A Rosa Montero la leo hace más de un lustro. A Murakami recién este año. A la fecha, de la española he leído una oncena de libros (actualmente estoy leyendo su última novela), mientras que del japonés he disfrutado por el momento cuatro novelas (tengo pendientes otra más y su último libro de cuentos). De cómo influyeron ambos escritores para llegar a la sacrílega situación de romper en dos oportunidades una promesa, con el riesgo de ser re-re-reincidente, trata el siguiente post.
Pese a los malos augurios que se cernían sobre la Feria del libro Lima Norte, y de la mano de mi desacreditado espíritu aventurero, decidimos con K acudir a tan magno acontecimiento siquiera una vez. El día acordado: un sábado 15 del mes pasado. Claro, a ojos de K yo no debería estar comprando libros sino leyéndolos a marchas forzadas o incluso donándolos; pero no, uno no va a esta clase de lugares atestados de libros solo para mirar y ensalivarse; uno va para no sólo pasear la mirada sino cargar con todo lo que una perenne economía de guerra lo demande.
Pese a que Frieda Holler se nos metía por las retinas cada tanto (convocó su manchita en el auditorio acondicionado para la ocasión, y la editorial que le publica, la única presente, le organizó una firma de libros con sorteo incluido), K supo volatilizar la presencia de la susodicha (cosa que debe ser una especie de virtud femenina), pagó su libro en caja (uno de relatos de Kawabata), y marchó con algo totalmente opuesto a lo que la señora experta en etiqueta y demás hierbajos pontifica. Yo, eterno deudor del Manual Carreño, telepáticamente le hice todas las reverencias posibles a madame Frieda y escolté a K por esa pasarela imaginaria que nos conducía a la salida, mientras a lo lejos se escuchaba el nombre de la ganadora de una beca de no sé qué.
Al final de esa jornada librera, y ante el estupor de K, salí con un par de ejemplares de la revista Dedo Medio; cinco libros: La muerte lenta de Luciana B de Guillermo Martínez, La razón de los amantes de Pablo Simonetti, Un chino en bicicleta de Ariel Magnus, Sangre de hermanos de Ignacio López Merino y Traducciones peruanas de Gustavo Rodríguez; y la promesa de no volver a comprar ninguno hasta la tradicional FIL, ya que sumadas mis nuevas adquisiciones con las lecturas pendientes, el número pasaba la veintena.
Pero bastó que hace unos días el aplicadísimo lector que hay en mí se vea bastante satisfecho con la lectura de los libros antes mencionados, desvíe de ruta, extrañe como nunca y como siempre a K que en esos momentos se encontraba “al sur de la ciudad, al oeste de su corazón” (la cursilería no es gratuita), y vitrinee como al descuido para, oh sorpresa, se encare ante una novela de Murakami que no tiene. El canto de sirena no demoró en hacerse escuchar.
Una vez fuera de la librería miraflorina, con la bolsita que contenía un libro titulado Al sur de la frontera, al oeste del sol, el cargo de conciencia vino como se fue. Ni siquiera redobló en intensidad cuando recordé un comentario desfavorable que le dedicara Leonardo Aguirre en su diletante columna de reseñas de Dedo Medio (suscribo: problemas de traducción; libro menor, pero ni tanto). Anteriormente había disfrutado de Tokio Blues, Sputnik, mi amor y Kafka en la orilla, y pese a tener en mi lista de pendientes Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (todos libros del japonés), acometí ese domingo la lectura de mi infractora adquisición. Apenas me comuniqué con K se lo conté todo.
No sólo le conté a K mi inexcusable pecadillo (que era el único ejemplar disponible, que así nomás no lo hallas en ninguna parte), sino que renové mi promesa ante su comprensible escepticismo. Tarde o temprano iba a recaer, me dijo K con tono casi conmiserativo, como quien se dirige a un incurable pero al fin y al cabo manso farmacodependiente.
Damas, caballeros. Niños y niñas. Ese día llegó. Fue ayer y sí me acuerdo. Mas la tentación se atisbó el sábado, cobró forma el domingo y llevó a cabo el martes, sólo porque el lunes me era imposible (suerte de angustiante período de abstinencia), pero no contaba con el bonus track, el insoslayable plus que ni puesto en bandeja.
Sábado, revista Somos: entrevista a la escritora española Rosa Montero, a propósito de su última novela Instrucciones para salvar el mundo (título que podría provocar ciertos resquemores). Domingo, inocente visita a Tu librería, uno de los tantísimos blogs de El Comercio, quizá el más inofensivo y menos esotérico: sinopsis y adelanto de la novela de marras, precio incluido. Domingo por la noche: informe detallado a K, y sus irrepetibles (como quien quiere preservar la alicaída moral del autor de este post) pero agoreras palabras de los descubrimientos antes mencionados. Ímprobo esfuerzo por ablandar su sentencia final contándole cómo llegó a conocer a la Montero (de quien se considera fan número uno y enamorado de su prosa) en la presentación de su último libro (hoy antepenúltimo) de aquella lejana época, “La loca de la casa”, y como se amaneció la víspera leyéndolo de cabo a rabo para recabar legítimamente su firma.
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¿Qué es lo que pretendo hermanar con el título de este post: Choques (automovilísticos, se entiende) y efectismos literarios? Aparentemente poco o nada, mas en las siguientes líneas pretendo dilucidar sus íntimas y forzadas correspondencias.
De una suerte de analogía mental producto de los hechos de la realidad que me han tocado vivir, atestiguar -por no decir padecer-, y de dos pasajes clamorosamente efectistas en las dos últimas nouvelles de Fernando Ampuero (autor al que sigo leyendo por hasta ahora crípticas razones), surge aquella manida frase que a la letra dice: la realidad supera la ficción (pifias del respetable, pero one touch) y sus sutilmente complejas conexiones.
La edición final de este post dependía de mi visionamiento del comercial televisivo en limpio que fue filmado en las calles de mi barrio, cuyo testimonio gráfico anexé en días pasados. Quince segundos para el olvido, durante los cuales una compañía de seguros se afana en maquillar condensadamente sus intereses crematísticos. Quince segundos que pude haberme tomado cierto martes, de cierta semana, en desviarme de la ruta original (derecha, no izquierda), para comprar "algo" en la panadería de la esquina o en la bodega de enfrente, y con esa decisión tal vez terminar estampado contra la pared por un automóvil fuera de control. Pero no contaba que durante la espera del dicho comercial que se rodara en mi cuadra, no dejándome dormir tranquilo en domingo, cayó en mis manos un libro titulado Hasta que me orinen los perros, que bien pudo llamarse Yo chupo con mi plata o Hasta que la muerte nos separe, todos ellos rótulos chicha y por añadidura efectistas.
Martes: no te cases ni te embarques..., pfiuuu! Aquel martes salí temprano de casa con dirección a la chamba, decidido a ahorrar unos soles y tomar la combi de rigor y caminar un poco. Decir temprano equivale a las ocho menos veinte de la mañana (abucheo ensordecedor). Salí de mi depa; tomé el ascensor; me vi en su espejo en un gesto de apocada vanidad (¿con qué se come eso?, ni idea, pero suena discretísimo). Enfilé hacia la puerta de salida del edificio; soslayé el espejo lateral (obvié una segunda opinión a mis fachas, no me vaya a decir la verdad); salí a la calle (me vi en la calle). Giré a la izquierda, di unos pasos y prummm!, el primer impacto a mis espaldas (no llegué a captar ningún sonido de frenos chirriantes) y en lo que volteo otro prummm! más cerca y vidrios rotos bajo mis pies.
Pasó que uno de los vehículos después de colisionar entre sí se había estrellado a poca distancia de la puerta de vidrio del edificio, y por tanto de donde yo estaba. En ese momento miré a todos lados y a ninguno, quizá buscando la constatación de que aún pertenecía al mundo de los vivos. Como suelo exagerar, me sabía un retorcido moisés salvado de los fierros retorcidos, y sin hacerle caso a la muchedumbre que se apostaba entorno a los accidentados, subí a mi casa, a mostrar mis llagas y mi costado...
Ya dentro de mis cuatro paredes (continúo con las frases manidas, ergo efectistas), busqué la atención de sus ocupantes, ya que me sabía el sobreviviente de un desastre nuclear (mismo personaje de La carretera de Cormac McCarthy). Mudos testigos de mi nimia resurrección fueron mi gato y algunos ácaros; pero no me dejé llevar por el desaliento, así que abrí la puerta de mi dormitorio y saqué mi cámara para dejar constancia de lo sucedido, de lo que me había librado, ya que muy pronto se dejó oír el ulular de varias sirenas. La cosa parecía grave. Apliqué un zoom desde mi ventana, hice algunas tomas amateur, por ser generoso con los verdaderos artistas de la fotografía y los profesionales del ampay, y urgido por el reloj bajé por las escaleras y abordé el primer taxi con dirección al trabajo.
