Maggie adoraba la feria que los libreros de viejo montaban cada semestre en el jardín principal de la universidad. Aunque era cierto que nunca se ofertaban ni los clásicos de bolsillo, y los hallazgos editoriales parecían reservarse a latitudes más sórdidas, como los jirones Amazonas y Quilca en el centro de la ciudad, disfrutaba pasear su nariz por el perfume de tantas páginas sepias distribuidas caóticamente sobre las mesas de madera de cada puesto, guiándose sólo por el efecto narcótico de la experiencia que desprendían, y que, según ella, habían robado de sus antiguos lectores. A Maggie le gustaba creer que las horas y polillas invertidas en cada libro permanecían extáticas en sus páginas como ladrillos incandescentes con los que se podía reconstruir la Babilonia de los jardines y hasta su respectiva torre políglota. Distraída siempre en ese tipo de anotaciones, no dejaba de reconocerse extraña, evidentemente otra que, sin embargo, parecía más ella que nunca, concentrada en la sonrisa tonta del tal Mendizábal…

Giancarlo Poma Linares, Sonata para kamikazes

Anoche… No, anoche no. Las primeras horas del día de hoy terminé de leer Firmin (Seix Barral, 2007). En realidad debía haber terminado de leer la novela de Sam Savage unas horas antes, cuando aún era viernes, pero me daba pena acabar la historia, a pesar de lo abducido que me hallaba, así que traté de retrasar el final mirando para otro lado, pensando en las musarañas, ideando escribir un post -otro post fantasma- que se titule “Instrucciones para comprar libros (guía local)”. Como el sueño no me visitaba, decidí tomar una de mis lecturas pendientes de reciente adquisición (sí, regresé a la FIL y compré otros 6 libros): Sonata para kamikazes, de Giancarlo Poma Linares (Lima, 1985), novela ganadora del XIII Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro BCRP, pero pese al evidente color local de las situaciones, no pude pasar de la página 27, ya que el último párrafo de esta página (transcrito al principio) me dirigió directo y sin escalas a las páginas finales y al final de la ratita devoradora de libros.

Debo reconocer que las partes que más me gustaron de Firmin tenían que ver con las observaciones que la ratita hacía del librero Norman Shine y su librería de viejo, Libros Pembroke: la azarosa disposición de los libros, la diligencia de Norman, el buen ojo del librero a la hora de valorar ciertos libros, la gente que acudía a la librería y se internaba en sus instalaciones como si de la caza de un tesoro se tratase o sólo iba a husmear y departir con el dueño, etc. Cuando Firmin pasa a compartir sus días con Jerry Magoon, el escritor fracasado, la trama se torna bastante previsible, pero no menos entrañable, hasta que…

A continuación, algunos de mis extractos favoritos de esta imperdible novela; mi pequeña lista de nuevas adquisiciones, y más fotos de la FIL
A veces los libros estaban bien colocados, bajo sus rótulos correspondientes, pero otras veces se encontraban por ahí, desperdigados, en cualquier sitio. Cuando empecé a comprender mejor a las personas, caí en la cuenta de que ese increíble desorden era una de las cosas que la gente apreciaba en Libros Pembroke. No venían sólo a comprar un libro, soltar la pasta y darse el piro. Se quedaban un buen rato. Ellos lo llamaban mirar, pero más bien parecía que estaban excavando una mina. Me sorprendía que no trajesen palas. Cavaban en busca de tesoros con las manos desnudas, hundiendo a veces los brazos hasta las axilas, y cuando extraían alguna pepita literaria de algún montón de escoria, se sentían muchísimo más felices que si hubieran llegado y hubiesen comprado directamente el libro. En ese sentido, comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente —la estantería, el montón, la caja siguientes—, y eso constituía una parte importante del placer. Y eso constituía una parte importante del placer de los túneles, también: nunca sabía uno qué aguardaba a la vuelta de la esquina, al final del conducto siguiente.

A raíz de este descubrimiento, me dediqué casi por entero a los libros de arriba, mejores que los del sótano. Salas y más salas repletas de libros. Los había encuadernados en cuero, con ribetes de oro, pero el caso era que a mí me gustaban más los de bolsillo, sobre todo los de New Directions, con sus cubiertas en blanco y negro, y también los muy serios y muy austeros de Scribner. Si fuera un ser humano y me dedicase a leer en los parques, ésos son los libros que siempre llevaría conmigo.

Y no tienes que creerte los relatos para que te gusten. Me gustan todos. Me encanta la progresión del planteamiento, del desarrollo y del desenlace. Me encantan la lenta acumulación de significados, los brumosos paisajes de la imaginación, los recorridos laberínticos, las laderas boscosas, los reflejos en los estanques, los giros trágicos y los deslices cómicos.

Y así a decenas [de dedicatorias], en cada ranchera llena de libros que llegaba. Era asqueroso. Tendrían que enterrar los libros con sus propietarios, como hacían los egipcios, para que la gente no pudiera poner sus manazas en ellos, luego; para que los muertos tuvieran algo que leer en su largo recorrido de la eternidad.

