10

A primera hora de la mañana, un hombre con dos bolsas llenas de libros llegó a la librería de Andrea. Andrea lo saludó y él respondió el saludo muy educadamente. Ella le preguntó entonces en qué podía ayudarlo y él dijo:
–Estos son libros que me robé de esta librería. Ya los leí, así que vengo a devolverlos.
Pensando que había entendido mal, Andrea le preguntó:
–¿Usted me está diciendo que estos son libros robados y viene a devolverlos? ¿Por qué viene a devolverlos después de tanto tiempo?
–Porque ya los leí –dijo él– Ya no los necesito.
Andrea no sabía qué decirle, no sabía si aquel hombre estaba tomándole el pelo.
–No se preocupe, que están bastante bien conservados –dijo él, muy amablemente, entregándole las bolsas.
Andrea echó una mirada a los libros y calculó que había quince o veinte novelas en cada bolsa.
–Los necesité para no suicidarme cuando me dejó mi novia –dijo él–. Pero ya me enamoré de nuevo. Ya no los necesito.
Luego le dio la mano y se marchó.

Jaime Bayly, Y de repente, un ángel, Planeta, 2005, pp. 46-47

53

Un hombre viejo, de barba y anteojos, llegó a la librería de Andrea, se dirigió resueltamente a la caja, sacó un libro y dijo:
–Quiero que me devuelvan mi plata.
Sorprendida, Andrea le preguntó:
–¿Qué plata tenemos que devolverle, señor?
–La plata que gasté en comprar este libro malísimo en esta librería –dijo él, muy serio, sin levantar la voz.
–Aquí no se pueden devolver los libros, señor –le dijo Andrea–. No es política de la librería devolverle el dinero al cliente si el libro no le gusta.
–No me importa si es política o no es política de la librería –dijo él–. Yo compré este libro por culpa de ustedes y ahora quiero que me devuelvan mi plata.
–¿Por qué por culpa nuestra? –preguntó Andrea.
–Porque yo le pregunté a una de sus vendedoras si esta novela era buena y ella me dijo que sí, que me la recomendaba mucho, que era excelente.
Andrea no dijo nada. El tipo de barba continuó:
–Y la novela es una mierda, oiga usted.
–Cuánto lo lamento –dijo Andrea–. Pero no podemos devolverle el dinero.
–O me devuelve mi plata o les meto un juicio por daños y perjuicios, señorita –dijo él.
–Bueno, está bien, vamos a hacer una excepción, tratándose de usted –dijo Andrea–. La verdad es que a mí también me parece malísima esta novela, así que vamos a devolverle su plata, pero sólo por esta vez.

Ibid., pp. 178-179

***

Anoche me encontré con Na en el Messenger y, como casi siempre, hablamos de libros y escritores. Ambos somos cortazarianos (ella hasta cuando piensa y escribe, yo en sueños), estamos descubriendo al colombiano Andrés Caicedo (ya asumí mi culpa por presentárselo) y nos rendimos ante la poesía de Luchito Hernández (1941 - 1977) Al final quedamos en que le iba a presentar a mis caseritos de Quilca, ya que cuando ella fue a comprar Vox Horrísona, el poemario reimpreso del vate peruano, una de mis caseritas no le rebajó ni un céntimo y, por si fuera poco, dijo desconocerme... Para la próxima tendré que repartir mi tarjeta con mi nombre. ¿Cuál de todas? Buena pregunta.

Anoche, también, luego de una búsqueda tenaz por mis libreros, recovecos y escondrijos, al fin pude reunir algunos libros, editados el presente milenio, que ganaron algún concurso internacional o quedaron finalistas, los que leí en su momento. En torno a su naturaleza divagaré en algún post; quizá me resulte una defensa, quizá no; a lo mejor únicamente consigne los motivos por los que me atraen este tipo de libros “galardonados”. Además, sigue pendiente el post que se centrará en las novelas ganadoras del Premio Alfaguara.

El punto es que durante esa titánica búsqueda, apareció una novela de Jaime Bayly (Lima, 1965) que quedó finalista del Premio Planeta 2005. Sucede que cuando los libros de escritores peruanos son premiados o reconocidos en el extranjero, estos no tardan mucho en ser publicados aquí, como fue el caso de Y de repente, un ángel, el libro de Bayly (quien el día de ayer estuvo firmando su más reciente novela, El cojo y el loco, en una conocida librería capitalina), así que yo no me hago de rogar hasta hacerme con un ejemplar.

Para mí, el nombre de Jaime Bayly siempre estará asociado al de otro escritor peruano, Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931), no por sus semejanzas, que parecen no tenerlas, sino por sus marcadas diferencias en cuanto a estilo narrativo, exposición mediática y postura ideológica. Al menos en dos oportunidades le escuché a Reynoso referirse a los libros de Bayly como “literatura basura”, y en más de una entrevista calificarlo de payaso: “un tipo simpático que hace payasadas”. A Bayly simplemente esto le resbala. 

Particularmente he disfrutado, y lo seguiré haciendo, de ambos escritores. Una buena noticia es la reedición en Argentina de la célebre -espero que ya no sólo a nivel local- novela de Reynoso, En octubre no hay milagros (1965), país hasta donde viajó para su presentación. Enhorabuena por él (aunque no comparta para nada su forma de pensar) y por quienes lo leerán por primera vez e irán descubriéndolo.