Lo que sucedió cinco días después parecía una ironía del destino, o producto de una mente enfermiza dotada de un cuestionable sentido del humor negro. Que en el mismo peligroso cruce, trístemente célebre por su alto índice de colisiones, se empeñaran en filmar un comercial para una compañía de seguros, resultaba irónico y hasta malsano, aunque en realidad lo más censurable era que no me dejasen dormir, para qué mentir. El punto es que también recurrí a mi camarita para fotografiar a la sarta de impresentables y vocingleros, al histérico director que, megáfono en mano, se desgañitaba ante los extras y su equipo de producción, y cada tanto les demandaba mayor empeño y colaboración. El barrio lucía un semáforo y un puesto de periódicos de utilería; unas puertas batientes que hicieron de una librería una especie de bar del lejano oeste, y un servidor ventaneando (que había dejado la voz en un karaoke la madrugada reciente) con tremendas ojeras. Sobre esta webaina voy a escribir algún día, apuesto que su comercial será un bodrio, me dije, así que esperé ver los resultados de más de 11 horas de aprestos y filmación (de 6am, hora en que llegué a casa, y 5pm aproximadamente).
Líneas arriba mencioné la novelita que leí mientras tanto; entre otras lecturas mucho más edificantes. Resulta que Para que me orinen los perros se lee con extrema facilidad, lo malo es que le encontré un rasgo que Ampuero arrastra de su anterior publicación, la archivendida Puta linda. Su autor en ambos casos apela a un efectista accidente de tránsito para darle un giro inesperado a las tramas. En un caso (no voy a decir el título, pero se intuye si se ha leído alguna reseña), se deshace de su protagonista principal mediante una combi asesina; mientras que en el otro caso la ética de una policía de tránsito se va al tacho producto de un accidente automovilístico del que se salva de milagro. Claro, efectista o no, ambas situaciones se dan con frecuencia en la realidad: vidas segadas a pesar del inútil plan de tolerancia cero; conductores ebrios; transeúntes temerarios; caos vehicular; pistas deshechas. Y mucho rencor y odio cocinándose a fuego lento.
Sin ir muy lejos, cualquiera que estuviera en la ruta del auto fuera de control de aquel martes (y viene a mi mente el matusalénico tío que se traslada con dificultad apoyado en un bastón todos los días a tomar desayuno en la panadería vecina), mínimo hubiera resultado magullado, y su historia, vida, y la de los que le rodean, verse afectada ostensiblemente. Sí, la realidad supera la ficción, una vez más, y cierro con la frase que me dijera K, jugando a que yo hubiera salido premiado ese día: Te hubiera preferido inválido a muerto… Glup!!! Como para pensarlo. ¿Alguien ha visto mi bastón?
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Actualmente está en cartelera un estupendo biopic sobre la vida de Edith Piaf, protagonizado en forma soberbia por la ganadora, entre otros premios, del Oscar a mejor actriz Marion Cotillard.
Non, je ne regrette rien es la canción que le pone la cereza a esta conmovedora e imperdible cinta.
Non, je ne regrette rien
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal
Tout ca m'est bien egal
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien

C'est paye, balaye, oublie, je me fous du passe
Avec mes souvenirs j'ai allume le feu
Mes shagrins, mes plaisirs,Je n'ai plus besoin d'eux
Balaye les amours avec leurs tremolos
Balaye pour toujoursJe reparas a zero
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal
Tout ca m'est bien egal
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
Car ma vie, car me joies
Aujourd'hui ca commence avec toi
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El domingo antepasado, luego de aproximadamente 17 años, volví a ver esta película (bueno, gran parte de ella debido a...), pero en deliciosa compañía. Ahora que "tú" la terminaste de ver, y te fascinara como a mí, pego la última escena de esta cinta que se ha hecho nuestra favorita.
Título original: 37º2 le matin
Director: Jean-Jacques Beineix
País: Francia
Año: 1986
Guión: Jean-Jacques Beineix, basado en la novela de Philippe Djian
Música original: Gabriel Yared
Duración: 185 minutos
Protagonistas:
Béatrice Dalle (Betty)
Jean-Hugues Anglade (Zorg)
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Negra espalda del tiempo
El primer libro de Javier Marías que leí me lo obsequiaron en febrero de hace varios años. Era un ejemplar de segunda muy bien conservado de su novela Corazón tan blanco (un archiconocido blogger confesó para un test literario televisivo que este libro le cambió la vida; a tanto no llegó en mi caso) que devoré en el acto, y me gustó tanto que decidí seguir leyendo al escritor español, esta vez por mi cuenta. A esa primera feliz lectura le siguieron otras del mismo autor, entre novelas, libros de cuentos y ensayos disfruté de Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas, Los dominios del lobo, Mientras ellas duermen, Cuando fui inmortal, Vidas escritas y otras más. Pero había una novela esquiva a mi bolsillo: Negra espalda del tiempo, inubicable en Amazonas, Quilca y en la cómoda edición de Punto de Lectura. No recuerdo muy bien el precio que me dijeron cuando pregunté en librerías y algunas ferias por la edición de Alfaguara. No debía haber bajado de los 60 soles. Pasaron algunos años y ya me podía dar el lujo de pagar ese precio, previo regateo si se daba el caso, pero el libro se esfumó de mi vista. Tiempo después vi una nueva oportunidad de compra en un nuevo formato: la editorial DeBolsillo había reeditado la mayoría de libros de Javier Marías y el titulo que buscaba se encontraba disponible a granel (punto en contra), pero mi interés ya no era el mismo o se desvanecía a la hora de pagar los 47 soles que los utilizaba para otros fines. El aplazamiento amenazaba con ser eterno, los peros me salían al encuentro (que no me gustaba la portada, que el tipo de papel, etc.), si este año no me hubiera propuesto lo contrario.
Un día caserita 3 de Quilca me pregunta si no me interesaba un libro de Javier Marías. Casi le digo que salvo el último perteneciente a la trilogía Tu rostro mañana, ninguno, pero me interesé en el título que me iba a decir ya que no lo tenía a la vista. Caserita 3 se hizo un trabalenguas, alguna palabra completa alcancé a oír y armé la frase regalona: Negra espalda del tiempo! Sí, ese mismo, ¿me lo traía? Pero claro que por supuesto que desde luego que sí. Salió de su stand, regreso de su otro stand con el libro esquivo y lo puso en mis manos. Disimulé todo lo que pude mi entusiasmo, el cual se vio algo menguado cuando vi que el libro tenía ciertas marcas de humedad que caserita 3 se apresuró a considerar a la hora de darme el precio final (algunos soles menos debido a algún gesto mío). Puse en mi balanza mental los 47 soles de la edición DeBolsillo (nuevo) contra los 28 de Alfaguara que se me ofrecía (¿con manchitas de humedad ya dije?). Terminó por decidirme el que caserita 3 me dijera que tenerlo se iba a ver bien en mi biblioteca, porque así no más no se consigue esa edición. ¿Acepta dólares?, fue mi respuesta. Como estaba de paso, tuve que apelar a mi bolsillo secreto ya que sólo tenía 10 soles en moneda nacional. Tenía un billete de 50 cocos devaluables que para caserita 3 era demasiado por ser muy temprano, así que le dije que ya volvía, que iba a cambiarlo. Camino a Ocoña recibí una llamada a mi celular y tuve que parar el primer taxi. A la semana volví a Quilca y el libro ya no estaba.
A la subsiguiente semana otra vez me topo con otro ejemplar de Negra espalda del tiempo en un stand x. Precio: 18 soles. Condiciones del libro, no de las mejores: parecía rescatado de un naufragio. Lo rechacé. Una semana después, como quien no quiere la cosa, me acerqué al lugar del crimen y el libro había desaparecido. Hasta que el sábado último, como quien no quiere la cosa, y ya que estábamos cerca, insto a P. a que del Parque de La Muralla me acompañe donde los libreros de Amazonas, con nulas expectativas porque ahora más se dedican a vender textos escolares, y efectivamente, la chiquillada proliferaba pero oh, maravilla, no sólo encuentro La casa amarilla de Carlos Renfigo a 15 soles (inhallable en librerías y stands quilcosos; excelentes referencias de la lectura de los recuentos de fin de año), sino también el libro de Javier Marías, intacto, a 24 soles, lo agarro, lo veo, lo huelo, P. me mira con desconfianza, como si fuera un marciano, vulgo chup, derritiéndose ante el calor que dimana el objeto que atrae su atención, y yo que trato de resumirle esta historia de vuelta al paradero pero no me alcanza el tiempo, de todas maneras ya tengo un tema a desarrollar en este blog.
Otros libros esquivos:
Kafka en la orilla de Haruki Murakami. Caserita 1 sólo pudo conseguirme 3 títulos de este escritor japonés: Tokio Blues, Sputnik, mi amor y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Lo conseguí en la Casa verde de San Isidro, luego de un periplo agitado. Era el único ejemplar disponible.
El Palacio de la Luna de Paul Auster. Lo encontré en la librería Época de Miraflores, a la que casi nunca entro. Es el décimo séptimo libro del escritor estadounidense que adquiero y estoy por terminar de leer (interrumpí la lectura de Tokio Blues porque los atrabiliarios, opacos y atractivamente grises personajes femeninos de Murakami se parecían mucho a la realidad). Novela esquiva hasta hace poco, y que representaba un desafío tenerla ya que todas las reseñas, solapas y entrevistas a Auster la mencionan como la mejor de su producción literaria. Creo que exageran.
Trilogía de la memoria de Sergio Pitol. Una reedición 3 en 1 de los libros de memorias del escritor mexicano (El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena). Me enteré de su existencia por la sección de libros de la revista Somos de El Comercio. Un lunes pregunté infructuosamente por teléfono a 4 librerías si la tenían. De casualidad ese mismo día en la noche entro a una página web peruana dedicada a la venta de libros por Internet y veo que ese y el último libro de cuentos de Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo, los ofrecían en venta (entrega a domicilio). Hago mi pedido doble y a esperar las 24 horas convenidas. Al día siguiente me informan que el libro de Vila-Matas está fuera de stock. Me siento estafado. Sé que exagero. El miércoles ante el no envío del libro de Pitol, decido buscarlo personalmente por librerías, pero nada. En cambio encuentro la novela de Auster que me faltaba. Me tranquilizo. La noche del jueves recibo mi único pedido y las disculpas del caso por la demora.