Mis compras en mi segunda visita a la FIL (los 3 primeros son de escritores peruanos):

Sonata para kamikazes (Banco Central de Reserva de Perú, 2010), Giancarlo Poma Linares.

Un beso de invierno (BCR, 2001), Premio BCRP – Novela Corta 2000, de José de Piérola.

Crecer es un oficio triste (ElCobre, 2003), creo que es el primer libro de cuentos (para adultos) del peruano Santiago Roncagliolo.

Historias de amor (Biblioteca esencial, La Nación, 2005), 18 cuentos del argentino Adolfo Bioy Casares.

Yo, el rey, de Juan Antonio Vallejo-Nágera, Premio Planeta 1985

Todo bajo el cielo (Planeta, 2006), de Matilde Asensi. No he leído nada de esta escritora de best-sellers. Si no me gusta, normal, teniendo en cuenta que generalmente no me va bien con este tipo de novelas, pero ay!, si me llega a gustar, voy a tener que buscar más de sus libros.

 

 


Permítanme titular este post así: en plural. Estoy convencido de que la mayoría de visitantes de Fenixcidio está disfrutando de la lectura de uno o más libros; tiene una pila considerable de pendientes aguardando ser leídos, y en el transcurso de las horas o días incrementará su biblioteca personal con uno o varios títulos más. Por si fuera poco, su plan infinito no parará de crecer con cada nueva recomendación (leída, escuchada) y compra imaginaria, pospuesta de momento hasta llegar el día señalado. En mi caso, el día señalado llegó para hacerme de algunos libros no habidos en ocasiones pasadas o que ostentaban precios prohibitivos. Como ya sospecharán, este post tratará de mis adquisiciones librescas de junio y julio. Con letra de color verde estarán los libros ya finalizados (cualquier consulta sobre estos, mándenme un e-mail).

1. Utz (Quinteto, 2008) de Bruce Chatwin.
2. Fuera (Seix Barral, 2008), libro de 4 relatos de la italiana Susanna Tamaro, cuyo tema común es la inmigración.
(Ambos los adquirí exclusivamente para el Reto 2010, casi casi una apuesta a ciegas, aprovechando las ofertas de un supermercado. Me sonrojo, me acaloro… Ya me pasó. No son unos bodrios; se dejan leer.)

3. El sobrino de Wittgenstein (Compactos Anagrama, 2005), de Thomas Bernhard. Lectura mencionada por Mario Levrero en La novela luminosa. Quería leerlo hace tiempo y lo encontré en una librería por debajo de su precio normal. ¿La razón? La tapa ha perdido su color original. El resto: sano y salvo.

4. El arte de la resurrección (Alfaguara, 2010), del chileno Hernán Rivera Letelier.
XII Premio Alfaguara de Novela 2010. No puedo evitar leer estas novelas premiadas. Siempre me digo que es una manera de conocer nuevos escritores.

5. En el nombre del cerdo (Destino, 2006), de Pablo Tusset. Vi el libro y recordé que en su momento me atrajo la reseña que le dedicó Isi. Entrañable el personaje del Comisario Principal Pujol.

6. Dublinesca (Seix Barral, 2010), de Enrique Vila-Matas.

7. El laberinto de las aceitunas (Biblioteca de Bolsillo, Seix Barral, 1995), de Eduardo Mendoza. ¡Genialmente divertida! Si no fuera por los libreros de viejo, hasta ahora tendría como inleído a este estupendo escritor.

8. Tocarnos la cara (Anagrama, 1995) y 9. La conquista del aire (Anagrama, 1998), de la madrileña Belén Gopegui. No he leído nada de esta escritora. Espero no decepcionarme. Igual fue una ganga. Una arriesgada ganga.

10. Valfierno (Planeta, 2005), del argentino Martín Caparrós. Premio Planeta (Argentina) 2004. No se dejen llevar por la imagen de la portada. No se trata de un best-seller sobre el Santo Grial, o la sangre de los senescentes, o algo por el estilo. Precio prohibitivo en el pasado.



El día de ayer se dio inicio a la Feria Internacional de Libro de Lima en su décimo quinta edición. La novedad –aunque nada tiene de novedoso, quizá mucho de molestoso y penoso– es que el recinto ferial cambió de sede una vez más y se trasladó al familiar –para mí– distrito de Jesús María; nada menos que al Parque de Los Próceres de la Independencia. ¡Imagínese entoldar todo aquello! ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo quedó? Deberán verlo por sus propios ojos; de ser posible denle una ojeada previa al plano, caminen con cuidado, tómense su tiempo (tiempo es lo que me ha faltado, gran excusa para volver) pues la “cosa” parece obra de un Dédalo redivivo sobre un terreno irregular plagado de escalones. Espero que pasado el día inaugural, todos los stands y salas se encuentren equipados y las obras de instalación finiquitadas (ayer aún circulaba personal proveído de escaleras y herramientas, y los contrastes de luz eran notorios). Y bueno, esto fue lo que me compré (no, no fui a la presentación de la primera parte de la trilogía de Jaime Bayly, menos me compré su novela):

11 y 12. Cuentos. Volúmenes 1 y 2 (Punto de Lectura, 2005), de Scott Fitzgerald (introducción y traducción de Justo Navarro). Sí, el autor de El gran Gatsby y el cuento llevado al cine: El curioso caso de Benjamin Button.

