El pasado domingo me fue imposible concentrarme en la lectura sostenida de cualquier libro. Hace más de dos semanas que no concluyen las obras públicas que han convertido la calle en donde está ubicada mi residencia (que nadita tiene de zona residencial) en una suerte de campo de entrenamiento de maniobras militares (trinchera incluida). Sin exagerar, ese día el estruendo llegó a un punto desquiciante. La tortura acústica me tomó desprevenido. Empezó antes del mediodía, cuando yo ya había encargado el almuerzo y me había apoltronado en mi hogar y revisado por enésima vez los horarios televisivos de los partidos de fútbol local e internacional. Si a aquello le sumamos mi congénita flojera, toda huida era impensable. En vista de que carezco de lunas insonorizadas, y tengo el sentido del oído demasiado afinado, descarté combatir ruido con ruido. Sólo me quedaba elevar mis humildes plegarias para que los esforzados operarios terminasen su jornada dominical cuanto antes, y de paso dieran fin al martirio auditivo infligido a mi humilde persona, que parecía prolongarse más allá de lo indecible. Mientras tanto, me dediqué a ordenar lo desordenado, y a reordenar lo ordenado, lo cual viene aparejado de algún redescubrimiento que suele terminar como el punto de partida de algún post. ¿Cuál fue ese punto de partida? Pues la aparición de un e-book: Misery (1987), de Stephen King (doy por hecho, amable lector, que sabes de qué va la novela o has visto la película, así que estás advertido) y el posterior reencuentro mental con una casta de lectores obsesos que la literatura ha descrito como para preservar a sus autores de cuanto loco ande suelto por el ancho mundo o, en el peor de los casos, para abastecer a esta gentita de ideas desalmadas. Pero antes, me reflejaré en un empañado espejo.

En esa generalmente invisible e impersonal relación autor-lector que se da y cobra sentido gracias al libro que tenemos en la mano, hay momentos (cinco segundos de fama al lado de un famoso) de interactividad que se dan concertadamente, como son las firmas y las presentaciones de libros (los programados baños de multitud y giras internacionales que figuran en el contrato inhumano que todo escritor está obligado a firmar con su casa editorial); los talleres, las charlas, conferencias y mesas redondas (gratuitos congreso de endiablados egos o simples medios de subsistencia); y los momentos que el azar fabrica (encuentros inesperados) y que ciertos lectores maquinan (las rondas de la casa o el centro de trabajo de nuestro autor favorito cual fan enamorado).  Una vez producido el encuentro, en cualquiera de sus formas, ambas partes pueden sumirse en el desconcierto (la timidez no sabe de oficios) y hundirse en el mutismo. O sentirse apabullados por la personalidad del otro. O íntimamente desilusionados: aquella imagen apolínea o de silfíde que la TV nos mostró (ojo que no sólo me refiero al aspecto físico), la cautivante voz que la radio emitió, y que nuestra imaginación diseñó luego de leer sus obras completas no se condicen con ese tipo malgeniado o esa señora de ceño adusto que tenemos delante; ni la fan se asemeja a las manipuladas fotos y auto descripciones que recibió el cándido escritor.

Después de leer las anécdotas de la librera Andrea (ver post anterior), más de uno habrá elaborado una lista mental con aquellos títulos prescindibles que los hicieron sentir estafados y por los que hubieran querido pedir la devolución de su dinero, como estoy seguro ha sido tu caso, cordialísimo lector. Pero creo que a nadie (quiero convencerme de ello) se le pasó por la mente hacerse justicia encarando a su autor o autores para digamos “ajustarle cuentas”… ¿Qué? ¿No es así? A veces provoca, ¿no? Mas no me dejarás mentir que también uno después de leer ciertos libros siente un profundo agradecimiento por quien los escribió y sólo puede hallarse en paz consigo mismo, no ya devorando todo lo que ha publicado o han publicado sobre él (ensayos, notas periodísticas) sino dándole las gracias personalmente y buscar contactarse con tan maravillosa persona (vía carta, e-mail, teléfono o encontronazo); con ese dechado de virtudes, de pluma y magín excelsos, que es nuestro escritor predilecto. ¿Pero cómo enfrentar la página en blanco, su voz en el otro lado del teléfono, su avasallante presencia sin caer en la sobonería o la obnubilación? Desconozco mayormente.

En diversas oportunidades asistí a presentaciones de libros, ya sea llevado por la curiosidad, por un deber moral o por obligación, pero pocas veces salí con la firma de su autor en mi ejemplar. Generalmente acudía a estas celebraciones librescas, que ya dejé de frecuentarlas, con el libro de cuentos o la novela ya leídos, así que al final de toda esa cháchara que editores, animadores y el autor suele prodigar a la platea, si el libro me había gustado yo también me sumaba a la fila de hueleguisos. Lamentablemente, cuando las lecturas y presentaciones se me aglomeraban (como las que se programan en la FIL), he terminado por arrepentirme de haber recabado ciertas firmas, ya que no podía leerlo todo a la vez en tan poco tiempo y he sido arrastrado por la novedad de tener cerca algunas presencias inusuales. De otro lado, me he visto contado los minutos para que mis autores favoritos den por concluido su discurso para ser uno de los primeros en inmortalizar, de su puño y letra, algunas palabras en mi ejemplar. Confieso, también, que he procurado (por todos los medios lícitos habidos y por haber, que van desde la persuasión hasta el ojo aguado) formar parte de la troupe de despistados entrevistadores (yo diría más bien que conversadores) que aunaron esfuerzos y concentraron voluntades para reunir las impresiones de un puñado de reconocidos autores nacionales para una página web culturosa, con el fin de que al término de tan cordial charla me firmasen uno de sus libros. 