A continuación la foto de rigor que me estará recordando que tengo que leer mis otrora libros equivos sí o sí. Ya veré cómo le hago.
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CUARTETO OPUS 131
A través de la soledad de los tejados
Como frutos malvados de la noche
Los últimos cuartetos de Beethoven
Igual lo ha de oír
Quien en deseo vaga
O aquel que solitario yace
Junto a la mujer
Con quien ya jamás ha de soñar
Gato, mi querido y sordo gato,
Yo sé que a través de tus patas,
A través de tu aciaga cabellera
Y la noche que me envuelve,
Hemos vuelto a beber,
Hemos llegado
A tener un lugar bajo los cielos
…
Nervio del Serrato
Nervio del Deltoides
Nervio del Angular
Yo soy quien sospecha
Solitario en las noches,
Que alguien lo ama
…
Si creyera alguna vez
Con orgullo extravagante que me amas
Tú soñarías que en tu alma se reúne
El dorado vacío de la hierba
Quizás así tu sueño
Te sirviera de descarga
Pues alguno te acusa
De excederte en belleza
Si contemplas el sol
y lo hieres con tus rayos
Muchos dirán que es por odio
Pues te imita, siendo sólo
Que detienes el verano
Por jactancia
Y, si alguna me hallaras,
Háblame, pues sabré comprender
Si no tu idioma, los disfraces
Del mar cuando se ofrece
…
A TODOS los que alguna vez,
Me abandonaron:
Dios los ilumine con la luz
Que cubre lo perdido
…
A UN ARIA DE HAENDEL
Dulce es el olvido
Más dulce aún el recuerdo
Dulcísimo tu presencia.
…
Habiendo robado
Lluvia de tu jardín
y tocado tu cuerpo
Duermo:
No se culpe
A nadie de mi sueño
…
Extraño es tu corazón
Más extraño aún
Quien lo ama
…
Una forma
De escribir poesía
Es vivir epigrafiando
…
TEMPUSBREVIS EST
El gato del lado
Es amarillo
Un día
Se sentó al piano
Un gato al piano
Life is short
the Art is long
Es un gato decidido
…
SOY Luchito Hernández
Ex Campeón de peso welter
Poca gente me habla
Hasta oí a alguien
Preguntarme
¿De qué te defiendes?
Y yo hubiera respondido
Si no silencioso fuera:
Más bien te defiendo
De mi luz. Una luz
Que reuní y me friega
…
Cuando quiero escribir
Algo no lo hago
Porque la serenidad
Y la tristeza
La risa
O el teléfono
Me pretextan
Hacia la vagancia
…
Tengo la Alegría
Extraña
De quien te contempla
…
Grande es mi dolor
En lo alto está
Sereno lo contemplo
Pues no me asusta ya
…
Te amo √-1
Eres un amor
Irracional
…
Perdóname el no haber
Muerto de Amor
Por ti.. Es imperdonable
Perdóname que mi Amor
No te ayude
Perdóname que mi Amor
No te importe
…
Estoy triste
porque no estás
y no lloraré
porque luego
lo ojos
no son lo mismo
…
Nunca he sido feliz
Pero, al menos,
He perdido
Varias veces
La felicidad
…
Nunca te amaré
Pues ya te amo
Nunca veré tus ojos
Puesto ante mí
Siempre han de estar
Nunca seguiré
El paso de tu tiempo
Porque:
Nunca te amaré
…
Ella te hiere
Como una rosa
Y no, como cabría
Esperar, con sus espinas
Una rosa te hiere
Siempre, con su flor
…
Yo iba por tu camino
Tú venías por él
Desde entonces
Mi cielo
De noche
Tuvo estrellas
Y para recogerlas
Mi vida se hizo
Un río
…
Experimentos con mi recién adquirida cámara digital. Nombre del gato modelo: ARYEL (no Ariel...)
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Nunca es tarde, dicen. A estas alturas de enero ya he pasado revista a la mayoría de recuentos y rankings que han elaborado los especialistas y simples lectores de a pie -rango en el que puedo ubicarme- con respecto a lo mejor de nuestras letras durante el 2007. No puedo sino estar de acuerdo a la hora de mencionar los méritos de ciertos libros que están presentes en la mayoría de las listas, esto no porque haya sido persuadido por los elogiosos comentarios que han cosechado, que mal hablarían de un gusto homogeneizado, sino por simple deleite personal. Aparentemente no me he perdido de gran cosa. En todo caso ya he tomado nota de hasta tres títulos que espero leerlos a lo largo del presente año.
Novelas
Las mejores:
1. El cielo sobre nosotros de Carlos Garayar. Por puro flojo no la comenté antes. En un lugar innominado de la selva (bellamente descrito), la Siberia es el pabellón de aislamiento de un hospital en donde una madura enfermera, la señorita Soria, se relacionará con un moribundo tuberculoso, el polaco Juan Siélac. Sobria narración de un amor desdichado, del cual nos enteraremos gracias a testigos más o menos implicados.
2. Radio Ciudad Perdida de Daniel Alarcón. Luego de una década de guerra fratricida, un país sin nombre aún no cura sus heridas, hay un orden impuesto, controlado. Un deseo de recuperar nombres, vivencias; de hallar explicaciones. De encontrarse a sí mismo.
3. Bruniquilda de Nilo Espinoza Haro. Ambientada en la España visigoda, un copista encandilado con la irreal, mítica pero no menos palpable reina de Austrasia, se abocará a la tarea encargada de descifrar unos supuestos palimpcestos proféticos que también representan la infaltable cita con el objeto de su obsesión.
Estuvieron en algo:
El susurro de la mujer ballena de Alonso Cueto (Finalista Premio Planeta – Casamérica). Dicen que es su mejor novela. Yo me sigo quedando primero con Demonio de mediodía.
Un millón de soles de Jorge Eduardo Benavides. El Velascato y la eterna impresión de que la historia política peruana, la historia en general, es circular (el eterno retorno).
El camino de regreso de José de Piérola. Una venganza, pero mucho más (conflictos raciales, sociales, de poder), que roza lo inverosímil. Novela de las llamadas de la violencia política.
Nouvelles que privilegian el lenguaje y el tono intimista de sus narradores-personajes:
El cielo de Capri de Marco García Falcón
Ellos dos de Patricia de Souza
Tigre hircana de Roberto Zeballos Rebaza (Premio Novela Corta 2007 Julio Ramón Ribeyro)
Cuentos
Imperdibles:
1. Algo que nunca serás de Guillermo Niño de Guzmán. Que de sus 9 cuentos, más de la mitad (5) me parezcan soberbios, 2 buenos y 2 prescindibles, dice mucho de la impresión que me causó leerlo.
2. Horno de reverbero de José Donayre. Un libro exquisito. El primero en medios locales en ser llevado de un blog a la imprenta.
3. Retrato de mujer sin familia ante una copa de Carmen Ollé. Libro que lo incluyo dentro de la categoría cuentos pero que es mucho más.
Con algunos cuentitos buenos:
Es sólo un viejo tren de José B. Adolph
A puerta cerrada de Leyla Bartet
Punto de fuga de Jeremías Gamboa
Bonitas palabras de Francisco Izquierdo
Cuentos de bolsillo de Harry Belevan
El rumor de la tormenta de Carlos Rengifo, único título que he leído de la joven editorial Casa Tomada. Me debo la lectura de la novela de Rengifo La casa amarilla publicado por la editorial Norma.
Para pasar el rato:
La musa travestida (cuentos) y El Conde de San Germán (novela) de Leonardo Aguirre deparan, al menos superficialmente, buenos momentos de relax.
Ensayos
El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez
Dossier Vargas Llosa de José Miguel Oviedo
No ficción
Bolívar Dictador y enemigo Nº 1 del Perú. El libro documentado de Herbert Morote es de lectura imprescindible.
Pequeños dictadores de Luis Felipe Gamarra. Periodísticos perfiles.
Para pasar el rato:
Rajes del oficio de Pedro Salinas y la franela a sus primeros 10 admirados colegas.
Lima freak de Juan Manuel Robles, perfiles pesudoliterarios a frikis locales.
Off Topic
Poesía
No soy asiduo lector de poemarios en general, pero acá quiero dejar constancia la compra y disfrute de La universidad desconocida, publicación póstuma de Roberto Bolaño y la manera en que sucumbí a la moda Luchito Hernández adquiriendo y leyendo una oportunista y sospechosa reedición de Vox Horrísona. Por último, tengo el placer de contar en la colección Obras Esenciales, Ediciones del Rectorado Departamento de Humanidades de la PUCP de la Obra poética en prosa y verso de Martín Adán, editado por Ricardo Silva-Santisteban.
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De encuestas, rankings y recuentos
0 comentarios Publicadas por R. a la/s miércoles, diciembre 19, 2007El estertoroso año que se va, es fuente de los más diversos rankings y encuestas que tratan de erigir en diversos órdenes a lo mejor y peor del año. En materia literaria, por esta época sigo con cierto interés los resultados de las diferentes encuestas on line (en manos de más de un clickeador compulsivo) y las que le formulan a los entendidos (críticos y escritores). También leo los rankings de algunos bloggers y los diversos comentarios que sus elecciones originan. Los recuentos adquieren mi atención cuando no se quedan en la simple enunciación y le adicionan una carga valorativa, que tomaré en cuenta a posteriori, por si aparentemente algo bueno me perdí.