13. Firmin. Aventuras de una alimaña urbana (Seix Barral, 2007), de Sam Savage. ¡Por fin lo tengo! Ya no podía más de la curiosidad por todo lo leído en la blogósfera amiga. Leo en la contraportada los elogiosos comentarios de Rosa Montero, Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán, ¡y ya quiero empezarlo!

14. El corrido de Dante (Planeta, 2008), premiada novela del peruano Eduardo González Viaña. Me la debía. La encuentran a 19 soles en el stand de Planeta.

15. Cuatro amigos (Quinteto, 2009), de David Trueba. Será mi tercer libro de este escritor. Abierto toda la noche y Saber perder me gustaron.

16. Dietario voluble (Anagrama, 2010), de Enrique Vila-Matas. Actualmente es mi libro de cabecera que ha relegado mi relectura azarosa de Trilogía de la Memoria, de Sergio Pitol, y de El cuaderno gris, de Josep Pla, dietario este último que el amigo Oesido está comentando en periódicos posts.


***
Recién me entero a qué se debía ciertos tonos chillones de un stand visto a prudencial distancia, así como del rol que desempeñarían un par de damas con similar atuendo chillón. Quien se anime a visitar la exposición fotográfica denominada "Ampay Ajá: 16 años de fotografía de espectáculos en Perú", favor de contarme más al respecto. 

A continuación, una fotitos que bien podrían titularse “Antes y después” (las gracias a Internet por el “antes”). Apréciese, hasta donde se pueda o la imaginación les dé, al fan proselitista ubicado en las afueras de la FIL.

 

 

 












 







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Quiso el azar, o como se le denomine, que tuviéramos a Enrique Vila-Matas en Lima el mismo día que la selección española de fútbol selló su pase a la final de Sudáfrica 2010 dejando en el camino a un desdibujado equipo teutón, y lo hizo jugando bien, cosa que le valió el rótulo de favorita para su choque con Holanda. El resultado de ayer, domingo, es de sobra conocido, así que enhorabuena para todos los españoles por este merecido título. (Hace poco el balompié peruano ha sido puesto en las manos de un “mago” de nacionalidad uruguaya, quien tendrá la titánica tarea de clasificarnos al mundial a realizarse dentro de cuatro larguísimos años en el vecino país del Brasil, cita a la que no vamos desde la lejana España 1982, cuando yo seguía siendo un niño pero con algunos años menos.)

En entradas anteriores, y una especialmente que titulé “Lectores sui géneris”, más o menos he ido esbozando la clase de lector que creo ser en relación con la figura del escritor-autor-creador de los libros que me han llevado a conocerlos personalmente en diversos actos culturales (conferencias, charlas, conversatorios, firma de libros, etc.), para salir de allí con el creciente convencimiento de que sí, aquella estirpe de seres humanos que suele denominarse escritores existe, salvo que todo se trate de una cruel estafa y todos los libros del mundo, incluidos los de auto ayuda, sean producto de una única mente robótica al servicio de algún desalmado dispuesto a llenarse los bolsillos, y en ese sentido, el señor Vila-Matas sería un  mercenario y vil impostor.

Cuando a fines de mayo se filtró la noticia de que el autor de Exploradores del abismo (2007) iba a pisar suelo limeño la primera semana de julio (el mes patrio por antonomasia, aunque también el mes de la FIL y de los cuchumil circos -el Cirque du Soleil recién se presentará en septiembre- y de gente menuda tomando las calles), yo literalmente salté en un pie. Previsiblemente, la euforia inicial dio paso a mi característico escepticismo por la imprecisa y lejana fecha, y además porque no se sabía dónde se iba a llevar a cabo tamaño acontecimiento; ni la página web del escritor catalán ni la del Grupo Planeta despejaban las brumas que se cernían sobre mi mente (unos y otro sitios se tomaron su tiempo), y por si fuera poco, Dublinesca (Seix Barral, 2010) aún  no llegaba a librerías, situación que se regularizó casi al mismo tiempo en que se confirmó la fecha y el lugar donde se iba a llevar a cabo la conferencia “La teoría de Lyon”. Y ese día llegó.

Como el Centro Cultural de España está relativamente cerca de mi casa (foto de al lado tomada de aquí), y no tuve apuros horarios, decidí hacer el recorrido a pie, mientras me imaginaba lo reducido que podría llegar a ser el recinto si la concurrencia superaba las expectativas de los promotores y se asemejaba más a los vaticinios de los más entusiastas bloggers y sus comentaristas, quienes recomendaban asistir con 2 horas de anticipación para encontrar sitio. Llegué minutos antes de las 6pm y nada presagiaba que allí se iba a presentar Vila-Matas. Ni rastro de lo que minutos después se iba a formar a mis espaldas: una respetable cola (no digo respetada porque los zampones abundaron). Hasta que a los que pululábamos por los alrededores del recinto y nos cruzábamos y descruzábamos sin nada que leer -salvo hojear por enésima vez el programa cultural del mes de julio-, ni hacer mas que pensar -en mi caso- si aquella pantalla ubicada en los exteriores iba a ser en beneficio de una multitud -hasta ese momento inimaginable- de espectadores sin lugar en el interior, o era que a todos nos iban a mantener congelándonos afuera por algún inexplicable motivo; decía que hasta que alguien revestido de cierta autoridad nos dijo que "esta es la cola para acceder al auditorio" y me comunicó con otras palabras que yo era el tercero de la fila, yo no había abierto la boca para nada y aún no era muy consciente de lo que ocurría a mi alrededor, bien agarradito que estaba de dos de mis libros vilamatianos que llevé para la ocasión.