De regreso a lo de anoche, a Y de repente, un ángel, con el libro en la mano me dediqué a repasar sus hojas deteniendo la mirada en alguno de sus setenta y ocho capítulos breves, a la espera de que aparezca mi hojita de apuntes. La verdad, no esperaba encontrar en mis anotaciones algún dato revelador acerca de su trama y personajes, menos una cita citable. En realidad nunca existió tal papelito, no porque se me extraviara sino porque no me hizo falta, tal cual me lo esclarecería la última página del libro en donde, ¡horror de los horrores!, con un lápiz a mina escribí los números de cuatro mini capítulos, correspondientes a igual número de anécdotas que le suceden a Andrea, la dueña de una librería y pareja de Julián Beltrán, el narrador protagonista de la novela.

Como ya han podido percatarse, dos de esas anécdotas librescas las he transcrito al comienzo de este post, sin duda un buen complemento a aquellos adjuntos rescatados por Lammermoor que en su momento comentamos. Me refiero a Todos los caminos llevan a Roma I y II. Queda en ustedes identificarse o no con sus protagonistas. Vale reírse.

Una vez que descifré la letra de Lammermoor, je, leí su nota (no por nada el diseño de Fenixcidio ostenta arcanos significados en esos insoslayables jeroglíficos, con los que me he ido familiarizando), y guardé la faja y los dos separadores que me tocaron en suerte, una deliciosa disyuntiva me habitó. ¿Cuál de los dos libros debía leer primero? Sabía más o menos de qué se trataba la novela de Delibes. Es más, tuve el privilegio de elegirla. Estaba convencido de su naturaleza autobiográfica. Con todo, me negué a leer lo que decían sus contratapas, quería sorprenderme. De La ofensa recordaba aquella mención de un pasaje similar a El lector (la novela de Bernhard Schlink). Nada más. Descartada la lectura alternada, leí primero al escritor por conocer y luego al prolífico escritor vallisolitano. Al final de ambas lecturas terminé doblemente sorprendido.



El párrafo inicial de Señora de rojo sobre fondo gris (Debate, 2009) es contundente y prefigura el tono en el que están narrados los recuerdos de la amada fallecida; dolor ante la prematura pérdida de Alicia: madre, abuela, compañera, amiga, musa; imposibilidad de abstraerse ante lo irreparable; necesidad de evocarla.
Esta magistral novela breve está narrada en primera persona. El narrador es un pintor a quien se le ha ido la inspiración y se dirige a una de sus hijas, Ana, para contarle los hechos que sucedieron a partir del momento en que ella y Leo fueron detenidos por líos políticos y cómo, liderada por Alicia (su esposa y madre de seis hijos más aparte de Ana), la familia afrontó esa infausta situación que, por si fuera poco, coincide con la merma de la salud de la infatigable Alicia, cuyo diagnóstico final fue un tumor cerebral operable que acabaría quitándole la vida, cuando tan sólo tenía cuarenta y ocho años de edad y todos los pronósticos postoperatorios eran favorables.

Encontré en la solapa posterior de mi ejemplar que Señora de rojo sobre fondo gris es un óleo de Eduardo García Benito que retrata a Ángeles de Castro, esposa de Delibes, hacia 1970, e ilustra la cubierta de mi libro, que dicho sea de paso me gusta bastante. Leí en la novela que el retrato de Alicia, titulado como el libro y el óleo fue obra del viudo García Elvira (excéntrico personaje de la novela), un octogenario pintor por cuyo trabajo el narrador no ocultaría su envidia artística, ya que no fue capaz de retratar a su esposa en vida y a quien -a Alicia- incluso llegó a achacarle injustamente su sequía creativa.

El estilo de Delibes roza la perfección; las palabras parecen haber sido escogidas cuidadosamente. La prosa es limpia, trabajada. No hay mayores estridencias ni un regodeo en el dolor. Tranquilamente podemos hacernos una imagen vívida de esa mujer que fue Alicia, quien podría haber sido la esposa del escritor; disfrutamos de esas anécdotas cotidianas, admiramos su fortaleza. No podemos evitar enamorarnos de ella, percibir sus flaquezas, sufrir su ausencia. Imaginárnosla eternamente bella, porque así partió, a una edad en la que nadie debería morirse, sólo excusable en quienes quieren mantenerse jóvenes por la eternidad, libres del deterioro físico que el paso de los años o las secuelas de una determinada enfermedad acarrean. Así también será para mí es esta novela: lozana e inmortal.

Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector siempre quedaba insatisfecha. Y, al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió. Fue ella la que me aproximó a los libros, a ciertos libros y a ciertos autores. En realidad, me abrió las puertas de ese mundo.

La ofensa (Seix Barral, 2007) relata la vida del sastre Kurt Crüwell a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial, un suceso que cambiará el destino millones de personas de uno y otro bando. Kurt es alemán y por consiguiente tiene que hacerse presente al llamamiento a filas. Como están las cosas, incluso podría considerarse afortunado: no correrá la misma suerte que su amada de origen judío, pero de esto, ni de lo que vivirá y revivirá tiempo después, tendrá cómo saberlo.

En cambio, pronto sabrá de primera mano acerca de los espantos de la guerra por un hecho concreto: le toca ser testigo de una carnicería humana (acaecida en la localidad francesa de Mieux) cuya visión lo afectará gravemente (cae víctima de una enfermedad extraña) ya que no existe entrenamiento en el horror capaz de borrar esas imágenes con las que, quiera o no, convivirá el resto de su existencia (hasta ese momento era alguien que sobrellevaba la guerra como si fuera un espectador muy interesado).