Sin asomo de ironía, se podría decir que hago mía aquella esotérica frase de “consuma lo que el Perú produce”. Por tercer año consecutivo, entre novelas, nouvelles (20), libros de cuentos (14) y un puñado de libros no ficcionales (7), he leído una cuarentena de libros de autores peruanos editados en el año que se va, cifra que apenas constituye una muestra ínfima de lo que en el medio local –Lima preponderantemente– se publica, y que más o menos representa un 45% de lo que leo (incluidos autores extranjeros, y nacionales que me debía de años anteriores), pero que al fin y al cabo el gusto por el tema, la fascinación deparada en anteriores entregas por el autor, polémica generada o los ecos de una crítica positiva que me llegan, terminan por imponerse y demandar su lectura.
Cuando uno termina de leer un libro, consciente o inconscientemente le hacemos merecedor de un puntaje o de un adjetivo calificativo en nuestro ranking personal. Inmediatamente después, pasa a formar parte de lo mejor o peor que hayamos leído hasta entonces; a ser digno –más adelante– de una segunda lectura y, bajo nuestra responsabilidad –y la ajena– de recomendación o veto. De no ser el caso, formará parte de aquellos títulos que no acumularon suficientes méritos ni deméritos y engrosará la larga lista de libros regularones que son los más con los que nos topamos en esta vida. Así que consideremos una verdadera epifanía si nos encontramos con una excelsa obra de arte literaria o un bodrio monumental. Referir lo malo, nuestras decepciones, puede ser provechoso, catártica o lúdicamente, así que daré cuenta primero de los libros que me decepcionaron este año:
La cuarta espada de Santiago Roncagliolo
Casi nunca leo las reseñas que les dedican a los libros ficcionales que pretendo leer. En todo caso, apenas ojeo las sinopsis, o apuradamente algunas líneas, como quien pretende mantener su opinión desprejuiciada y porque más de un reseñador -sin alertarnos- se va de boca y cuenta pasajes que el lector debería ir descubriendo. Después de leer el libro de marras sobreviene el empacho crítico. No ocurre esto cuando de un ensayo o libro de no ficción se trata. La mayoría de los comentarios nada halagüeños que el libro de Roncagliolo cosechaba, antes incluso de estar a la venta en el medio, venían con el rótulo de “no me compres” y lo que es peor, me sonaba a estafa y a advertencia samaritana. Es más, circulaba un párrafo (descontextualizado eso sí) que pintaba a su autor como mercenario de las letras (algo de lo que ya se preciaba como autor de su novela El Príncipe de los caimanes, pero que en el caso de un libro sobre el líder terrorista, constituía una inmoralidad) y cuestionaban una de sus tristemente célebres analogías. ¿Qué más quería no ya para no leerlo sino para agenciarme una edición pirata o fotocopias y no malgastar mis soles? Pero claro, Roncagliolo defendió su híbrido (hasta ahora no sé si catalogarla de novela, reportaje, crónica, pero de algo estoy seguro, el tema ha sido tratado seria y documentadamente con anterioridad y sin mayores veleidades ni teorías del yo) y halló voces solidarias, indulgentes. Le otorgué, pues, el beneficio de la duda, y el fiasco se materializó. Pero bueno, ya que mencioné voces condescendientes, puedo decir que el libro de Roncagliolo no es un reverendo desperdicio. Alguien desorbitado de la realidad, ajeno a las aciagas décadas de la violencia, encontrará una especie de ayuda memoria en este manual para dummies que es La cuarta espada del polémico espadachín.
Las obras infames de Pancho Marambio
Qué duda cabe. El 2007 ha sido el peor año para Alfredo Bryce. No sólo por las fundamentadas acusaciones de plagios sistemáticos (uno de las cuales tuve el dudoso e involuntario mérito de encontrar y que constituiría el caso documentado más antiguo) y la vergonzosa sentencia favorable dictada por INDECOPI, sino porque su retorno a la ficción estuvo de la mano de una novela fallida, tal vez la peor que haya escrito. Hiperbólica pero grotesca, con visos autobiográficos pero inverosímil. Carcajeante lejos de la sutil ironía de sus mejores narraciones. Olvidable. Una soberana decepción. Recuerdo la expectativa que me invadió esta nueva publicación de Bryce, tras 4 años durante los cuales publicó sus controversiales Antimemorias 2 y el libro ensayístico, maledicientemente catalogado de autoayuda, Entre la soledad y el amor. Sus detractores han hallado sobradas razones para referirse a él como un borrachín inimputable y decadente, escritor que se repite, autor de un par de libros y nada más, y para colmo incapaz de reconocer sus errores: los textos plagiados y por tanto birlados a sus verdaderos creadores. Las pocas reseñas benévolas tampoco le hacen ningún favor. Sus novelas anteriores y algunos de sus cuentos que tienen su estilo y firma incuestionables, hablan del mejor Bryce que alguna vez me sedujo leyendo los avatares de Pedro Balbuena y Martín Romaña y que es el que quiero recordar sin negarme ante lo evidente.
Continuará...
Etiquetas: Libros y autores
Los hay más relevantes que otros, para lectores amateurs, poco exigentes, profesionales del chisme y morbosos incorregibles. Tal vez tenga que ver cierta valoración positiva la intensidad y honestidad que trasunten sus páginas. El de Ribeyro, qué duda cabe, es no sólo revelador en cuanto a desmitificar al tímido que todos intuyen, creen conocer, y que luego de la lectura de los primeros diarios se contrapone con el frecuentador de burdeles a la caza de amores furtivos, lo que a la postre lo vuelve más humano y contradictoriamente humano en la medida que pasan los años y nadie puede decir que sigue siendo el mismo ni impedir alimentar una falsa impresión: sino también por las líneas que rescato para este blog y que de alguna manera son un homenaje para todas aquellas mascotas incomprendidas, como Ptolo y sus congéneres.
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21 de marzo - 1974
Proyecto –o menos que proyecto, anhelo, sueño– de tener una casa en el malecón de Miraflores, frente al mar, donde pueda pasar tardes tranquilas, interminables, mirando el poniente, pensando, escribiendo si me provoca, tal vez con uno o dos amigos, buenos discos, un buen vino, mi pequeña familia, un gato y la esperanza de sufrir poco.
31 de agosto - 1974
Me gusta pasar mis cumpleaños completamente solo, sin otra compañía ahora que mi gato.
29 de julio - 1976
Por más que tendamos hacia la bondad o hacia la perfección, no podemos evitar a veces pequeños actos de crueldad o de malevolencia, que son como emergencias de nuestra vieja naturaleza ancestral, cuando nuestra conducta no estaba controlada por nuestra inteligencia. Así, yo he notado que soy en algunas ocasiones extremadamente malvado con mi gato y me empecino en hacerlo sufrir. Yo que tolero que duerma en mi cama, que le permito sentarse durante horas en mis piernas, que no lo sanciono nunca por más que desgarre el forro de los muebles o rompa la vajilla, lo privo a veces de su comida. Pudiendo abrirle su lata de paté, me invento cualquier pretexto para no hacerlo, para castigar quizá su excesiva glotonería, su obstinación en recordarme que ya le toca comer, el ostensible servilismo de que es capaz en estos momentos de carencia. Claro que a las pocas horas ya estoy arrepentido y después de pedirle disculpas lo recompenso.
10 de agosto - 1977
El profundo resentimiento de los animales. Mis relaciones con mi gato han llegado en estos días al punto de ruptura. La semana pasada, cuando trajeron el suntuoso sofá de cuero, lo sorprendí en el momento en que se aprestaba a afilar sus uñas sobre el fino material –como lo había hecho con los anteriores sillones hasta dejarlos en hilachas– y le di un fuetazo en el anca. Se enojó un poco y anduvo algo esquivo. Anoche, a las cuatro de la mañana, me desperté con el deseo de verificar una frase de Bouvard y Pécuchet y al entrar en la sala metí el pie en un charco hediondo: el gato acababa de orinarse en la alfombra. Lo perseguí para refregarle las narices sobre sus orines y darle a entender que no debía hacer pipí fuera de su caja. Esta mañana, antes de ir a trabajar, estuve buscándolo por toda la casa para darle su comida. No había trazas de su persona. Miré y busqué por todo sitio sin encontrarlo. Posibilidad, pero remota: que se hubiera salido por algún sitio, pero lo único que había dejado abierto era una alta ventanita del baño que da, además, sobre un patio a veinte metros de altura. Al llegar del trabajo seguí buscándolo sin resultados. Sólo cuando encendí el horno de la cocina de gas para calentar un plato, apareció. Estaba debajo de la cocina y el calor probablemente lo expulsó. ¿Cómo se había metido allí? Es un lugar casi inaccesible. Sin embargo, allí había encontrado refugio. Saltó, se metió bajo un ropero y cuando apagué el horno volvió a meterse bajo la cocina. Allí ha pasado toda la tarde sin querer salir. Por más que lo he llamado, hecho sonar su plato y abierto su lata de paté. Antes bastaba que abriera su lata para que el ruido del abridor lo trajese a la carrera. Ahora nada. Sigue refugiado en su hueco y no obedece a ninguna exhortación ni tentación. Sólo de vez en cuando, al llamarlo cariñosamente, emite un débil maullido. En su memoria infalible de animal algo ha ocurrido, algo que lo aleja definitivamente de mí y me convierte de ahora en adelante en su enemigo.