Poco a poco vi que alguien “paseaba” Hijos sin hijos (1993), otra persona leía Suicidios ejemplares (1991) y doblaba las hojas a falta de separadores (mínimo hubiera necesitado una docena). Otro desconocido releía con cierto apremio indistintas páginas de Dublinesca. Durante esos largos minutos de espera fui inquirido por mis vecinos de la cola sobre mi parecer de la novela; si sabía si la iban a vender ahí, cuánto costaba. Si conocía al presentador, si vi el partido... Si ya me había dado cuenta que el primero de la fila era Enrique Prochazka. Si había leído Casa (2004), de Prochazka, y también si había leído los libros de Fernando Ampuero, a quien vimos pasar como si en una pasarela se encontrase, etc. Cuando no estaba abriendo la boca para responder semejantes interrogantes, o para “contraatacar” (la verdad es que hubo momento en que me puse a pensar si no estaría siendo filmado y sometido a alguna innovadora cámara indiscreta que tenía como víctimas a inofensivos lectores), mi mente se disparaba hacia aquel día -hace aproximadamente 3 años- que tuve en mis manos mi primer ejemplar del catalán, y uno de mis títulos predilectos: Bartleby y compañía (2001), libro epifánico que releí, ya que meses antes había caído en mis manos el e-book (a veces me siento un blogger Bartleby, alguien que preferiría no postearlo, en fin, sigamos). Como lector tardío que soy de muchos escritores valiosos, y porque estamos en el Perú, hasta ahora sólo he podido agenciarme de 10 libros, pero no pierdo las esperanzas en que podré hacerme de más. Yo que pensaba en todo esto y Vila-Matas hacía su ingreso en compañía de Paula de Parma (su compañera y a quien le dedica sus libros) con una hora de anticipación.

Los que llenamos el auditorio del Centro Cultural de España el pasado miércoles y esperábamos la conferencia anunciada en el programa recibimos a cambio toda la buena disposición y amabilidad de Enrique, ante mi miedo inicial de que se hartara  antes de tiempo  y lo expresara de alguna manera, de responder preguntas tan manidas -en apariencia- como ¿en qué momento se dio cuenta que quería ser escritor?, ¿cuál es su método de trabajo?, ¿pasó por algún período de crisis con alguno de sus libros?, ¿qué recuerdos tiene de Roberto Bolaño, Paul Auster, Sergio Pitol?, etc. Con un coloquial “No vamos a tener una conferencia sino vamos a conocer un poco más a Enrique y a hablar de su obra”, un comprensiblemente nervioso Gabriel Ruiz Ortega dejó claro el derrotero que la “charla” iba a tomar para deleite de la concurrencia (aquí pueden apreciar casi la totalidad de la conversa y aquí la crónica del amigo Pollo). El hielo se rompió cuando salió a relucir el hinchaje de Enrique por el Barça, a propósito del mundial, más que justificado porque el fútbol pertenece a los insondables dominios de la ficción, y, como ya es conocido gracias a sus libros y entrevistas, los límites entre ficción y realidad se diluyeron una vez más con cada anécdota que reelaboró y desgranó tan ilustre visita, acompañado de su contagiante sentido del humor.

Al final se armó el despelote. No ha quedado material fotográfico del bolondrón que se armó durante la firma y venta de ejemplares (de un vídeo se ha capturado algunas imágenes en blanco y negro, cortesía de T), ambas cosas se dieron en la misma mesa en un reducido espacio, de manera que al lado del escritor podía apreciarse a una dama verificando la autenticidad de un billete de 100 soles. No hubo un orden preestablecido -todo fue sobre la marcha- que “sosegara” el rostro de Vila-Matas y escuchara nítidamente a quienes se acercaban a solicitarle la firma de su ejemplar respectivo, así que en la mayoría de casos fue muy expeditivo con sus lectores. A mí me preguntó como 3 veces por mi nombre por la bulla reinante. Pero bueno, lo mejor que es que viví para contarlo y para seguir leyéndolo y recomendándolo, señor Vila-Matas.

