Érase un hombre a sus libros pegado
19 comentarios Publicadas por R. a la/s miércoles, mayo 27, 2009
Vi también El lector, dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet. Venía postergando su visionamiento porque quería leer primero el libro del alemán Bernard Schlink, pero como me encontraba en una situación desventajosa, sólo me quedó hacer play. Si bien El lector es una cinta que invita a la reflexión sobre el nazismo y la culpa, yo no pude sacarme de la mente los instantes finales no contados, no vistos. Me explico: aquellos momentos que mi imaginación diseñó para ver a una Hanna Schmitz, quien ya tomó la fatal decisión, en el preciso momento en que elabora su testamento; esto es la lista de los destinatarios de su dinero, casettes y ¡libros! ¿Qué más vi? Me vi redactando por enésima vez mi lista…El viernes todo volvió a la normalidad… Hoy: Gol de Messi...
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Lo seguiría leyendo (hasta sentirme en deuda) en los libros tomados de la biblioteca universitaria. Transcribiría sus poemas con apresurada caligrafía. Sus poemas decían todo aquello que no me atrevía a decir o lo decía siempre mal; pero al final creo que me hacía entender. Sus versos reconfortaban y lo llenaban a uno de esperanza. Parecía Ud. un sabio en amores y desamores, alguien que había pasado por todos los estadios de la pasión y que por tanto era mi contemporáneo y describía tal cual mis sensaciones y percepciones. A la par de todo ello, me enteré de su vida, sus avatares, luchas y exilios.
Más tarde los vaivenes que me habitaban optaron por estabilizarse y creí no necesitarlo (osé ponerlo entre paréntesis), pero jamás prescindiría de su recuerdo. Mientras Ud. continuaba con su prolífica obra, yo de tanto en tanto lo sacaría como un as bajo la manga: regalarle uno de sus libros a una chica, era infalible. No tenía pierde. Así que mi deuda seguiría aumentando.
El año pasado compré sus cuentos reunidos (1947 - 1994) por la editorial Seix Barral, con prólogo de José Emilio Pacheco (obviamente releí La noche de los feos y otros más que los tenía en un par de antologías). También leí La borra de café y El porvenir de mi pasado. Sigo buscando su novela Gracias por el fuego que me prestaron alguna vez. Seguiré buscándolo con mis achacosos 31 y siguientes, a Ud. que se fue a sus juveniles 88 para seguir prosando, versando, haciéndose querer por la eternidad.
Nos seguimos leyendo, don Mario,
R.
P.D. Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia: qué hermoso nombre para un gato. Para un gato angora.
P.D. 2 Unánse a la Cadena de poesía por Benedetti.
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
Etiquetas: Libros y autores
Recuerdo que me costaba leer los primeros libros escritos por mujeres que cayeron en mis manos (había poco de dónde escoger, también). Jane Austen, Virgina Woolf se me hacían demodés o gaseosas; junto con Marguerite Duras, tardé en apreciarlas. Aparte de la lectura escolar obligatoria Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner, la narrativa en castellano escrita por mujeres me era ajena hasta que la cosa se desbordó.
“Tienes que leer esto”, me dijo M aquella tarde de hace varios años con una expresión que combinaba el entusiasmo con la seriedad (llamémosle un sereno entusiasmo). Antes no cabía en mí preguntar a alguna fémina si le gustaba leer para enamorarme de ella (¿es que ahora sí un requisito fundamental?). M no era de las que se pueda calificar fanática lectora (los números acaparaban su interés), pero leía “sus cositas”; aparte del común material de lectura obligatoria, siempre sacaba algún título que ambos podíamos coincidir. Pero hasta aquella vez venía postergando decirme el título del libro que parecía abstraerla de otras lecturas (el machista que me habitaba decía que a lo mejor M estaría leyendo Mujercitas de Louisa May Alcott).
