por ahí, desperdigados, en cualquier sitio. Cuando empecé a comprender mejor a las personas, caí en la cuenta de que ese increíble desorden era una de las cosas que la gente apreciaba en Libros Pembroke. No venían sólo a comprar un libro, soltar la pasta y darse el piro. Se quedaban un buen rato. Ellos lo llamaban mirar, pero más bien parecía que estaban excavando una mina. Me sorprendía que no trajesen palas. Cavaban en busca de tesoros con las manos desnudas, hundiendo a veces los brazos hasta las axilas, y cuando extraían alguna pepita literaria de algún montón de escoria, se sentían muchísimo más felices que si hubieran llegado y hubiesen comprado directamente el libro. En ese sentido, comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente —la estantería, el montón, la caja siguientes—, y eso constituía una parte importante del placer. Y eso constituía una parte importante del placer de los túneles, también: nunca sabía uno qué aguardaba a la vuelta de la esquina, al final del conducto siguiente.
A raíz de este descubrimiento, me dediqué casi por entero a los libros de arriba, mejores que los del sótano. Salas y más salas repletas de libros. Los había encuadernados en cuero, con ribetes de oro, pero el caso era que a mí me gustaban más los de bolsillo, sobre todo los de New Directions, con sus cubiertas en blanco y negro, y también los muy serios y muy austeros de Scribner. Si fuera un ser humano y me dedicase a leer en los parques, ésos son los libros que siempre llevaría conmigo.
Y no tienes que creerte los relatos para que te gusten. Me gustan todos. Me encanta la progresión del planteamiento, del desarrollo y del desenlace. Me encantan la lenta acumulación de significados, los brumosos paisajes de la imaginación, los recorridos laberínticos, las laderas boscosas, los reflejos en los estanques, los giros trágicos y los deslices cómicos.
Y así a decenas [de dedicatorias], en cada ranchera llena de libros que llegaba. Era asqueroso. Tendrían que enterrar los libros con sus propietarios, como hacían los egipcios, para que la gente no pudiera poner sus manazas en ellos, luego; para que los muertos tuvieran algo que leer en su largo recorrido de la eternidad.
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Como el Centro Cultural de España está relativamente cerca de mi casa (foto de al lado tomada de aquí), y no tuve apuros horarios, decidí hacer el recorrido a pie, mientras me imaginaba lo reducido que podría llegar a ser el recinto si la concurrencia superaba las expectativas de los promotores y se asemejaba más a los vaticinios de los más entusiastas bloggers y sus comentaristas, quienes recomendaban asistir con 2 horas de anticipación para encontrar sitio. Llegué minutos antes de las 6pm y nada presagiaba que allí se iba a presentar Vila-Matas. Ni rastro de lo que minutos después se iba a formar a mis espaldas: una respetable cola (no digo respetada porque los zampones abundaron). Hasta que a los que pululábamos por los alrededores del recinto y nos cruzábamos y descruzábamos sin nada que leer -salvo hojear por enésima vez el programa cultural del mes de julio-, ni hacer mas que pensar -en mi caso- si aquella pantalla ubicada en los exteriores iba a ser en beneficio de una multitud -hasta ese momento inimaginable- de espectadores sin lugar en el interior, o era que a todos nos iban a mantener congelándonos afuera por algún inexplicable motivo; decía que hasta que alguien revestido de cierta autoridad nos dijo que "esta es la cola para acceder al auditorio" y me comunicó con otras palabras que yo era el tercero de la fila, yo no había abierto la boca para nada y aún no era muy consciente de lo que ocurría a mi alrededor, bien agarradito que estaba de dos de mis libros vilamatianos que llevé para la ocasión.
Etiquetas: Libros y autores
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