24 ó 25 de agosto - 1978
Querella con mi gato, por su insaciable apetito y sus meadas.
29 de agosto - 1978
Intuición animal: hago en el piso del baño una pila con la ropa que debo llevar a la lavandería esta tarde. El gato se acerca, la observa, la huele, comienza a separar las prendas con las uñas, desdeñando mi ropa o la de Alida, hasta que encuentra una camisa de Julito, única ropa suya del lote. Frota su cabeza contra ella y finalmente la lame. El gato sabe que Julito es en casa su único protector, quien realmente lo quiere a pesar de que Alida o yo somos quienes le damos su comida y el limpiamos su poza de arena. Pero sabe también que en nosotros no hay amor sino sólo tolerancia.
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Bonus track
10 de julio - 1961
Escritor: triste vejez. Pienso en Léataud, en Céline, en Hemingway. Por diferente que sea su destino o su popularidad, el escritor termina por recluirse, por esconderse. Algunos se suicidan (Hemingway, Pavese, Nerval, sin llegar a veces a viejos); otros mueren de cólera y de asco, como Flaubert; otros enloquecen, se vuelven idiotas o paralíticos, como Baudelaire; muy pocos, como Goethe, soportan con grandeza la vejez, y con serenidad y optimismo. Lo ideal, para un artista, es tal vez morir antes los 50 años, como Camus o Vallejo, cuando aún se espera mucho de él. No acabar su vida, hacer de ella solamente un esbozo. Entre nosotros, la vida de Valdelomar, más bella, más sugestiva que la de Palma. Horror por la vejez. Deseo de no vivir más de medio siglo.
15 de marzo - 1974
A pesar de mi salud para siempre quebrada, de mis achaques y de mis vicios, tengo la certidumbre de que viviré aún largo tiempo, me aferraré a la vida como un escarabajo, veré perecer a hombres robustos y sanos y terminaré viendo los albores del año 2000, siendo mirado como un diploducus que sobrevivió a su era cuando temprano estaba ya resignado a irse tranquilamente del brazo de la muerte.
Etiquetas: Garagatos
En primer lugar porque los alrededores siempre han sido un lugar de tránsito para mí, un punto de reunión, encuentro y hasta de destino, por sus locales comerciales, librerías, etc. Ver sus instalaciones desde cualquier sitio próximo, es como si intuyera que allí se aposenta una feria artesanal o una convención de ufólogos. Un vistazo, de puro oletón, y fugo, antes de quedar hecho un ekeko o ser abducido.
En ediciones pasadas los invitados internacionales o han brillado por su ausencia, o fueron ilustres desconocidos para mí, lo que la hacía bastante localista, provinciana. Esto ha cambiado cuantitativamente, pero no ha incrementado mi interés. Tal vez más adelante adquiera la archibuplicitada novela de Jorge Lanata "Muertos de amor". Por lo pronto ya me perdí la presentación.
Un aspecto importante que tomo en cuenta es el factor tiempo. Esta época del año para mí es de lo más estresante y a cada rato me exige cordura. Al menos aparentarla. Tengo no sólo que ubicarme en el presente, en las labores cotidianas, sino también en el pasado y el futuro (los famosos informes de metas alcanzadas así como zahoríes proyecciones). Así que por esta época suelo leer libros poco exigentes, colecciones de cuentos y novelas cortas a lo mucho. Es más, ¿qué michi hago perdiendo el tiempo escribiendo esto?
Otro motivo, tal vez el más importante, por el que esta y pasadas ediciones no me convierten en un asiduo e interesado visitante ferial, es el desasosiego que me generan las mesas de saldos de algunas editoriales: libros a mitad de precio, malbarateados, que yo pagué su precio original y que otros se lo llevarán casi de regalo. Pero eso se puede solucionar, me dirá alguno, mirando para otro lado, haciéndose el sueco, que contigo no es, para ti no hay, y evitar esos stands. Traté. Juro que traté, pero justo cuando quise esquivar a unos tipos cámara y micrófono en ristre, zas!, me topo con un insoslayable avisazo: 50% de descuento y varios ejemplares de los diarios de Ribeyro, La tentación del fracaso, junto a otros títulos.
Me puse blanco (transparentoso, para no redundar). De momento no quería saber a cuánto equivalía ese descuento. Además, yo estaba allí para adquirir el tercer libro de cuentos, “Lo que nunca serás”, de Guillermo Niño de Guzmán. Nadie me obligaría a preguntar (oídos que no oyen, bolsillo que no siente). Pero otra vez la maldita cámara y el maldito micrófono en mi ruta, que a toda costa me quiere convertir nuevamente en un figuretti involuntario (pregunta estúpida: “Señor, ¿los peruanos leen?").
Me desvío. Estoy apunto de alejarme (¡pero volveré!) cuando una pizpireta señorona, con voz trinitronante, como si quisiera hacerse escuchar de cuadra a cuadra, interpela a un vendedor por el precio precedido de un "ay, mira Lucha, La tentación del frasco (sic)". So bestia cegatona, digo para mis adentros, tan bestezuela como el vendedor de un stand que ante mi consulta me respondió que no tenía más libros de la escritora Vilas-Mata (es hombre y su apellido es Vila-Matas, webis, quise decirle).
El vendedor ya soltó la cifra. Ya llegó a mis oídos: 70 soles. O sea, su invaluable precio en librerías es de 140, y a mí, a principios de octubre, me costó 95 soles en Quilca. Bien pagados, me dije en esa oportunidad y todavía pienso lo mismo (pulso normal, presión estable y de vuelta a lo mío).
Mi próximo post en la sección garabatos incluirá citas gatunas de los diarios de Ribeyro, los 3 libros hasta ahora publicados y reunidos en un solo tomo por la editorial Seix Barral (2003) que con suerte aún podrán encontrarlo en la feria. Altamente recomendable.
Mi visita ferial acaeció el martes, a media tarde, un break, casi una escapada. Compré otros dos libros aparte de “Lo que nunca serás”. Uno de ellos a mitad de precio, como reconciliándome con el mundillo librero: La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq, y El conde de San Germán de Leonardo Aguirre, el nuevo Melcochita letraherido de las letras peruvianas (full jeringa).
Pero vamos, no todo podía salirme perfecto. La maldición de la cámara me persigue, y por lo visto perseguirá. Está vez se trató de otro tipo de cámara, de un lente fotográfico. Temprano, hoy jueves cojo el único periódico que compro a diario, le doy una rápida ojeada a las principales secciones: horóscopo, deportes, farándula, je... ¡Cultura! Zoom a la foto impresa. Sí, no es muy nítida que digamos (¿error de fábrica puedo alegar?), pero no dejo de preguntarme en qué momento ocurrió y por qué a mí... otra vez...
Etiquetas: Libros y autores
Lessing es una octogenaria escritora con una extensa obra a cuestas a quién recién leo y esto, debo confesarlo, a raíz del premio concedido y las fotos anexadas. Ya me soplé (no encuentro otra palabra menos vulgar) las casi ochocientas páginas en una edición de Punto de Lectura de su afamada novela “El cuaderno dorado” (1962), erigida como un emblema por el movimiento feminista (por el momento me abstengo de formular cualquier comentario).
Pero como un solo libro no me basta para forjarme una opinión sobre determinado autor, he continuado con la lectura de “La buena terrorista” (1983), a todas luces menos extensa y densa que mi primer acercamiento a la literatura de esta escritora, la que incluye novelas, cuentos y memorias. Tal vez resulten insuficientes dos libros para lapidarla o ensalzarla con mi caprichoso gusto y me vea en pos de otros títulos (en el caso de Nobel del año pasado, un hasta entonces desconocido para mí Orhan Pamuk, son siete los libros que he disfrutado hasta el momento). Pero Lessing tiene un plus: ama a los gatos.
Casi nunca suelo escribir o comentar sobre un libro que no haya terminado de leer. Este no será el caso. Bueno, no del todo. Me resulta imposible identificarme con el personaje central de “La buena terrorista” Alice Mellings, una suerte de sufrida mamá gallina entre sus camaradas, todos ellos impregnados de ideas antisistema. Sin embargo, en varios pasajes el escéptico que hay en mí soslaya la evidente crítica que disemina la autora hacia este tipo de personas -y su entorno- cargadas de ideales, buenas intenciones, que constantemente se estrellan contra la aplastante realidad o la traición y represión en el seno de sus filas. Y Alice, como si me fuera conocida o encarnara alguna día, pasa a suscitar mi admiración. Si no fuera porque en sus momentos de vacío existencial y automatismos cotidianos hay alguien que presiente su soledad, también merecería mi compasión.
"Sin darse cuenta, se encontró de pie abriendo la nevera, hurgando los armarios. Prepararía una de sus sopas. Pero como había estado trabajando con Philip, en la casa había muy poca cosa. Fue a la tienda, compró comida, se entretuvo con los preparativos y se sentó junto a la mesa mientras iba desarrollándose su sopa. El gato apareció en el alféizar, maulló al otro lado del cristal; Alice lo hizo entrar, le ofreció algunos restos. Pero no, el gato no tenía hambre, probablemente Joan Robbins o alguna otra persona ya le habían dado de comer. El animal buscaba compañía. No quiso sentarse en la falda de Alice, sino que prefirió tumbarse en el antepecho de la ventana y se desperezó. La contempló con sus ojos de vagabundo y emitió un leve sonido, un gruñido o maullido de saludo. Alice se echó a llorar en un apasionado arranque de gratitud."