En mis noventa, la caótica avenida Grau (hoy supuestamente remozada) era uno de los puntos más frecuentados por mí a la hora de buscar libros de segunda mano (ahora inexistente ya que la mayoría de libreros se mudaron al Campo Ferial Amazonas). Por lo general, allí también se encontraban a buen precio lo pocos textos escolares que nos era preciso adquirir en esa época. Se precisaba de compañía para acudir a este punto de venta, debido a su mediana peligrosidad. La primera vez que me aventuré a ir solo (para evitar el roche) fue sin duda en busca de si no más libros de la Allende, de otras autoras latinoamericanas. En Grau o en otros lugares conseguí más de Allende (hace un buen tiempo que dejé de leerla), su compatriota Marcela Serrano, las mexicanas Laura Esquivel, Ángeles Mastretta, Rosario Castellanos (a quienes también les dije adiós).
-Leí que te opones a hablar de una categoría de literatura feminista...
-No solo feminista sino también a la llamada literatura femenina. No hay una literatura femenina como no hay una literatura masculina. Es imposible adjetivar así.
-Algunas teóricas están planteando el tema...
-Es verdad, pero no estoy en desacuerdo. Me parece que están equivocadas. Lo que dicen no tiene que ver nada con la realidad. El sexo es un ingrediente más dentro de muchos otros ingredientes que componen la mirada del escritor o la escritora. Un escritor es lo que es y los libros son lo que son dependiendo de su lengua, cultura, idioma, de la edad, de las lecturas, de su clase social, de la enfermedades que ha tenido o no, de su sexo también, del hecho de ser hombre o mujer, etc. Como ves, es imposible adjetivar a un tipo literatura sólo porque quien lo haces es mujer u hombre.
-Sí, pero en la literatura el género no crea una categoría, sólo es una influencia más dentro de muchas otras. Es probable que mis novelas tengan mucho más que ver con las novelas de un escritor español de mi edad, nacido en una gran ciudad, que con las de una mujer, negra, sudafricana de ochenta años, que ha vivido el apartheid... Las cosas que nos separan son mucho más que las que nos unen como, por ejemplo, el género.
-Sí, no tiene que ver nada...
-Pero las teóricas han creado toda una corriente al respecto...
-Sí, hay mucha gente que dice muchas tonterías...
-Tú también has escrito mucho sobre mujeres, de todas maneras una perspectiva desde el género. ¿Acaso no te estás mordiendo la cola?
-¿Y qué? Los hombres han escrito mucho sobre hombres. Toda la tradición de la literatura está escrita por hombres y en su 99% está protagonizada por hombres...
-Ahora las banderillas son para mí...
-No, lo que te quiero decir es una cosa notable y que me irrita mucho. Cuando un escritor hace una novela protagonizada por un hombre se considera que está hablando del género humano, pero cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, se considera que está escribiendo sobre las mujeres. No es así. Todos, escritora o escritores, hablamos sobre el género humano. (La entrevista completa la pueden leer aquí.)
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Este año, en una de mis primeras incursiones libreras (después de despachar todos los títulos de Philip Roth pendientes) decidí adquirir el último libro de Saramago, que tiene como título El viaje del elefante. Lo primero que me llamó la atención del libro fue su aspecto: de colores chillones (amarillo y fucsia), la sobrecubierta (un calco de la portada) se me antojaba propia de un libro con ilustraciones para infantes; la diagramación irregular me hizo pensar que el ejemplar sellado que tenía en mis manos estaba fallado. Mi casera de Quilca tuvo que vencer mi recelo abriendo dos libros para que me convenciera que el falladito era otro (sin duda el diagramador, no yo). Hecha la rebaja, hecha las compras (porque también compré La traducción de Pablo de Santis y Sueños reales de Alonso Cueto), sólo quedaba esperar mi reencuentro con el Nobel y su particular estilo de narrar.
Lo confieso: Más de una vez, como miles de lectores en este país tercermundista, me he visto en la necesidad de comprar libros piratas (pifias del respetable). Eran épocas en que los libros que me quedaban por leer de la amable biblioteca familiar que heredé, no captaban mi interés. Eran periodos de lecturas obligatorias y mi disponibilidad para leerlos en algún cubículo de la biblioteca universitaria era nula. Eran años en los que vivía ajustado económicamente y un libro nuevo podría considerarse un bien de lujo; mas el inalcanzable libro original de moda, o no, abrumaba mi interés y podía acceder al pirateado.