Son menos de 150 páginas, divididas en tres partes de capítulos breves, las que el autor de La ofensa emplea para enganchar al lector y no dejar que suelte el libro gracias al interés que cobra la figura de Kurt (es sastre, soldado, paciente, vigilante de un cementerio) a lo largo del libro y a través de diversos escenarios (la Bretaña francesa, el hospital Notre Dame Rocamadour, Londres) en distintas etapas de la guerra (lo que se nos va informando escuetamente hasta su consabido final). No menos interés concitan dos personajes secundarios que se relacionan con él, no sólo porque contribuirán con su aparente recuperación sino porque le proveerán otra identidad y una razón incontestable para seguir viviendo (el balsámico amor, una segunda oportunidad), si vida se puede llamar a su estado humano posterior a la masacre atestiguada.

La prosa de Menéndez Salmón es elegante, los adjetivos bien bruñidos, las frases elaboradas no representaban ningún lastre en su lectura. No es un dato menor que este escritor sea licenciado en Filosofía. Pese a las constantes reflexiones y a los datos que va soltando el narrador omnisciente, la narración es fluida. El final es completamente inesperado, su verosimilitud es incuestionable, más aún si se trata de una novela que invita a cuestionarnos sobre el destino humano, la identidad, la culpa y especialmente sobre la memoria; y es que cuando se menciona a la memoria, también nos estamos refiriendo al olvido. Duele olvidar; pero quizá duela más recordar. Una novela con todos estos ingredientes, y que no se queda en el plano del mero entretenimiento, merece ser leída, recomendada y recordada.

La memoria no es un instrumento del hombre, un siervo amable, un eficiente valet; más bien parece que el hombre fuera un lacayo de su memoria. Porque el hombre languidece, se distrae, se corrompe, pero su memoria permanece firme, a pie de obra, insobornable; de manera que mientras el hombre tropieza, o se enfría, o pierde sus dientes, o levanta murallas o se disfraza, o devora a sus semejantes, ella permanece alerta, chupándolo todo, guardándolo todo, clasificándolo todo: cavando, cavando, cavando.

Lammermoor:


Recuerdo que en octubre del año pasado reuní una buena cantidad de libros de Philip Roth, en formato económico, con la intención de devorarlos. Lamentablemente no tenía a nadie cercano que hubiera leído más de tres libros del norteamericano (yo había disfrutado de cinco y quería seguir ahondando en su obra), así que me encontraba bastante desnortado respecto de por dónde retomar al estadounidense. Con todas las previsiones del caso (no fuera a toparme con reseñas aguafiesteras, ubérrimas en spoilers) me dediqué a buscar información en la red sobre aquellos títulos que se lucían ante mis ojos y clamaban ser leídos. Lo primero que encontré fue un blog que, desde su nombre, prácticamente estaba dedicado a Roth, pero que yo juzgaba de lectura imprescindible, como complemento a mis opiniones forjadas después de leer los libros que en ese espacio eran materia de esclarecedoras reseñas e interesantes discusiones.

Fue así como, buscando y buscando, me topé –una vez más, pero de manera determinante– con una infinidad de bloggers que comentaban sus lecturas y experiencias librescas de una manera natural, sin academicismos ni alardes de sapiencia. Tengo que admitir que hasta ese momento yo también había hecho casi lo mismo, aunque de manera inconstante. Tenía posts dedicados a mis lecturas (y de otro tipo también), pero no tenía ninguna intención de compartirlos o darlos a conocer, que no fuese a unos contados amigos. Y cuando pasaba por esos blogs (que luego se convertirían en afines a Fenixcidio) nunca dejaba testimonio de mi paso en los comentarios. Sucedió que no sólo encontraría un post conciso sobre una de las novelas de Roth pendientes por leer (una que había comprado guiado por mi mera intuición), sino que también dejé constancia de mi visita para recibir a los pocos días un comentario desde un lugar que no era el Perú; y luego otro, y otro más…

Este año, responder y agradecer a los comentarios que me dejaban, y descubrir en mayo tu blog, Lammermoor, sucedió casi simultáneamente. Con lo primero dejaba de ser un autista en mi propio espacio, y un pésimo anfitrión. Gracias a De libro en libro conocí a más personas que compartían mi amor por los libros y la lectura. Era de esperar, pues, que se formara una hermosa comunidad; distante geográficamente pero estrechamente relacionada por sus gustos comunes y, por qué no, por sus diferencias, pero en contacto gracias a un idioma común.

Lo que sí nunca hubiera podido imaginar, ni soñar, era que cuatro meses después de este feliz hallazgo, en mis manos (en mis manos de lector del otro lado del océano) tuviera un par de libros de dos de tus escritores favoritos. Ahora entiendo por qué el contagiante cariño y la merecida admiración que les profesas, tanto al consagrado Miguel Delibes (que, como te comenté, puedo encontrar otros títulos por acá, aunque no sean los más representativos y de quien sólo he leído su novela histórica El hereje) y a la pluma adictiva de Ricardo Menéndez Salmón, quien ya no será un desconocido para mí. Nunca me cansaré de darte las gracias. Ahora, en posts independientes, pasaré a comentar aquellas imperdibles novelas.

R.