Con la cita anterior, inauguro una nueva sección titulada "Garagatos": citas textuales y demás que tengan que ver con los michis. Una cosa más: ambos libros cuestan 35 soles c/u en librerías, yo lo conseguí a 26 soles en Quilca. Supongo que en la feria a inaugurarse mañana costarán menos.
Etiquetas: Garagatos
A continuación, las preguntas que podríamos llamar originales, y las respuestas que circulan en su web:
1. He leído que en cierta forma te halaga que te comparen con Jaime Bayly, cuya producción ha sido definida por Eloy Jáuregui como parte de la "literatura rosa mosqueta" ¿Qué te merece este encasillamiento?
Cuando uno se encuentra frente algo nuevo generalmente se confunde y no hay mejor manera que lidiar con esa sensación que comparar eso desconocido con algo que nos sea familiar. Así nos sentimos más a salvo: etiquetándolo todo como a las latas de atún. En general, ni me halaga ni me ofende que me comparen con nadie. En la semana que lleva mi novela en librerías se me ha comparado con Bayly, con Malca, con Capote, con Urteaga Cabrera, con Oswaldo Reynoso, con Carlos Vidal y hasta con Yesabella, así que, como verás, no puedo tomarme en serio ningún símil. Ahora, si la pregunta se refiere a si mi libro es gay, la respuesta es no. De la misma manera en que yo soy gordo y mi libro no, puedo decirte, con certeza, que mi libro no es gay porque mi libro no tira, el que es gay soy yo.
2. Laura Bozzo ha confesado que admira tu forma de escribir, y que le gustaría que tú escribas su libro ¿Aceptarías arrendar tu pluma, convertirte en "negro literario"?
Se lo agradezco a Laura como le agradecería semejante flor a cualquier lector. Ahora, en lo que se refiere a “su” libro, bueno, difícilmente un libro escrito por otro podría ser llamado “su” libro. Laura es un personaje contradictorio, controversial y, sin duda, hay muchísimo qué escribir sobre ella. Yo puedo hacerlo cuando quiera sin necesidad de firmar un contrato con ella. Soy absolutamente libre de escribir sobre lo que se me antoje. Obvio que escribir sobre Bozzo te aseguraría un público mayor y, seguramente, una rápida “internacionalización” pero yo quiero que me lean porque escribo bien, no porque escribo sobre famosos. Esa es apenas una vil coartada. De otro lado, no tengo ningún prejuicio respecto a escribir por plata. Escribir es una chamba y una chamba muy dura, además. No veo por qué chambear te convierta en negro, pero si es así habrá que aprovechar la ventaja. Hay cientos de escritores que –firmando o sin firmar- han trabajado biografías autorizadas: Guillermo Thorndike, por ejemplo, por citar un caso cercano. No me parece ningún crimen. Sería un crimen que te paguen por escribir una oda al personaje, un libro que lo ensalce y oculte o solapee sus lados oscuros. A Thorndike le pasó con “El Hermanón” que fue fatal. Esa sería la única condición que yo pondría: que el personaje en cuestión no pretenda que le escriban un panegírico porque eso convertiría, automáticamente, el libro en un bodrio. Sólo exigiría del biografiado –como mínimo- la misma honestidad –léase dureza- con que yo hablo de mí mismo en mi novela. Fabricantes de cherries en el Perú hay por camionadas. Y son baratitos, además.
3. Has anunciado que estás escribiendo otro libro, una especie de segunda parte de "Maldita ternura", donde retomarás algunos personajes y sacarás al fresco otros que seguramente tienes en compás de espera, lo que implica en cierto modo emplear el mismo estilo, a tu alterego como el personaje central. ¿No temes caer en lo monotemático de tu propuesta, o es que quieres terminar de exorcizar tus demonios personales?
“Maldita ternura” y el libro que está en proceso son, en realidad, parte de un mismo proyecto que fue creciendo tanto que necesitó de dos volúmenes. Algo así como lo que le pasó a Tarantino con Kill Bill. Se fue en caldo. Filmó demasiado. Yo tiendo a escribir más de la cuenta siempre, pero creo que lo que tengo entre manos merece contarse. Eso es todo: eso que llamas los demonios personales, que –como las musas- nadie sabe qué demonios significa, es algo tan imposible de definir como de exorcizar. Lo único que sé es que está ahí y que no espero que no se acabe. Estoy seguro de que las historias que me quedan por publicar podrán ser acusadas de todo, excepto de monotemáticas. En cuanto a emplear el mismo estilo, tal vez en un poco temprano para hablar de estilo, eso es algo que se forja con el tiempo, pero yo sólo puedo escribir como Beto Ortiz, si quieren novelas que toquen otros temas o que tengan otro estilo, lean a otro, pues, ¿no?
4. ¿Has pensado escribir sobre algo que la gente no identifique como parte de tu vida pública o privada (la que expusiste y expusieron)?
No he pensado en escribir nada que no sea lo que estoy escribiendo hoy. Mañana no sé qué haré. Todavía falta para mañana y yo prefiero nunca hacer planes porque los planes siempre fallan. Mañana te espera- como decía Anita, la huerfanita. Te falta un día para llegar.
5. ¿Por qué crees que en toda novela que tiene a un homosexual como personaje central, el quid del asunto, lo trascendental de la trama, consiste en saber cómo éste salió del clóset?
Si para algo he usado yo el closet ha sido para esconder a mis amantes. Jamás para esconderme yo. Pero eso ya lo he contado. Hablando de monotemas...
6. Leyendo los epígrafes que anteceden a los capítulos de tu novela, encuentro uno de Fernando Vallejo, escritor colombiano célebre por su pluma endemoniada. ¿Es el autor de "La Virgen de los sicarios" uno de tus referentes literarios? ¿Quiénes más?
Aunque te parezca extraño, a Fernando Vallejo lo conocí gracias a Alan García que me recomendó entusiastamente que fuera a ver la película “La Virgen de los Sicarios” cuando fui a entrevistarlo a Bogotá en el 2001. A partir de allí, leo cualquier cosa que él escriba. Vallejo, claro, no García. Algunos de los escritores que más me gustan y que, por eso, han de haber influido en mí son: Wilde, Genet, Gide, Yourcenar, Capote, Ribeyro, Bukowski, Alessandro Baricco, Raymond Carver, Ray Loriga, Roberto Arlt, John Cheever y los cubanos Reynaldo Arenas y Pedro Juan Gutiérrez.
7. ¿Qué sentiste cuando escribías el capítulo titulado "Nadie debe morir solo", el cual trata del reportero Bruno? ¿Ha sido una especie de homenaje a ese compañero de profesión que tuviste en la vida real?
Es más difícil escribir sobre la gente a la que le guardas cariño, especialmente cuando se trata de amigos que ya no están, es por eso que el capítulo dedicado al reportero Bruno de Olazábal es el que más trabajo me costó escribir y no sé si a la gente que lo conoció le haya parecido bien o mal. Tampoco me interesa. El capítulo referido a él me sirve como ejemplo para tratar, una vez más, de explicar algo que igual nadie va a entender, (porque nadie quiere), pero qué importa. Uno no escribe para homenajear ni para enlodar. Tampoco para que lo quieran más ni para que lo odien más. Uno escribe para contar una historia. Y para contarla bien. Nada más. No hay más motor que ese. Lo demás podrán ser efectos secundarios, consecuencias, pero no las razones que me empujan a escribir.
8. Si Cabrera Infante escribe en cubano, otros lo hacen en Bahiano (Jorge Amado), surquillano; ¿Beto Ortiz cómo define su lenguaje literario, tan coloquial y jerguero? ¿No temes que su lectura en otro países resulte dificultosa?
Yo escribo en piraña. El siguiente libro se venderá con otro volumen de regalo: un diccionario piraña-español, español-piraña. No sé si se vaya a entender en otros lados o no, pero el lenguaje lo imponen los personajes, no yo. Un delincuente de la calle habla como habla nomás, no se pone a pensar si lo van a entender en Barcelona.
9. ¿Te es indiferente que toda noticia referente a tu novela sea parte de las secciones de espectáculos en los diarios locales?
Mientras hablen de ella, que lo hagan en Amenidades, en Hípica o en Farmacias de Turno me da igual.
10. ¿Eres consciente que el lector de "Maldita ternura" se convierte en cierta forma en una especie de voyerista a quien le cuesta hacer el deslinde entre el Beto Ortiz personaje y el autor?
Me parece perfecto. ¿Qué sería de los exhibicionistas sin los mirones?
11. ¿Qué te han comentado sobre las ventas y la opinión del recibimiento de esta tu primera novela? ¿Te sientes satisfecho?
El libro recién lleva 11 días en el mercado, sé que está vendiendo muy bien pero el primer balance se hace recién al terminar el primer mes. Son aún pocas las personas que ya lo han leído completo, recién se está comenzando a comentar y apenas si se ha publicado una sola crítica. Es muy temprano para hacer evaluaciones pero yo estoy más que contento. Lo estuve mientras lo escribía, ¿cómo no habría de estarlo ahora que sé que me están leyendo?