 









Tres días después, volvía a estar ya en París. Y al poco rato de haber vuelto a la buhardilla de la rue Saint-Benoit tomaba un metro que, si la memoria no me engaña, me dejó muy cerca de la place Flaguiere, donde tardé bastante -me puse muy nervioso- en encontrar el inmueble en que vivía Ribeyro. Tardé, pero finalmente lo hallé y entonces recuerdo que subí por una empinada escalera con la satisfacción íntima e inmensa del que se dispone a cumplir la misión que le han encomendado. Hoy me digo que es probable que las galeradas que yo llevaba fueran las de Prosas apátridas, artefacto literario que con el tiempo se convertiría en uno de mis libros favoritos. Recuerdo que aquel encargo me había dejado contento, pues sentía que por fin había recaído sobre mí la responsabilidad de algo y hasta le había encontrado por fin un respetable sentido a mi decisión de trasladarme a vivir a París.

Regresé a esa ciudad un 9 de diciembre de 1975, y ese mismo día, tras dejar la maleta en la buhardilla, cumplí inmediatamente el encargo de Beatriz. Subí por una empinada escalera, llamé al timbre y Ribeyro, que estaba jugando con su hijo en el recibidor de la casa, abrió aquella puerta en el acto. Yo era muy tímido. Pero, por lo visto, Ribeyro también. "Le traigo esto", dije. Luego he sabido por su diario personal que para él existía un paralelismo entre la actividad de su hijo y la suya, entre el juego y la escritura; "El estado de ánimo que le conduce a sus juguetes es similar al que me sienta frente a mi máquina: insatisfacción, aburrimiento, deseo de ceder la palabra al otro o los otros que hay en nosotros mismos..."

Ribeyro cogió las galeradas y me observó en silencio. Era alto y enjuto, me pareció que de ambigua fragilidad. "De parte de Beatriz", añadí bastante nervioso. En los segundos que siguieron estuve esperando a que él dijera algo. Cuando me pareció que iba a decirlo, huí de allí, y lo hice a causa del pánico que mi timidez y la suya habían provocado en mí. Bajé a gran velocidad los peldaños y cuando me hallaba ya en la primera planta y sentía que iba a alcanzar pronto el aire fresco y liberador de la calle, oí de repente la voz del escritor llegando, amortiguada por la risa feliz de su hijo, desde lo alto del hueco de la lúgubre escalera.

"Sosiéguese", oí que me decía.

Es paradójico, pero ha pasado el tiempo y ese tímido, fugaz y frío encuentro lo recuerdo muy cálido. Ignoro de dónde viene ese calor que llega de tan lejos y llega tanto tiempo después.

Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, Anagrama, 2003





(Los datos tomados de aquí)
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7 de julio, Lima (PERÚ)
Auditorio Centro Cultural de España de Lima, 7:30 pm
En el marco de Semana de Autor
Conversando con Enrique Vila-Matas
"El escritor y blogger Gabriel Ruiz Ortega dialogará con Enrique Vila-Matas sobre su esperada nueva novela Dublinesca".
Sobre DUBLINESCA:
“Una novela única en un escritor siempre sorprendente y desconcertante y el que más ha contribuido, con Javier Marías, a inaugurar nuestra “modernidad”, a crear una nueva voz narrativa, a integrarnos a otras literaturas y a salir de nuestra peor maldición, el casticismo”
“Una novela que, como el Ulises de Joyce, es una nostalgia de lo no vivido y una magnífica epopeya de la vida cotidiana”
Juan Antonio Masoliver Ródenas (La Vanguardia)
“El libro más personal de Vila-Matas, en el que la parodia revela los más profundos sentimientos del escritor hacia los padres, la esposa recuperada, la amistad y la literatura, con una escritura que nos acompaña como una melodía. El libro de la década”
JAMR, La Vanguardia, 21 abril 2010
“Dublinesca es como una destilación de todo lo que ha ido construyendo su autor a lo largo de una de las trayectorias más originales de la narrativa española de las últimas dos décadas. Sentido y meditado homenaje crepuscular a una ciudad, a la literatura y a algunos de los que exploraron sus límites (Joyce, Beckett), y elegiaco homenaje a un mundo que se acaba”
Manuel Rodríguez Rivero (El País)
“Uno de los más redondos héroes del modernism narrativo que hayan dado nuestras letras. Dublinesca es una excelente novela, la más ambiciosa y mejor de Enrique Vila-Matas”
Santos Sanz Villanueva (El Mundo)
“El más singular, arriesgado y novedoso de cuantos proyectos narrativos se han puesto en pie en España en los últimos tres decenios, ha alcanzado su cénit. Porque eso es, en definitiva, la última novela de Enrique Vila-Matas: el cénit, la cumbre de su obra”
J. Albacete (De Verdad Digital)
“Espléndida historia, con la que creo que Enrique Vila-Matas ha dado la novela de su vida”
José María Pozuelo Yvancos (ABC)

Se supone que por estas fechas alguien como yo ya debería haber leído todos los ejemplares que compró antes de celebrarse el día del libro y, salvo excusa justificable, no haber comprado más hasta terminarlos. Imposible prometerse algo semejante. La tentación es demasiado fuerte. Uno sabe, intuye más o menos el título que quiere leer después de la lectura en curso, quizá también el próximo, no más. Nuevas adquisiciones suelen imponerse en nuestro hipotético plan lector hecho sólo de libros disponibles en nuestra biblioteca o los que se apilan en la acogedora mesita de noche. Proliferan las recomendaciones, las reseñas atractivas, las “novedades novedosas” de nuestros escritores favoritos, así que uno tiene que contener sus ganas de asaltar la primera librería que le quede de camino o repetirse en tono admonitorio que no sólo de libros vive el hombre, a la vez que, hablo por mí, le doy una ojeada a mi desfallecida billetera, a mis menguados ahorros. Mientras tanto, el plan infinito no deja de hacerse infinito...