No sé si Uds. también, pero alguna vez me hecho las siguientes preguntas: ¿Cuánto debería costar un libro? ¿Cuánto estoy dispuesto a pagar por un libro de tal o cual autor? ¿Algún día se podrá leer antes de pagar un libro? No resulta descabellado preguntarse esto último. Al ritmo que vamos, los libros (como objetos) serán escasos y atípicos (ojear antes el formato digital puede resultar sensato). Bien; se dice que la cultura no tiene precio; que no es lo mismo tener una estantería plagada de libros piratas que una con originales. Que lo leído nadie te lo quita de la cabeza. Que estas siendo cómplice de un robo al adquirir cualquier tipo de piratería. En ocasiones, después de leer un libro, la sensación de haber sido estafado aflora y se torna biliosa. Sentir haber pagado más de la cuenta por un libro, no creo que sea síntoma de tacañería; el tacaño no lee, apenas ojea resúmenes. Será por eso que recuerdo perfectamente el último libro pirata que compré, y que es el único que conservo (bajo escombros en alguna parte, como le tocó estarlo al libro de Saramago inicialmente mencionado; y que algún día aparecerá). Se trata de El Código Da Vinci, de Dan Brown, que, coincidentemente, alguien indagó por este y otro más del norteamericano el día que hice mi primera compra del año de libros.
Años atrás, cuando pregunté por su precio, El Código Da Vinci bordeaba los cien soles. Astronómica suma para un libro precedido por el rótulo de best-seller (lo prejuiciosamente negativo que se entienda por ello). La caserita de Quilca le hizo una considerable rebaja a ese comprador danbrowniano, quien encargó Ángeles y demonios, novela pronta estrenarse en el cine, que no pienso leer, quizá sí ver su adaptación, como en su momento leí y vi El Código: cuando el prejuicio pugnó contra la curiosidad, fue derrotado; leer esta novelita no me embrutecería ni tampoco me haría alcanzar el nirvana, me dije (en realidad siempre tengo una autojustificación a la mano para todo).
Pero claro, la oferta de libros piratas siempre ha sido y será limitada. Los best-sellers salen como pan caliente; los libros de autoayuda, ídem. Ni qué decir de uno que otra novelita galardonada (premiada tal vez con el Alfaguara de novela, el Planeta, el Seix Barral, etc.). Comprueben por sí mismos, si no, cómo indagan por el precio de la saga de Stephenie Meyer, Crepúsculo; por copias y originales. Yo paso. Ni uno, ni otro. Por ahora tengo otras prioridades. Vieran mi cara de espanto y alegría cuando vi el primer libro de Bolaño pirateado (Nocturno de Chile): al fin al alcance de las masas (aunque dicen que quienes más consumen libros piratas son los de mayor poder adquisitivo). En una entrevista, el chileno, consciente de que sus libros eran muy costosos, no tuvo ningún empacho en recomendar a sus lectores que los roben...
Líneas arriba hice mención a las colecciones (coediciones) de libros que publican algunos diarios capitalinos (y de otros países) a módicas sumas, con títulos atractivos, que me sirvieron de mucha ayuda para cambiar mis ediciones piratas. Diez soles resultaban bien pagados para hacerse de una colección de literatura universal, peruana, latinoamericana, de viajes y de algunos autores galardonados con el Nobel. El año pasado, ofrecían una colección con obras de algunos autores ganadores del premio Planeta, a 12 soles cada libro. Como dato, no hace mucho el diario El Comercio lanzó un par de colecciones de libros de dos escritores famosos; si bien los libros (son 15 títulos) de la llamada biblioteca Vargas Llosa valen 18 soles (medio carolina la cosa), creo que son un buen pretexto para iniciarse en la lectura de Dios, o para ir cambiando los bambarén por los firmes. O simplemente para empezar a leer y ser bienvenido al vicio. Leer es un vicio; sólo que hay de la buena y de la mala. Ah, me olvidaba, ya que mencioné “de la mala”, la otra colección es del carioca Coelho…
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El amor nunca trae nada bueno.
El amor siempre trae algo mejor.
Roberto Bolaño, Amuleto
Pensé que la fe era el primer requisito para amar.
Roberto Bolaño, Monsieur Pain
La vida no sólo es vulgar sino también inexplicable.