Etiquetas: Libros y autores
Es martes. Falta poco para la medianoche. Sin ganas de leer ni ver la TV, tengo encendida la luz de la lámpara que alumbra los contornos difusos de quien se sabe poseído por sus desdichas, las que alguien menos complaciente llamaría vilezas. Estoy tentado de fumarme todos los cigarrillos de la cajetilla invicta que tengo guardada en algún cajón mientras cuento ovejitas; vicio, el del tabaco, no el de ovejero contable, que creí haber dejado y que estuvo ligado a otro de triste recordación. Echado en la cama, con mi gato plácida e envidiablemente dormido al pie, mis pensamientos giran en torno a la película que vi en el cine con Luana: El perfume, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Patrick Süskind. Nada es casual, lo admito. Presiento que de nuevo el insomnio se va a apoderar de mí. Creo que debí invitarla a pasar, con el pretexto que fuese, para acabar teniendo sexo y de esta forma posponer mi actual estado de vacío interior.
En realidad, me hubiera bastado con prolongar los besos de despedida, manosearla un poco, jalonearla y trasponer juntos el umbral de la puerta que no quise abrir delante de ella; como es día de semana, el libreto hubiera sido previsible: unas horas después, Luana en mi lecho, posiblemente satisfecha, se desperezaría, entraría en pánico, me preguntaría la hora y sin esperar respuesta, en pie como accionada por un resorte, trajinando desnuda y apetecible, me diría que ya era muy tarde, que lo sentía, pero mañana tenía clases temprano, que otro día pasaríamos la noche. Yo apenas me mostraría servicial para ayudarle a ubicar sus pertenencias en el caos de mi dormitorio, viéndola vestirse, irse por donde vino, tratando de recordar nuestra última conversación con respecto a sus quehaceres diurnos.
Luana, a sus tiernos dieciocho años, mantiene un pertinaz conflicto vocacional. Sólo un milagro pudo haber hecho que pisase la universidad como estudiante de no recuerdo qué facultad (en mis clases de la pre no era de las más aplicadas), estudios que abandonó el segundo semestre para dedicarse al aprendizaje simultáneo de tres idiomas que uno por uno también fue dejando para quedarse con ese lenguaje inmemorial capaz de prescindir de las palabras. ¿Qué afanes la abstraen desde hace un mes? Creo que está estudiando teatro. Aún no me hago la idea de verla algún día como actriz (actriz porno, quién sabe). Es más, algo me dice que ella no se llama así, sino que es su nombre artístico: todos los que están llamados a convertirse en artistas, y no están conformes con el suyo, pueden adoptar el que les plazca, me paporreteó en cierta ocasión, para en el acto proponerme cambiar el mío, por libre elección o el que su ingenuidad me creía merecedor.
Ahora que lo pienso mejor, tal vez la verdadera vocación de Luana se restrinja al ámbito sexual, aptitud de la que no parece estar consciente o lo disimula muy bien. Sin embargo, se define imaginativa en la intimidad (doy fe de ello) y sensual a tiempo completo, rasgo del que aún no le he pedido un mayor esclarecimiento ya que me aterran sus explicaciones chapuceras. Físicamente se halla de rostro normal (la verdad es que no es bonita) y cuerpo llamativo. Tras las ropas ceñidas que siempre usa, se dejan adivinar sus generosas formas que no me canso de palpar, ensalivar, morder apenas se me descubren en todo su esplendor.
No me hago ilusiones. Que haya sido el primero en muchos sentidos, no me da ningún derecho de posesión sobre ella en el futuro. Si mañana mismo decide no volver a verme, jamás le instaría a que lo piense mejor; además, quiero creer que no sólo me bastan para llenar estas horas insomnes de humillación existencial, los orgasmos compartidos ni su silencio comedido que acompaña a mis largas peroratas post coito. Alguien me falta, y esa persona no es Luana en ninguna de sus facetas.
Su obsecuencia no parece tener límites. No creo ser ningún degenerado por haberla inducido a practicar sexo anal, no lo consideramos una aberración; es más, percibo que sus reticencias iniciales han desaparecido para hacer esta práctica parte del menú sexual que nos proveemos. Por lo demás, se podría decir que somos convencionales (nada de tríos ni adminículos invasores, tampoco golpes fuera de control), mas no fanáticos: podemos dar rienda a nuestras fantasías ya sea en mi habitación o en ciertos lugares públicos, nunca en su casa (a la que me niego acudir), para mantener a raya la rutina -y de esto algo sé- que ponga en peligro nueve meses de relación.
¿Qué tipo de relación? La evidente. Todo va bien mientras a ella no se le ocurra llevar más lejos ese jueguito de repetirme varias veces que se está enamorando de mí, que supongo forma parte de sus ejercicios dramáticos y que he correspondido con deficiente histrionismo por considerarlo una de esas frases mata pasiones. Bastante hacemos el uno por el otro tolerando nuestras manías y soslayando nuestras insalvables diferencias. En suma, no tengo nada que ofrecerle, a pesar de que un rápido inventario de mis pertenencias me obligaría a contrastar mi situación presente con la de hace un año, con un notorio e inútil saldo a favor; menos algo que reclamarle llegado el momento. ¿Qué momento? El momento del adiós, posibilidad a la que me he ido acostumbrando desde que empezamos a acostarnos sin mayores compromisos.
(Sigo despierto. No quiero ver el reloj. Sentado frente al monitor de la PC, he tratado en vano de invitar al sueño mediante la escritura de un hecho que no concite mi entusiasmo, sino invoque el tedio, la fatiga, con Luana como protagonista. Sé de hechos reales e inventados capaces de excitar nuestros sentidos creativos, con fines lúdicos o terapéuticos -este parece ser el segundo caso-, y de conciliarnos con esa vocación insumisa que hace de uno un escritor, aunque de cuestionable talento. Alguna vez quise ser escritor. Di por muerto este delirio con todos aquellos proyectos narrativos que creí enterrados conjuntamente con el recuerdo todavía insepulto de Fiama: nombre que al salir del cine me ha invadido y acompañado de camino a casa, se resiste a abandonarme y se ha adosado veladamente al primer párrafo de este relato que llevo escribiendo en mi mente y que ahora se desboca en el teclado y escolto con incontables pitadas.)
2. Continuará...
Etiquetas: Cuentos y relatos
Es más, en uno de sus últimos cuentos inconclusos, R menciona la penosa enfermedad del Alzheimer, y, hasta donde se puede ser sincero con uno mismo, cree que olvidar no puede ser ni bueno ni malo, simplemente se olvida de tan intrínsicamente poco memorioso que se es, o se recuerda de tan poco fiel o convenido que se puede ser ante lo evidente. O por puro masoquista a secas. Así como se habla e injuria de la memoria selectiva, R piensa en lo vivificante del olvido selectivo.
Y es por evitar esos autoflagelamientos (darles una razón más de ser), con óptimos o pírricos resultados, que R siempre cultivó y cultiva, primero de forma inconsciente, luego no tanto, la anticultura del desprendimiento. Suena a magnanimidad desbordada, a San Antonio del segundo milenio, cuando nada más lejos de serlo o parecerlo. R nunca fue coleccionista de algo en especial, menos un cachivachero de nimiedades que exudan esotéricos significantes. Se niega a ser catalogado de coleccionista de libros: él los atesora, no los compra para exhibirlos, menos cree ser un caza incunables o primeras ediciones (los únicos libros de los que tiene más de un ejemplar, 3 de cada uno para ser más precisos, son Cien años de soledad y Tantas veces Pedro). En suma no es un bibliófilo en la acepción más sofisticada del término, un lector eunuquizado. Libro que adquiere, libro que lee en cuanto puede. Libro que le interesa leer, libro que trata de adquirirlo. Eso a grandes rasgos no puede ser propio de coleccionistas, se convence R.
¿Qué hace el cuarentón coleccionista de muñequitos de Star Wars?, se pregunta R: ¿Juega con ellos? ¿Los saca a pasear? ¿Se abstrae en su contemplación? ¿Habla con ellos? ¿Los escucha? ¿Qué hace el coleccionista de chucherías y cachivaches con todas aquellas cosas que se aglutinan en su dormitorio o arruman en algún lugar alejado de su casa? R admite que este tipo de personas a posteriori pueden sacar ventaja, concitar miradas, adquirir un cierto status, incluso hacerse ricos (ver película Virgen a los 40).
De sólo pensar en un par de ocasiones en que si R hubiera actuado ya no como un redomado coleccionista, sino como un nostálgico previsor (previsor de más nostalgias o recreador de ellas), hoy podría quizá no haber hecho plata, pero sí en cambio ganado cierta atención de sus semejantes. Son dos casos puntuales: R era lector impenitente del mítico Chesu, adquiría todos los jueves su semanario de humor irreverente y personajes pipilépticos como el Trolo y su clan. No dudaba a la hora de prestar sus ejemplares a quien se lo solicitara para luego olvidarse de pedir que se los devolvieran. Contaba con el respeto de sus padres a su espacio privado, así que hasta las pornos estaban libres de cualquier redada. Pero ni los llamados “chistes” que leía e intercambiada de chibolo les suscitaban algún tipo de apego. Lástima, pues.