Desde aquel lejano post de abril donde les contaba mi periplo libresco, he ido hasta en cuatro oportunidades a diversos lugares a la caza de libros (sí, esto con el correr de los años, y debido a mi ubicación en el mapa, cobra visos de cacería), y déjenme decirles que me fue bien; es más, varios de esos libros ya los disfruté porque se impusieron a los que tenía en mi haber. Así que, antes de hacer mi recuento de lectura de medio año (esperar hasta fines de diciembre puede resultar contraproducente para más de un lector amigo de la casa), les contaré los frutos de esas andanzas que tienen como escenarios el retorno a la Feria del Libro de Lima Norte, la visita a una librería en inmejorable compañía, y dos visitas en un solo viaje a los libreros de Amazonas y Quilca, la última también en agradable compañía.

Cuando me enteré que el nuevo libro póstumo de Roberto Bolaño ya había llegado a Lima, decidí acudir nuevamente a la pequeña feria instalada en el cono norte de la capital, que iba por sus últimos días, con el fin de acercarme donde el stand de mi casera del Jirón Quilca para solicitarle me consiga y separe El Tercer Reich, novela que en un rápido recorrido no hallé por el recinto ferial. Hecho el pedido, fue ineludible “ver” libros y, a pesar de estar corto de fondos, salí con dos que estaban en oferta:

1. Queda la noche, de Soledad Puértolas (Premio Planeta 1989). Uno más de la colección de Premios Planeta que sacó un diario local. Hasta ahora no leo los otros dos que conseguí y mostré.

2. El búfalo de la noche (Belacqva, 2006), de Guillermo Arriaga. El mexicano es el guionista de Amores perros, 21 gramos y Babel. Llevaba un buen tiempo interesado por esta novela de prohibitivo precio. Un día cayó en mis manos su versión cinematográfica (entre otros actúan Camila Sodi y Diego Luna) y la verdad es que no entendía lo que estaba viendo, además que por esas fechas llegaba a mi casa al filo de la medianoche bastante cansado. Recuerdo escenas sexuales explícitas y poco más. No llegué a ver la película completa. En alguna parte estará el DVD. El libro no está mal.

Semanas después, luego de acompañar a mi querida amiga K a comprar su cámara digital, fuimos a Crisol de San Isidro por mi ansiada novela póstuma del chileno y de paso una más se sumó a la lista.

3. El Tercer Reich (Anagrama, 2010), de Roberto Bolaño. ¿Qué más puedo añadir?

4. Saber perder (Compactos Anagrama, 2009), de David Trueba. Me gustaría explayarme acerca de este autor cuando lea su novela anterior, también publicada en Anagrama.

Una impensada visita relámpago a los libreros de Amazonas (ya les conté que allí compré los libros que hasta ahora tengo de Eduardo Mendoza) me llevó a descubrir un suprarrealista stand que vendía libros nuevos, sellados, de la editorial Planeta (de diversas colecciones de esa casa editora, varios  de ellos desconocidos best-sellers para mí), a la más que módica suma de 10 soles. Ver un libro de Muñoz Molina y otro de Philip Roth (ambos en Seix Barral) a ese precio me dejó con el alma por el suelo. El resto de autores y títulos me sonaban a chino, salvo una novelita de Fernando Savater y una novela ucrónica de Philip K. Dick. Prometí volver por el libro del norteamericano si, hechas las averiguaciones, valía la pena. De todos modos me llevé:

5. Lo que le falta al tiempo (Planeta, 2007), de Ángela Becerra. Decidí darle una segunda oportunidad a esta escritora ya que el año pasado leí Ella, que todo lo tuvo, novela con que ganó el Premio Iberoamericana de narrativa Planeta-Casamérica 2009. Valió la pena este segundo acercamiento.

Más tarde me dirigí a Quilca, con el fin de hacer un par de pedidos a una de mis caseras, mas aproveché para hacerme de una recomendación:

6. El Sabueso de los Baskerville (Grupo Editorial Tomo, 2004), de Arthur Conan Doyle. El recuerdo de la entrada de Lammermoor me animó.

Este sábado último tocaba ir nuevamente a Amazonas en compañía de un nuevo amigo lector, y de paso a Quilca (tenía intención de hacer fotos de este circuito libresco), en pos de las novelas de Dick (la relectura de un artículo de Bolaño terminó por decidirme) y Khaled Hosseini (para Bibliolandia). Además, podía permitirme elegir entre el último libro de Coetzee o el de Arturo Pérez-Reverte. Finalmente, entre ejemplares nuevos y de segunda compré:

7. La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral Biblioteca de Bolsillo, 1991), de Eduardo Mendoza. Rescaté este libro de una mesa de remate. Está en buenas condiciones. Ya tiene turno de lectura. En sus páginas interiores encontré un ¿ticket?