Roberto Bolaño, Llamadas telefónicas
El amor y la tos no se pueden ocultar.
Roberto Bolaño, Los detectives salvajes
No fue hasta leer en el libro póstumo de Roberto Bolaño, Entre paréntesis, el texto de presentación del libro Yo amo a mi mami, el cual se titula Notas acerca alrededor de Jaime Bayly, que la novelita de marras cobraría cierto interés para mí. Que el chileno se refiriera al peruano en elogiosos términos me resultaba anonadante.
Recién en mayo de este año pude acceder a una considerable oferta (a mitad de precio) de una edición económica de El huracán lleva tu nombre (publicada el 2004), y al fin pude saciar mi curiosidad lectora. Como casi todas las novelas de Bayly, ésta también se lee de un tirón, tiene un insoslayable peso autobiográfico y se alternan momentos tragicómicos con el dramón típico de un culebrón. ¿Qué puedo decir de la pertinencia o impertinencia de los epígrafes que jalonearon mi curiosidad? Tal vez el siguiente párrafo ayude en mucho:
La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafetería de Barcelona. Me dijo que le había gustado Los amigos que perdí, aunque entendí que le había gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que así no podía seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vísperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al día siguiente supe que había muerto y me sentí un idiota.
La columna entera la pueden encontrar aquí
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Mis caseritos son cuatro: 3 mujeres de distinta edad y un solícito muchachón. Llego y sólo veo los stands abiertos de dos de ellos. Me invade la desilusión al constatar la ausencia de la caserita que acude a todas las ferias promovidas por la CPL y que me iba a dejar el libro que quería a 47 soles, 13 menos que en librerías. Felizmente mi caserita más reciente (debe haberse instalado hace menos de dos años), y a quien le compré la mayoría de mis libros de Philip Roth en la editorial De Bolsillo, tiene un ejemplar del libro buscado; uno que me apresuré a tomar entre las manos y a consultar su precio. Cincuenta soles, me dice la casera, una señora joven de quien hasta ahora desconozco el nombre. Mascullo un agradecimiento al cielo (la flojera instalada me hubiera impedido acercarme a la librería más cercana), lo que la casera quizá interpreta como un pedido de rebaja adicional o simple roñería de mi parte, y me da una nueva cifra: 49 soles. Un sol es un sol. Más aún en verano y en tiempos de crisis. ¿Podía rehusarme?
La caserita se aparece con el libro de Galarza y me lo alcanza. Le anuncio que me llevaré Poesía Completa (Pre-textos, 2008, en coedición con Ediciones El Virrey) de José Watanabe y el libro de Bayly. Además de sacar la cuenta, la caserita me dice que Paseador de perros me lo regala porque siempre le compro libros. No me esperaba tamaño gesto. Marketing, dirán algunos. Yo me deshago en agradecimientos. Prometo mentalmente dirigirme sin escalas a su stand apenas la caserita tenga el libro de Auster y comprárselo el próximo año. Le pido permiso para tomarle una foto a su stand y colocarlo en mi blog. Antes de irme, le reitero mi agradecimiento y le deseo un feliz año nuevo. Salgo con un separador promocional: en una de las caras, una cita libresca motivadora, en la otra el típico calendario 2009. Al salir, trato de evocar la imagen más antigua que tengo de la caserita, sin éxito. En cambio, se instala en mi memoria la estampa más tierna. La foto que tomé y repaso en el taxi me sirven de ayuda (traten de encontrar el objeto que no calza con el conjunto): Ella atendiendo en su puesto de venta y dos criaturas en edad preescolar, sin duda sus hijos, ojeando sendos libros de tapa dura con ilustraciones, sentadas sobre una improvisada alfombra, y los juguetes dejados de lado. Llego a casa adormecido. Me acuesto rodeado de mis 3 juguetes, digo libros nuevos. La siesta no me dura ni diez minutos, y ya estoy empezando a leer el libro que me regalaron.