Otro caso, que ya tiene visos de leyenda porque todos la han visto pero no hay evidencia tangible (R sólo pudo ver una breve escena en el youtube ya eliminada) es de sus cintas de vhs con todos los capítulos que grabó de la Serie Rosa (Chesu, pornos, Serie Rosa, este R ya debe estar causando si no alarma en sus dos lectores, tal vez alguna callada compasión). A riesgo de que se derrumbe el mito R -ente prístino, modoso y circunspecto hasta hace no mucho-, R era un consumidor de esa serie erótica. Durante sus años en la secundaria, los lunes tenía que presentarse lo más temprano que pudiese en el colegio (los dos primeros años para lorear y tocar el himno en la banda de música) o en las inmediaciones (los tres últimos para encontrarse con su enamoradita del colegio mixto que quedaba a pocas cuadras y para seguir dándole a la ominosa cadena arrastró); decía que en su última etapa estudiantil R se entregaba al sueño inmediatamente después de ver los goles del programa deportivo previo (si su equipo perdía, se acostaba antes, arrullado por algún libro de hasta entonces difícil lectura), pero no sin antes haber programado el vhs y la tv ubicados en la sala de la casa de sus padres, previos cálculos bastante generosos ya que los horarios nocturnos en aquella época de la televisión nacional no se respetaban, con lo que se deduce que los días siguientes R visionaba no solo el capítulo grabado, con la publicidad de rigor, sino que también las secuencias de fútbol internacional del programa precedente y la bendición que el cura derramaba sobre la pecadora teleaudiencia al cierre de la programación.
R no sólo se desprendió o no reclamó sus ejemplares del Chesu (o dejó que se lo llevara el ropajero u olvidó para que envolvieran pescado con ellos), ni sus videos guardad celosamente el secreto (que un amigo le propuso alquilar para hacerse de un dinero extra), cuyas cintas dejó enmohecerse o regrabó encima de ellas. R nunca fue de guardar recuerdos materiales (tarjetas, peluches, fotos, e-mails enviados y recibidos, etc), más allá del tiempo que legitimaba su atesoramiento, periodo algo arbitrario, sujeto a alguna intuición que evitase lastimar la susceptibilidad ajena (un luto respetuoso) o lo que era peor, la propia, en cuyo caso la celeridad con que llevaba a cabo su tarea de ilusionismo sin retorno (hoy lo ves, mañana ya no) demostraría cuánta carga negativa cobraban esos objetos para él. ¿Tampoco fotos? R tiene en algún lugar los negativos o en su defecto algún inhallable cd con las fotos digitalizadas. La Navidad que se avecina, por ejemplo, es un buen pretexto para aligerarse de cosas que ya perdieron su significado y que adquirirán uno distinto en otras manos.
R recuerda que leyendo “El amor en los tiempos del cólera”, la novela de García Márquez recientemente llevada al cine, encontró en la actitud de Fermina Daza hacia su hasta entonces idealizado Florentino Ariza, la cuestionable justificación de lo que R asumiría como una filosofía de vida o parte de sus convicciones poco convincentes. Fermina desilusionada ante las fachas vueltas a ver de su pretendiente, decide poner fin a tan descabellado romance y le pide a un descorazonado Florentino la devolución de todo cuanto le dio. El mozalbete, reacio a en un primer momento de desprenderse de las cartas que le dedicara Fermina, será convencido por la sabiduría materna. R está persuadido de que quien quiere martirizarse con el recuerdo ajeno, o trazarse la meta de recuperarlo, puede prescindir de lo que la otra parte de su puño y letra trazó, de lo que su gusto personal escogió, de la foto que atestiguó esa fenecible unión.
Lamentablemente R no ha encontrado quien comparta su peculiar filosofía o que siquiera la respete civilizadamente. Moralmente se sabe incapacitado para reclamar por lo que dio, pero sí en el deber de devolver lo que le fue dado o alejarlo de su entorno, volverlo invisible, eliminarlo. R no se ha topado aún con quien le dé la razón a la frase garciamarquezca, palabras más, palabra menos, uno que otro añadido: las cartas, e-mails, son del que las escribe, por eso es lo primero que se devuelve cuando hay una ruptura. Sin embargo es una verdad incuestionable aquella otra: la gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas. ¿Qué viene a ser la ruptura entre dos seres que se amaron sino la muerte simbólica del uno para el otro?
El martes último también fue feriado para R. El único libro que le quedaba por leer era uno que había comprado en la FIL que fue relegando prejuiciosamente y porque misteriosamente otros libros que fue adquiriendo le interesaron más. “Pequeñas infidencias” es el título del librito de marras que R leyó de un tirón ese día. Como es vox populi, su autor, Beto Ortiz, en otro alarde de exhibicionismo tan típico en él, del que lo salva su prosa y estilo particulares que se dejan atisbar en su correo diario, brinda a sus lectores un muestrario e-mailístico de ida y vuelta durante su exilio involuntario que mantuvo con cinco personajes (previa autorización de los involucrados, amparados eso sí bajo un pseudónimo), el primero de los cuales, Lord, es nada menos que Jaime Bayly.
Otra vez el disparadero de la memoria de R se activó apropósito de la lectura de ese libro y no sólo por las menciones elogiosas o rajonas a diversos y dispersos escritores que R lee (Bolaño, Paz Soldán, Bryce, etc.), sino por todas las palabras gastadas, dispuestas con cierto orden y concierto para suscitar la reacción esperada en una remitente que R desplegó en la prehistoria de un amor (y los primeros meses de la historia de amor en sí). R recordó los innumerables e-mails que intercambió con L durante varios meses del año 2000, cuando aún tenía su cuenta del LatinMail o se citaban en el LatinChat.
A R se le hizo una necesidad escribirle a L, y leerla también, una manera de acortar distancias, sentirse próximos. Un día L le contó que guardaba todos los e-mails que R le enviaba, así como las postales electrónicas que R aprendió a buscar en la red y que pensaba podrían gustarle a L (los dibujos, pinturas, afiches y fotos de gatos eran infaltables). L los imprimía y conservaba, llegando a juntar tres archivadores. Cuando llegó el primer hecho inevitable, que R y L se enamoraran, quizá ayudados por sus misivas, L le mostró a R, por un ratito nada más, los tres archivadores que salvaguardaba con celo, para que los hojeara. L se negó a prestarle siquiera uno, ya que temía, y no estaba del todo equivocada, que R no se los devolvería con el cuento ese de la novela de Gabo y la confesión de R con respecto a los regalos recibidos de sus ex. ¿Excentricidades de un aspirante a escritor?, quién sabe. Incluso R se puso más que latoso queriendo hacerle jurar que quemaría todo aquellos correos en el supuesto negado (inmortales descartables) de que algún día su amor fuera a finalizar.
L era una cachivachera confesa. Tenía su diario de adolescente, los regalos de sus ex, coleccionaba diversas revistas de moda, los juguetes de su niñez (sus libros tampoco formaban parte de ninguna colección, convino con R). Un día su mamá se deshizo de una muñeca gigante que L tenía porque le dio miedo al verla en la oscuridad de la habitación. L no tardaría en pedirle a R que la acompañara a la Cachina de las Malvinas para buscar una parecida. Fue angustioso para R haber gastado más de lo necesario en algunos cds originales lo que le impidió pagar el taxi de retorno y en cambio tuvo que vérselas en la combi con L en el asiento delantero, agarrado de la frankesteineana muñeca que por su hierático e inexpresivo semblante, parecía su hija fosilizada, salvo por los ojitos aguamarina que seguramente había sacado a la mamá, que no precisamente era L, porque qué madre no carga a la hija. Qué roche. Pero qué tierno, por no decirlo de otra manera, ver que L guardaba la entrada al cine de la primera película que vieron juntos, o las de los conciertos a los que iban, o los boletos de los viajes que hacían, los pases a museos de sitio, etc. Guijarros que arrastraban los ríos y el mar, conchas marinas sabiamente escogidas, souvenirs, fotos, peluches. R también decía coleccionar su parte, de forma precaria, obviamente, incluso podía ufanarse del dudoso privilegio de guardar el recibo del primer telo que visitaron. Qué roche, diría L.
Alguna vez a R se le amontonaron algunos semanarios de un par de diarios: el suplemento Domingo de La República y la revista Somos y el Dominical de El Comercio. Una parte se las legó a L, antes de la ruptura, la otra parte iba en aumento hasta que un día, con el fin de hacer espacio a su gato Aryel, más conocido como Arello, R se sumergió en sus páginas antes de botarlos. Recortó algunas fotos (como una que luego escanearía de Arguedas con su gata), tomó algunos apuntes para lo que pensaba sería un post evocativo. El ánimo no le daría para tanto. Fue derrotado por la nostalgia. Los vestigios de un pasado compartido que se adhieren al periódico de ayer, le fueron imposibles escribirlos.
R es un convencido de que sólo la ficción puede exorcizar los momentos menos amables y trágicos que forman parte de la experiencia pasada. Responderse cuántos cuentos, crónicas del embozado yo, falsos ejercicios estilísticos, etc. serán necesarios para poner fin a esa tarea, le es difícil precisarlo. Lo más probable es que el día que eso suceda, habrá sido ganado por una ilusión pasajera y posiblemente manco de ojos y ciego de manos ante aquellas obsesiones reestrenadas que en forman cíclica parecen habitarlo.
Alguna vez saltan los libros que L y alguien más le regaló, y con ellos la primera página dedicada, un nombre, una fecha y otra vez a recordar porque R se niega a mancillar ese libro, a arrancarle una hoja, y no sabe, o no quiere saber, que con ello está preservando del olvido una parte de su pasado inscrito en los objetos que más atesora, y que hay cosas imposibles de arrancárselas de la memoria.
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