8. Matar un ruiseñor (Editorial La Oveja Negra, 1985), de Harper Lee. Un libro más en mi poder de esta singular y mítica colección colombiana. A que no adivinan de quién tomé la recomendación.

9, The mexican (Punto de Lectura, 2001), novela de Robert Westbrook basada en el guión de J.H. Verbinski. Como hasta ahora no he visto la película, me interesé por el libro.

10. Un dos por uno en Club Bruguera: De tu tierra (1942) y El camarada (1947), de Cesare Pavese.

11. El hombre en el castillo (Minotauro, 2002), de Philip K. Dick. Ahora sí tengo las mejores referencias sobre esta, a decir de los entendidos, obra maestra del subgénero de la ciencia ficción denominado ucronía.

12. Mil soles espléndidos (Salamandra, 2008), de Khaled Hosseini. Leyendo en la actualidad.

Con unas cuantas fotos simbólicas, y bastante apremiados, nos dirigimos a Quilca para hacer mi última compra de la jornada. Sigo debiéndome los testimonios fotográficos y el post dedicados a mis caseros del Boulevard de la Cultura:

13. El asedio (Alfaguara, 2010), de Arturo Pérez-Reverte. Mi libro número 21 del español y próxima lectura.

Y ahora, ¿alguien puede desentrañar el misterio que para mí representa este papelito?


Hace algunos días terminé de leer El Tercer Reich (Anagrama, 2010), la novela póstuma de Roberto Bolaño (1953 – 2003) publicada en febrero de este año, y refrené mis ganas de comentarla inmediatamente. Probablemente si dejaba pasar más días le iba a encontrar otros defectos al libro (que si el final, que si la mentalidad seudo germánica del diarista, la falta de verosimilitud en tal o cual escena, etc.), pero si de algo tratará este post, no será sobre las imperfecciones encontradas en sus páginas, algo bastante injusto tomando en cuenta que su autor no autorizó su impresión. Si “algo” pretende comunicar esta entrada, ya se verá en el camino. Aun cuando mis maneras poco atildadas e inelegantes de expresarme terminen contradiciéndome, mi intención es acercar a su obra a los primerizos, picarles la curiosidad, máxime si salió elegido como autor a debatir en Bibliolandia.

Me enteré de la llegada de El Tercer Reich a librerías limeñas por Internet, un par de días después de celebrarse el día del libro, lo que llevó a pesarme por no haber esperado una semana más antes de liquidar mi efectivo disponible para este tipo de gastos. Viendo bien las cosas, no tenía mayor apuro ya que pensé que el libro de Bolaño no tardaría en llegar donde mis caseros los libreros de Quilca y obtendría de ellos un pequeño pero nada desdeñable descuento. Abreviando, la novela -con lo carita que está- la tuve que comprar en una librería ya que la casera no me la iba a poder conseguir; arguyó que los de Crisol se adueñaron de todos los ejemplares, así que no me quedó más que creerle a la amable señora porque, por si fuera poco, en mi última visita a la feria del libro que les conté, de donde salí con dos nuevos libros (uno de ellos es el que ahora estoy leyendo), no vi el bendito libro por ningún lado, y a mí ya me estaba invadiendo la ansiedad.

Desde su fecha de publicación, hasta dar con el final de mi propio ejemplar, leí muy por encima tres reseñas sobre El Tercer Reich escritas por bloggers aficionados a la literatura que recomendaban su lectura a la vez que aumentaban mi expectativa y envidia. Los autores de dichas reseñas resultaron lectores de Bolaño: uno de ellos confesaba haberse leído casi todo lo publicado por el chileno; otro se jactaba de estar dosificando sus lecturas bolañeanas (le quedaban algunas novelas cortas por estrenar); mientras que el tercero -a mi parecer el más afortunado- aún no había accedido a sus novelas más celebradas: Los detectives salvajes (1998) y 2666 (2004). Lo curioso al volver a estas reseñas, y leerlas en su totalidad, es lo mucho que se parecen sus textos entre sí: sin contar nada medular, prácticamente dicen, aunque con otras palabras, lo mismo que se consigna en la sinopsis de la contraportada, y yo no quería caer en lo mismo, si es que podía evitarlo. ¿Y cómo evitarlo?