Una de las ventajas de aquellos libros que recopilan ensayos, discursos, artículos periodísticos, reseñas, cartas, entrevistas, cuentos inéditos, entre otros textos de lo más heterogéneos de nuestros escritores favoritos, es que además de tener todo ese material disperso reunido en el manejable formato libresco, uno puede echarse a leer el libro de marras por donde se le plazca: siguiendo un orden azaroso o guiado por el mayor interés que despierten ciertos títulos del índice (detalle que comparte con no pocos libros de cuentos). Cuando tuve en mis manos Otros colores (Mondadori, 2008), de Orhan Pamuk, lo primero que hice fue ubicar el artículo que Maribel me había mencionado para leerlo de inmediato y saciar mi curiosidad instalada hacía tiempo (se encuentra en la sección “Libros y lectura”).

Se trata del texto número 28 del libro, el que lleva como título Cómo me libré de algunos de mis libros, en donde el turco nos cuenta cómo se deshizo de sus primeros 250 libros y expone varios métodos de limpieza: de acuerdo a una selección que condena al destierro a aquellos volúmenes por los que se siente vergüenza haberles dado una importancia inmerecida en el pasado, los que no son presumibles y permanecen escondidos en nuestras estanterías, y cualquier pretexto satisfactorio que aligere lo que para él considera una enojosa carga física.

Siempre a escala reducida (los 12 mil volúmenes de Pamuk me eximen de hacer mayores precisiones), como a mí todavía no me resultan fastidiosos ninguno de mis libros, los conservo en su totalidad (incluyendo los que no pude terminar de leer y exceptuando los prestados y no retornados, ergo robados). Ni siquiera me he deshecho de los maltratados y renovados (tengo una lista que debe pasar por manos restauradoras); aunque eso sí, debo admitir que unos cuantos están sospechosamente inubicables, sin embargo no me avergüenza mi pasado lector (para evitar sonrojos futuros, simplemente hay que ser más cuidadoso a la hora de efectuar nuestras compras libreras o mejorar los escondites). Pero si alguien tiene la intención de aligerar su biblioteca, quizá encuentre en las siguientes líneas del turco el estímulo necesario para efectuar sus propias desapariciones forzosas sumarias:

“Pero leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamorados de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros.”

***

Hace un par de semanas recalé en aNobii y me registré. Los días que siguieron, el tiempo libre que le dedico a Internet me lo pasé ingresando de manera aleatoria algunos títulos que dispongo para ver sus portadas en mi estantería virtual (por cuestiones de espacio, sólo los lomos se nos permiten ver en nuestros anaqueles, de ahí que me permito fotografiar sus carátulas con el fin de tentar vuestra curiosidad). Lamentablemente, por más que digitaba el ISBN correcto, aNobii me mostraba otras cubiertas, aunque en una minoría de casos, pero me generaba cierta inaudita incomodidad; aparte, no había registro de los libros que tengo en una conocida editorial local (de todas maneras creé las fichas de unos cuantos). Además de descubrir gustos similares con otros usuarios, compartir impresiones, recomendaciones, ojear sus estanterías y apuntarme títulos, otra vez saltó a mi mente el post que escribí el año pasado: La portada que te tocó en suerte, el cual saqué a colación en los comentarios de mi post anterior, con motivo de la imagen que figura en la carátula de 2666, de Roberto Bolaño, y que ostenta como avatar el amigo JMG.

Releyendo ese post reconocí al quejoso y fetichista que soy, no obstante concluí diciendo que uno termina por acostumbrarse a las portadas que nos tocaron en suerte. Pero como los ojos se hicieron para ver, cuando acudo a una librería o a cualquier punto de venta de libros, no sólo dejo pasear la mirada por las mesas de novedades, también visito los anaqueles donde se ubican libros que la moda relegó y no me contento con leer en sus lomos el título y el nombre del autor, sino que los saco de su sitio para apreciar sus cubiertas, así yo los haya leído en otra edición, con el fin de alegrarme la vista. Me pasa lo mismo cuando acudo a Quilca, en donde los libreros tienes sus libros en permanente exposición, pero algo hacinados, superpuestos, lo que no permite apreciarlos en su totalidad, así que no me reprimo y los vuelvo del todo visibles para luego reacomodarlos.

Vuelvo al post pasado. Es el momento de rectificarme: Aquello de “acostumbrarse” suena a resignación, y nada más alejado de lo que realmente siento por las cubiertas de mis más queridos libros: una inmensa gratitud sin distinciones por el placer brindado, desde el más modesto hasta el más empingorotado (verbigracia ver la foto superior). Corrijo entonces: “Al final uno termina amando las portadas de sus libros”. Así está mejor. Dejaré nuevamente que Pamuk tome la palabra, con la transcripción en su integridad del artículo número 31 de Otros colores:

NUEVE NOTAS SOBRE CUBIERTAS DE LIBROS

- El novelista que no sueña con la cubierta del libro que está escribiendo habrá completado su educación sentimental, será maduro, pero también habrá perdido la inocencia que lo convierte en escritor.

- Todas las grandes experiencias y placeres de la lectura se mezclan luego en nuestra memoria con las cubiertas de los libros.

- Necesitamos más lectores que compren libros por la cubierta y más críticos que no desprecien los libros escritos para esos mismos lectores.

- Mostrar de manera detallada en la cubierta el rostro de los personajes es un ataque inaceptable a la imaginación del lector y del autor.

- El diseñador que prepara una cubierta roja y negra para El rojo y el negro, que coloca la imagen de una casa azul en La casa azul o de un castillo en El castillo, da la impresión de que, más que respetar el libro, no se lo ha leído.

- Si años más tarde nos encontramos por casualidad con la cubierta de un libro que hemos leído, esta se convierte en un emblema que rápidamente nos recuerda el mundo del libro y que en un momento ya pasado de nuestras vidas nos introdujimos en dicho mundo mientras estábamos sentados en un rincón.