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Domingo 28, madrugada del lunes 29: Mañana no tengo que ir al trabajo. Estoy de vacaciones. Debería estar escribiendo algo para mi blog (algo sobre Mi cuerpo es una celda y/o Un lugar llamado Oreja de Perro), pero quiero terminar de leer mis libros pendientes. Estoy leyendo El canalla sentimental de Bayly, aunque debería decir releyendo los textos que reúne, ya que han sido previamente publicados en su columna de los lunes del diario Correo (el estilo Baylyciano es imitado sin ningún pudor por muchos bloggers). Ahora estoy (re)leyendo el final de un ¿capítulo? Dice: “…y que la tos, como el amor, es algo que no se puede ocultar”. Pienso y repienso: eso ya lo leí antes, no necesariamente en su columna Papeles perdidos. Segundos después... ¡Eureka! Hago una pausa y voy en busca de El huracán lleva tu nombre. Efectivamente, Bayly ha parafraseado uno de los epígrafes de Bolaño. Luego, llevado por algún instinto detectivesco, accedo a google y doy con el texto original;">, el que termina así: "..y que la tos, como el amor, es algo que no se puede ocultar, según dejó escrito mi amigo Roberto Bolaño, que murió en un hospital".
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Tengo una lista de escritores que optaron por el suicidio. El primer escritor suicida del que tuve conocimiento fue el peruano José María Arguedas, autor de la entrañable novela Los ríos profundos y de cuentos maravillosos que tienen al ande y sus gentes como protagonistas, algunos de los cuales leí en el colegio. Recuerdo que la escueta nota autobiográfica en el libro de texto escolar, no daba cuenta del suicidio del andahuaylino, un dato escamoteado sin razón aparente.
Suicidas fueron Hemingway, Primo Levi, Jack London, Horacio Quiroga, Salgari, Lugones, Reinaldo Arenas, Rodrigo Lira, Virgina Woolf, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Kawabata, Mishima, Akutagawa, Pavese, Paul Celan, José Agustín Goytisolo, Sylvia Plath, María Emilia Cornejo. Suicida fue el colombiano Andrés Caicedo.
Hace algún tiempo, una amiga me preguntó si tenía el libro Suicidios ejemplares de Vila-Matas. Un fulano, a quien conocía, estaba interesado en leerlo, incluso tuvo el descaro de pedírselo de regalo. Lamentablemente no lo tenía, hubiera querido saciar la curiosidad de mi amiga para que le sacara cachita al fulano por haberlo leído antes que él, y bueno, si el tipo persistía en su intención de leerlo, pues que se lo comprase.
Consejos para escribir cuentos es un texto bastante conocido de Bolaño que circulaba en la red antes de volver a leerlo en Entre paréntesis. Bolaño dice que ya que tiene 44 años, se permite dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. En el punto 11 expresa lo siguiente: Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas. La excusa para adquirir el libro de Vila-Matas ya estaba dada.
Recién hoy, cuando ya he leído otros libros de Vila-Matas, y releído Suicidios ejemplares, podría intentar articular alguna defensa; verbalizar las razones por las que me atraen sus libros. Quizá, en cuanto vuelva a ver a esta amiga, tratando de reivindicarme, le diga que hubo un colombiano que escribió desgarradoras cartas, inteligentísimos apuntes cinéfilos, inventarió sus frustraciones y miserias, padeció el desamor, sufrió con cada uno de sus fallidos (2) intentos de suicidio. Que su nombre es Andrés Caicedo y murió a los veinticinco años (efectivas 60 pastillas de seconal) y que Alberto Fuguet, en base en su mayoría a material inédito, montó su autobiografía, le dio voz a esos aullidos, a ese inconformismo, a ese dolor de no saberse apto para sobrellevar una existencia anodina. Que Mi cuerpo es una celda es el nombre del libro. Que se lo presto. Que está esperando por ella. Que no se me muera sin antes haberlo leído.
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A continuación, un texto polémico. Su autor, Oswaldo Reynoso (en más de una ocasión lo escuché arremeter contra la prosa de Bayly tildándola de literatura basura).
Cómo cocinar una novela con premio
Frente a los requerimientos de jóvenes escritores de cómo se escribe una novela ganadora de un premio, el escritor Oswaldo Reynoso ha escrito el A, B, C de un útil procedimiento.
DETALLE
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R, lector de Bolaño (entre otros)
8 comentarios Publicadas por R. a la/s miércoles, diciembre 10, 2008Etiquetas: Libros y autores