Primero, como dije, evité ponerme a escribir sobre El Tercer Reich inmediatamente después de haberla terminado, más aún si se trataba de la novela póstuma de uno de mis escritores favoritos (con lo que cuesta ser imparcial con ellos), cuyas copias mecanografiadas (sólo las primeras 60 volcadas en la computadora) datan de 1989 como fecha aproximada. Esto quiere decir, siete años antes de que iniciara su relación editorial con Jorge Herralde y la publicación de Estrella distante en 1996 (ese año también aparecería La literatura nazi en América en Seix Barral), y nueve años antes de su consagración definitiva con Los detectives salvajes (1998), premio Herralde de Novela y premio Rómulo Gallegos en 1999. ¿Qué hacer mientras dejaba pasar algunos días para, ilusamente, abordar el libro de una manera desapasionada y objetiva? Me puse leer poesía mientras llovía o más bien a oír el repiqueteo de la lluvia hecha poesía... Miento. En la ficción, la estación veraniega en la Costa Brava (lugar donde se dan los sucesos o el escenario principal de los hechos) había quedado atrás para dar paso a un clima lluvioso muy acorde a la atmósfera enrarecida que respiraban sus personajes, y algo de todo aquello yo seguía percibiendo, a la vez que leía versos dispersos de Bolaño, los que lejos estoy de comprender mas no de sentir.

La violencia es como la poesía, no se corrige.
No puedes cambiar el viaje de una navaja
ni la imagen del atardecer imperfecto para siempre.

En realidad lo que hice de manera constante mientras me desentendía de la cotidianeidad fue leer El Sabueso de los Baskerville, novelita que me reconcilió con su autor, Arthur Conan Doyle (escritor cuyas resoluciones de sus relatos por mí leídos en el pasado los encontraba algo forzados), pero que tangencialmente me remitía a la novela de Bolaño: los poderes del mal no provienen de fuerzas inescrutables o paranormales sino más bien de mentes pedestres, terrenales. Además, qué es El Tercer Reich sino una novela de misterio sin misterio; un largo recuento de personajes sospechosos, ¿pero sospechosos de qué? Sospechosos tal vez de querer inducir -voluntaria o involuntariamente- a la locura a Udo Berger, de confrontarlo ante sus miedos (algo imperdonable si no se tiene permiso o excusa válida), de incitarlo a dar la batalla final, la madre de todas las batalles, lejos del tablero de wargame. ¿Quién era Udo sino un investigador paranoico de un crimen no cometido; un apócrifo detective cuya cordura es puesta a prueba por un falso asesino (o asesino en potencia, como muchos, como todos) y llevado con cantos de sirena por un desfigurado personaje -el Quemado- a una lucha sin cuartel que redima a inocentes y culpables? Lo mismo: ¿por qué y de qué culpables? ¿De qué y por qué inocentes?

Los libros de Bolaño tiene la peculiaridad de decir más de lo que cuentan, de resistir múltiples lecturas (sí, cuántas veces hemos leído semejantes consideraciones, créanme que en este caso no son gratuitas). Son célebres las voces monologantes, los sueños de sus personajes introducidos en la narración; voces acosadas, desatadas, de hombres como el cura literato de Nocturno de Chile (2000) y mujeres como la autodenominada madre de la poesía mexicana de Amuleto (1999). Lo que pase o deje de pasar importa poco o nada ante lo que apenas se vislumbra o late escondido, acechante, mientras vemos imantada nuestra atención por todos los libros y autores que se mencionan, por esas variadas y largas listas que son el inconfundible sello del chileno, por esa apabullante manera que tiene Bolaño de decirnos lo poco que hemos leído, lo neófitos que somos en literatura y otras materias, pero sin ser arrogante, ya que ahí están los Ramírez Hoffman y Carlos Wieder de sus novelas publicadas en 1996: siniestros e infames poetas del horror, cultísimos salvajes.

Terminaré diciendo algo que ya muchos sabrán o intuirán: El Tercer Reich es una novela incapaz de decepcionar a los lectores de su autor. No la recomendaría para iniciarse en la lectura de Bolaño, pero ya habrá alguien que me desmienta. Yo encantado. Los fetichismos editoriales del chileno, según Jorge Herralde, lo llevaron a querer publicar siquiera un libro al año en Anagrama, para lo cual rescató herméticas nouvelles como Monsieur Pain (1999) y Amberes (2002), ambas escritas en la década de los ochenta. Su relación con esta editorial aún continúa. Antes de su muerte Bolaño entregó el diskette de su tercer libro de cuentos El gaucho insufrible (2003). A este libro póstumo le siguieron el 2004 la afamada 2666 y su imperdible compilación de artículos Entre paréntesis. El 2007 aparecieron la suma poética La Universidad Desconocida y una serie de relatos -salvo uno que otro- que poco aportan a su obra con el título de El secreto del mal. Si a estas publicaciones póstumas le añadimos las dos novelitas con las que Anagrama se hizo de los derechos: La pista de hielo (1993) y Una novelita lumpen (2002), que pronto será llevada a la pantalla grande, veremos cómo el creador de Arturo Belano no deja de publicar en esa casa editora.

Y por si fuera poco -agárrense, no se me vayan a caer-, tenemos Bolaño para rato: Diorama y Los sinsabores del verdadero policía o Asesinos de Sonora serían dos novelas inéditas encontradas en sus archivos. Me dan ganas de decir que ya dejen de lucrar y jorobar con sus escritos, pero la verdad es que leer noticias así me pone exultante ante la imaginaria cuenta regresiva.

***

MI CARRERA LITERARIA

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los
        lectores…
Todos los gerentes de ventas…
Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.
Octubre de 1990
Roberto Bolaño, La Universidad Desconocida (Anagrama, 2007)

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