- Las cubiertas de los libros tienen la función de servir como señal del paso entre el mundo del libro y el mundo vulgar en el que vivimos.

- Lo que atrae de una librería, lo que la anima y la enriquece, no es la variedad de libros sino de cubiertas.

- En nuestra mente, los títulos de los libros son como los nombres de las personas: sirven para distinguir un libro de millones que se le parecen. Las cubiertas de los libros se parecen a las caras de las personas: o bien nos recuerdan con toda su fuerza un momento de felicidad que hemos vivido, o bien nos prometen un universo feliz que no conocemos. Por eso miramos las cubiertas de los libros con la misma pasión con que miramos las caras de las personas.

***

Algo que no debería llamar la atención en aNobii, pero que me permito resaltar, es que el usuario tiene la potestad de puntuar los libros leídos de la siguiente manera:

¡Me encantó! (4 estrellas)
Bastante bueno (3 estrellas)

Regular (2 estrellas)

Decepcionante (una estrella)

Obviamente no es la única manera de calificar nuestras lecturas. He visto que algunos bloggers someten lo leído a rangos numéricos que van del 1 al 5, del 1 al 10, etc., que incluyen decimales, o se esfuerzan por abarcar mediante palabras un mayor espectro calificativo: obra maestra, extraordinario, muy bueno, bueno, se deja leer, regularón, estafa, de lo peor, desastroso, chanfaina, bodrio, devuélvanme mi dinero, etc.

A mí siempre me han dicho que soy muy benigno a la hora de calificar mis lecturas, debe ser porque generalmente hablo de aquellos libros que me han causado cierto grado de fascinación o que me han decepcionado profundamente (autores y libros sobrevalorados, ya que hay bodrios inconfesables). La verdad es que tengo mi método cualificador de los libros que he leído desde el año 2000 (nada del otro mundo), y no pude resistirme cuando descubrí que aNobii me permitía hacer uso del suyo; aunque lo que parecía un juego terminó por descalabrarme (suelo tomarme las cosas muy en serio), ya que encontraba insuficiente la puntuación disponible. De todas maneras traté de ser justo de acuerdo a mi gusto personal.

La semana pasada Roberto, de El Guisante Verde Project, nos obsequió una imperdible reseña de Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy. No dudé en comentarle escuetamente mi experiencia con los cuatro únicos libros que he leído del norteamericano. Traigo a colación esos libros como un ejemplo significativo del puntaje que fueron merecedores en aNobii (ampliar imagen). Supongo que la polémica se instalará alrededor del exiguo puntaje (apenas dos estrellas) que le di a la famosa novela ganadora del Pulitzer 2007. He leído todo tipo de comentarios que La carretera suscita, así que considero muy diplomático de mi parte esas dos estrellas: ni fu ni fa.

***

A ver, para terminar, ¿cuántos se identifican con la siguiente situación? (La encuentran en… ¡Adivinen!)

Al principio Johns hizo un ligero, casi imperceptible esfuerzo por entablar un diálogo. Preguntó si Morini había adquirido alguna de sus obras. La respuesta de Morini fue negativa.

Dijo que no, después añadió que las obras de Johns eran demasiado caras para su bolsillo. Espinoza notó entonces que el libro al que la enfermera no le quitaba ojo era una antología de literatura alemana del siglo XX. Con el codo, avisó a Pelletier, y éste le preguntó a la enfermera, más por romper el hielo que por curiosidad, si estaba Benno von Archimboldi entre los antologados.

En ese momento todos escucharon el canto o la llamada de un cuervo. La enfermera respondió afirmativamente.

Johns se puso a bizquear y luego cerró los ojos y se pasó la mano ortopédica por la cara.

–El libro es mío –dijo–, yo se lo he prestado.

–Es increíble –dijo Morini–, qué casualidad.

–Pero naturalmente yo no lo he leído, no sé alemán.

Espinoza le preguntó por qué motivo, entonces, lo había comprado.

–Por la portada –dijo Johns–. Trae un dibujo de Hans Wette, un buen pintor. Por lo demás –dijo Johns–, no se trata de creer o no creer en las casualidades. El mundo entero es una casualidad...

1.

Hace tiempo, leyendo Vargas Llosa: El vicio de escribir (Alfaguara, 2002), de J. J. Armas Marcelo encontré la definición de un fenómeno paradójico que todo lector ha experimentado siquiera una vez en su vida. El escritor español lo explica de la siguiente manera:

"Sometido por la historia que está leyendo y subyugado por la forma de relatarnos literariamente esa misma historia, el lector acelera su acción de lectura, no puede dejar de leer, quiere conocer en su integridad el relato que lo ha poseído, hasta que cae en la cuenta de que sólo le quedan unas pocas páginas para terminar la novela; entonces, siente la angustiosa cercanía del final –la paradoja del lector– y trata, por todos los medios a su alcance aunque inútilmente, de detener su lectura sin dejar de leer; trata de demorar la lectura –leer a cámara lenta– como mecanismo de defensa ante el inminente fin de la lectura de la novela. Esa paradoja le sucede al lector en muy contadas ocasiones, pero cuando ocurre ese mismo lector sabe que tiene en las manos, mientras lee, un artefacto literario de dimensiones extraordinarias, una obra de arte que teme terminar de leer porque no sabe cuándo va a volver a tener esa misma o parecida sensación de plenitud con otra novela distinta a la que está terminando de leer."

Lo curioso es que Armas Marcelo inserta esta definición en el capítulo que le dedica a la que era la última novela del peruano: La fiesta del chivo (Alfaguara, 2000), y yo como lector no podía dejar de sentirme identificado. Recuerdo que adquirí la que quizá sea la última gran novela de Vargas Llosa la tarde de un viernes y no abrí el libro hasta dos días después, domingo, apenas me sentí lo suficientemente despabilado; para inmediatamente después no parar de leer hasta terminarla las primeras horas del lunes. A medida que avanzaba la lectura, mi interés se acrecentaba por saber más del destino de los conspiradores, de las miserias del trujillato y de los trágicos recuerdos de Urania. Estas historias se sucedían alternadamente y demandaban retomar el hilo de la narración con el mínimo de pausas; pero por otra parte, el final inexorable empezaba a angustiarme. ¿Qué hacer? ¿Seguir leyendo o parar? Ese domingo tuve el privilegio de poder desconectarme del mundo, cosa que quizá no se repetiría, me dije; así que lo aproveché al máximo y me encomendé a los beneficios de una futura relectura para rescatar el placer inicial brindado por tan maravillosa novela (la releería completa antes del estreno de la película).

2.

El post que le dediqué a Orhan Pamuk me demandó gratificantes e incontables minutos de relectura de varios pasajes de sus 8 libros que dispongo. El pasado lunes al fin pude sumar el noveno traducido al castellano. Adquirí Otros colores (Mondadori, 2008) en mi última visita a la pasada FIL, con un nada despreciable 20% de descuento. Venía postergando su compra ya que sabía de sobra que iba a interrumpir injustamente el libro que en ese momento venía leyendo, sobre el cual me explayaré cuando escriba sobre las novelas ganadoras del Premio Alfaguara (he leído las 13 galardonadas en sus 12 ediciones), y además atentaría contra mi segunda lectura programada que representaba un reto personal acabarla. Me estoy refiriendo a El viajero del siglo, de Andrés Neuman y a La llave del abismo, de José Carlos Somoza. Una vez que me faltaban pocas páginas de este último título decidí comprar el libro del turco, y de pasada me hice de la última novela de Philip Roth: Indignación, mi libro número 21 del norteamericano.

3.

Ha pasado bastante tiempo hasta hacerme del segundo libro de un escritor que tenía casi en el olvido. A principios de julio el mundo literario se vistió de luto ante el fallecimiento de Frank McCourt. Cuando me enteré de la trágica noticia vino a mi mente el único libro que leí del escritor de origen irlandés: Las cenizas de Ángela (Premio Pulitzer 1997). No sé por qué le perdí el rastro a la segunda parte, que tiene como título Lo es. Cuando me aproximé al reducido stand de Santillana en la FIL, me dirigí sin escalas a los estantes de la colección Punto de Lectura para buscar ese libro, y lo hallé a mitad de precio. Antes de leer Lo es pienso releer algunas páginas de Las cenizas de Ángela, darle una ojeada a mis anotaciones. Recuerdo muy pocos hechos, en cambio persisten algunas sensaciones que su lectura me dejó.

4.

Es bastante común que algún conocido me comente como última lectura un libro que yo leí hace bastante tiempo (me conmueven especialmente los lectores que están descubriendo a Vargas Llosa). En estos casos lo normal es que haya olvidado muchos nombres de los personajes secundarios y pasajes que para un lector reciente son considerados trascendentales, y yo apenas rememore el resultado final que me produjo su lectura y suelte el escueto "sí me gustó" o "no me gustó" en su momento. Si el libro lo merece acudo a mi propio ejemplar, a mis anotaciones, y puedo enzarzarme en una discusión en la que el lector fresco siempre tendrá ventaja, y en donde la relectura de una mínima parte de ese libro puede llegar a afectar mi percepción primigenia.

Estos son algunos libros que fueron comentados por los amigos bloggers en su momento y que decidí buscarlos y tenerlos cerca por si acaso (están nombrados desde el más antiguo al más reciente en ser leídos): La insoportable levedad del ser (Milan Kundera), Seda (Alessandro Baricco), El hijo del acordeonista (Bernardo Atxaga), Tratado de culinaria para mujeres tristes (Héctor Abad Faciolince), El enigma de París (Pablo de Santis) y Foe (J. M. Coetzee).

5.

A Milan Kundera hace tiempo que dejé de leerle. Cuando Isi le dedicó un post a La insoportable levedad del ser, las brumas mentales que tenía con respecto a esta novela comenzaron a disiparse. Pese a los años transcurridos, mis apuntes me devolvieron algunas páginas merecedoras de citarse, muy controversiales visto a la distancia (o es que el protagonista me resultaba una especie de antihéroe fascinante y ahora me he vuelto medio cucufato). Rescaté del olvido a Karenin, el perro, y las circunstancias en que Teresa y Tomás se conocieron. La culpa fue de los libros: un libro abierto en la mesa de un bar, como la contraseña de una hermandad secreta (los invito a leer ese pasaje en garagatos).

6.

Leí Seda a principios del milenio de un ejemplar que me prestaron. Vargas Llosa la catalogó como “una historia misteriosa, lacónica, perfecta”. Hace año y medio más o menos que tuve la posibilidad de comprar mi propio ejemplar, en nombre del placer brindado. Desde entonces ha permanecido guardada pero visible. Quise ver primero la película antes de releerla; mas creo que primero la releeré ya que en más de un blog, como el de la hierba roja, ha cosechado comentarios negativos. Eso sí, hoy me lo pensaría dos veces antes de acometer un libro de esa extensión. Me he acostumbrado a las novelas de tamaño regular (entiéndase por ello lo que gusten) y extensas, y el ritmo que le imprimiría no sería el adecuado (a eso se debe el porqué Ojos azules, de Pérez-Reverte, aún no lo adquiero ni leo).

7.

Tanto El hijo del acordeonista como Tratado de culinaria para mujeres tristes los vi comentados en el blog de Teresa. Como ambos libros fueron editados por Santillana - Alfaguara, tienen un lugar privilegiado en mis escasos libreros; así que decidí sacarlos para buscar los papelitos con mis anotaciones. Lamentablemente no encontré mis apuntes de la novela de Bernardo Atxaga (recuerdo que me gustó y poco más) y sí los que hice del librito del colombiano Abad Faciolince (releí varias de sus chispeantes “recetas”). Son dos autores que me gustaría seguir leyendo.

Dejo para una mejor oportunidad mis apuntes sobre las novelas del sudafricano (intertextualidad y no plagio es la palabra clave en el caso de Foe) y del argentino (quizá cuando divague sobre los premios literarios El enigma de París tendrá su espacio), comentadas por Leox y Mariano respectivamente.

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Hoy me he permitido escribir este post, una suerte de “lo que salga” que sabrán disculpar (donde la relectura pareciera ser el tema dominante), luego de aprovechar al máximo mis horas libres en beneficio de la lectura. Los libros de Neuman (magistral) y Roth (intensa), el collage de Pamuk (imperdible, Maribel), así como las últimas páginas de la novela de Somoza (debo una reseña) confirman que el vicio de leer puede llegar a ser absorbente.

Esta historia comienza el día que abrí uno de los primeros números de la revista Gatopardo y me encontré con una entrevista a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), escritor español de quien no había leído ninguno de sus libros. Recuerdo muy poco lo que dijo el cartagenero para la revista colombiana. Indudablemente enumeró sus escritores favoritos (Dumas, Conrad…) y confesó su afición a navegar en su propio velero. Daba la impresión de ser un tipo que disfrutaba de su éxito. En cambio, sí tengo claro que la nota estaba previsiblemente ilustrada: a las infaltables fotos del entrevistado se añadían los inconfundibles colores de las portadas de sus libros que hasta ese momento conformaban la saga de Las aventuras del capitán Alatriste; algún paisaje marino, una embarcación antigua, tal vez, y la imagen de Tintín.

Tiempo después llegó hasta mí la elogiosa reseña de uno de sus libros publicada en el suplemento dominical de un diario limeño. La nota la tenía sin leer, archivada, junto con otros suplementos y notas culturales, ya que el columnista especificaba que el libro motivo de su reseña era la última novela de Pérez-Reverte: La carta esférica (2000). La entrevista era posterior, sin duda. Pero estas referencias resultaron escasas a la hora de elegir mis lecturas. No fue hasta toparme con un conocido que había leído ahora sí su última publicación: La reina del sur (2002), y a quien le había gustado bastante, que me interesé por la obra del español.

Lo primero que me llamó la atención del libro en sí que me prestaron, fue el contenido escrito y gráfico de la contraportada: El argumento debía deducirse de la historia criminal (suerte de ficha policial) de la protagonista: Teresa Mendoza Chávez (a.) la Mejicana (papel que en la pantalla grande recaería en Eva Mendes). Recuerdo que sin empezar a leerlo me propuse buscar en Internet las opiniones que su lectura había dejado en los internautas o críticos, lo que cayera primero. La primera impresión que alcancé a leer a medias en la red era negativa, así que no quise continuar leyéndola, y más bien me sumergí en la lectura de la novela de una manera sostenida. Me gustó de principio a fin. Un buen comienzo para un final inesperado.

A partir de esa primera lectura me propuse reanudar mi squeda de información sobre Pérez-Reverte en la web. Lo primero que saqué en claro de estas pesquisas fue que el español era, y sigue siendo, un tipo polémico y que sus libros se vendían por miles en varios idiomas. Otra vez interrumpí mis indagaciones; cerré mis ojos y oídos a aquello que podría influir en mi ánimo lector, y aproveché al máximo la disponibilidad de títulos en librerías. En mi primera incursión perezrevertiana salí con 3 novelas: El maestro de esgrima (1988), El Club Dumas (1993) y La carta esférica. Las leí en ese orden, una detrás de otra, y las hice mis favoritas. Con tan solo cuatro novelas leídas convertí a Pérez Reverte en uno de mis escritores favoritos: A sus protagonistas masculinos Jaime Astarloa, Lucas Corso, Coy les salían al frente los perturbadores e inolvidables personajes femeninos de Adela de Otero (Assumpta Serna le dio vida en el ecran), la viuda Taillefer y Tánger Soto (Aitana Sánchez Gijón se puso en su piel), respectivamente.

También en Punto de Lectura adquirí mis primeros libros de Las aventuras del capitán Alatristre: El capitán Alatriste (1996), Limpieza de sangre (1997), El sol de Breda (1998) y El oro del rey (2000), que espero renovarlos por la ediciones ilustradas de las que tengo la quinta y sexta entrega. Imborrables los personajes de Diego Alatriste e Íñigo de Balboa de una parte, y en la vereda de enfrente Gualterio Malatesta y Angélica de Alquézar. Siempre en formato económico leería también el relato histórico La sombra del águila (1993) y la contemporánea narración Un asunto de honor (1995). Por esas extrañas casualidades leí La tabla de Flandes (1990) por la misma época en que me regalaron El ocho, de Katherine Neville y por mi cuenta disfruté con Peón de Rey, de Jesús Fernández. También me regalaron La piel del tambor (1995), novela que no fue de mi agrado y cuyo comentario negativo me he guardado hasta ahora, cuando ya se me desdibujaron trama y personajes (sólo recuerdo a un ensotanado calenturiento).

Patente de corso (1996) es su primer libro recopilatorio de artículos (1993 – 1995) y el único que he leído hasta ahora (Con ánimo de ofender y No me cogeréis vivo se titulan los otros dos). A estas alturas conocía más detalles de la vida y obra de Pérez-Reverte, algunos intercambios de pullas con otros escritores y, lo más importante, sabía por qué me gustaban la gran mayoría de sus libros hasta ese momento leídos. Tras la fachada de best-sellers, de lecturas de mero entretenimiento que convocaban la participación activa del lector o su sometimiento a lo narrado, había todo un trabajo de investigación y minuciosidad a la hora de describir sucesos históricos y la idiosincrasia de las gentes de otras épocas, así como sus usos, costumbres y caducos códigos de honor. Leer después El caballero del jubón amarillo (2003), Cabo Trafalgar (2004), la reimpresión de su primera novela El húsar (1986) y Corsarios de Levante (2006) no hicieron más que confirmarlo.

Leería casi en forma seguida Territorio comanche (1994) y El pintor de batallas (2006), donde Pérez-Reverte vuelca su experiencia como reportero de guerra. Las adaptaciones cinematográficas de algunos de sus libros no me han sido ajenas. Gracias a internet vi El maestro de esgrima (Pedro Olea, 1992) y La carta esférica (Imanol Uribe, 2007). Nunca pude ver completa La novena puerta (Roman Polanski, 1999), la versión fílmica de El club Dumas protagonizada por Johnny Depp, a pesar de que cada tanto la pasan por TV. Alatriste (Agustín Díaz Yanez, 2006) me costó verla hasta el final. Alguna día, por mera curiosidad, me gustaría ver La tabla de Flandes (Jim McBride, 1994) y Cachito (Enrique Urbizu. 1995).



Un día de cólera (2007) es el vigésimo libro que tengo y que he leído del español. Por mí que siga publicando y polemizando. Puedo disfrutar de la obra de un escritor independientemente de sus actos y forma de pensar. De lo contrario hubiera tomado partido cuando tuve conocimiento de sus rencillas con el desaparecido Roberto Bolaño. A continuación un versus entre ambos escritores. Compréndanlos, son como nosotros: seres humanos (*):

De una entrevista a Roberto Bolaño:

¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?
-Pérez-Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.

¿Y el hecho de que Arturo Pérez-Reverte haya ingresado a la Real Academia?
-La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Álvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez-Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.

De una entrevista a Pérez-Reverte

Franco y directo, el escritor español guarda también su opinión sobre la literatura chilena y, por cierto, de Bolaño. "He leído a Isabel Allende, Marcela Serrano, Alberto Fuguet. Leí Los Detectives Salvajes, ¡qué coñazo!".

¿De buena?
De mala; no, de aburrida. Tampoco yo a Bolaño le caía muy bien. Bolaño era muy resentido con los escritores más leídos.

¿Qué le parece la instalación crítica de Bolaño como el mejor escritor de su generación?
Los que quieren instalarlo son sus amigos, pero de ahí a que le instalen... Bolaño era un escritor muy literario, en el peor sentido del término. Pero ya está muerto y sería de mal gusto hablar mal de él, como hacía Bolaño, que no quería que leyeran a nadie más que a él.

"Lo que no soporto es a aquellos que dicen el escritor debe hacer esto, debe tener tal compromiso. El escritor debe hacer lo que le salga de los cojones", subraya. "Solamente los 'bolaños' dicen cómo leen ustedes a Isabel Allende. Bueno, dejen que lean lo que quieran. 'Pero es que tienen que leerme a mí'. Eso ha hecho mucho daño".

Párrafo final de Los mitos de Chtulhu (texto inluido en el libro de relatos El gaucho insufrible, de Bolaño):

Sigamos, pues, los dictados de García Márquez y leamos a Alejandro Dumas. Hagámosle caso a Pérez Dragó o a García Conte y leamos a Pérez-Reverte. En el folletón está la salvación del lector (y de paso, de la industria editorial). Quién nos lo iba a decir. Mucho presumir de Proust, mucho estudiar las páginas de Joyce que cuelgan de un alambre, y la respuesta estaba en el folletón. Ay, el folletón. Pero somos malos para la cama y probablemente volveremos a meter la pata. Todo lleva a pensar que esto no tiene salida.

Y para concluir el duelo, un par más del español:

¿Qué le parece la obra de Roberto Bolaño?
Me parecía aburridísima cuando estaba vivo y me sigue pareciendo aburridísima ahora que está muerto. No son, desde luego, los libros que yo salvaría del incendio de mi biblioteca. Prefiero salvar las aventuras de Tintín.

¿Qué opina de Roberto Bolaño? ¿No le parece un bluf sobrevalorado? ¿Se aburre con él tanto como yo?
Ya respondí a esa pregunta más arriba. Pero ya que insisten, le diré que sí. Que me aburro incluso más que usted.

...

(*) Y si tú, amable lector, detestas a Pérez-Reverte, quizá te resulte festivo el siguiente video:

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