A estas alturas te estarás preguntando, inapreciable lector, en qué momento voy a referirme a la novela de Stephen King y a autoinculparme por un delito parecido al perpetrado por su protagonista: el secuestro de alguna escritora, que no escritor, o la desaparición forzosa de alguna lumbrera o joven promesa de las letras peruanas de cuarenta y pico años de edad y sexo masculino (vamos, en ocasiones me sale el lado machista), o a qué hora daré inicio a mi estudio innovador sobre el síndrome de Estocolmo. Que si no, debes estar rastreando en dónde se ubica mi casa por las obras que Sedapal está llevando a cabo en la capital, por si en la zanja adyacente aparece algún cadáver. Descuida, gentil lector. O discúlpame por no satisfacer tu morbo. No soy de ese tipo de lectores, ni creo que tú tampoco.

No somos como Annie Wilkes que secuestró, torturó y obligó a resucitar a su personaje favorito, Misery Chastain, porque su autor, Paul Sheldon, osó ponerle fin tras cuatro exitosos libros que le dotaron de reconocimiento, fama y dinero, pero que lo hacían sentirse prostituido. Annie (una genial Kathy Bates le dio vida en la pantalla) es una lectora poco común, una feroz crítica a la vez que admiradora de Paul. Él le debe la vida (ella lo ha rescatado de un accidente automovilístico), aunque en las condiciones en que fue retenido contra su voluntad, más le valdría haberse muerto si no hubiera escapado para contarlo, aunque lisiado. En cautivero, Paul escribirá forzado por las aciagas circunstancias El retorno de Misery e intentará escaparse en más de una oportunidad de esa casa del terror. La astucia de Annie representa un escollo aparentemente insalvable mientras nos enteramos, junto con el desdichado escritor, del pasado criminal de la ex enfermera.

Hay relaciones entre autores y lectores un poco menos enfermizas, pero igualmente peligrosas, como la que llevó al desconcertante Quentin Clark (personaje de La sombra de Poe, de Matthew Pearl) a coquetear con el desprestigio social, ver tambalearse sus convicciones y amenazadas sus posesiones, y estar a punto de perder al amor de su vida (que la cordura parecía haberla perdido hacía tiempo), por la desmedida admiración que le profesaba a su escritor favorito, Edgard A. Poe, quien, para él, murió en condiciones extrañas y la opinión pública, injustamente, intentó sumir su recuerdo en el descrédito. Quentin, y los terceros que voluntaria e involuntariamente congrega, se encargarán de hacer justicia al fallecido autor de El gato negro, entre otros relatos y poemas estupendos.

Pero bueno, basta ya de estas relaciones retorcidas entre lectores y escritores, que las hay más edificantes, o simplemente nunca se dan porque para muchos lectores el libro, la obra en sí, siempre estará por encima de su creador. Quizá tú también, cordial lector, tienes alguna experiencia qué contar. ¿Cómo te fue el día que tuviste enfrente a tu escritor favorito? ¿Qué le dirías llegado el caso? ¿Alguna vez te fue respondida una carta o e-mail? (por ejemplo, en mi mente he ido forjando innumerables cartas dirigidas a Gabo solicitándole que no vuelva a publicar nada parecido a su última novela, y dándole las gracias eternas por todo lo brindando a la literatura universal, lo cual pareciera haber encontrado eco en la sequía literaria del colombiano, ¡glup!) ¿Posees misivas sin ser enviadas? ¿Has tenido como tu jefe al objeto de tu admiración? Con confianza, cuéntamelo, que yo y nadie más te leerá. ¿Acaso tengo que repetirte que seré una tumba?

***

Pero tendría que pasar mucho tiempo antes de que pudiera romper la seca espuma de saliva que había sellado sus labios.
Cuando lo consiguió al fin, murmuró:
-¿Dónde estoy?
La mujer se hallaba sentada en su cama con un libro en las manos. El nombre del autor era Paul Sheldon. Lo reconoció sin sorpresa, era su nombre.
-Sidewinder, Colorado -contestó ella-. Me llamo Annie Wilkes y soy...
-Ya lo sé -la interrumpió-. Usted es mi fan número uno.
-Si -le contestó sonriendo-, eso es exactamente.

*

Sí. Ella podía estar loca; pero ¿acaso la evaluación que hacía de su obra difería de la de cientos de miles de personas en todo el país, el noventa por ciento de los cuales eran mujeres, que estaban impacientes por que saliese cada nuevo episodio de quinientas páginas sobre la turbulenta vida de una inclusera que había llegado a casarse con un par del reino? No, en absoluto. Ellos querían Misery, Misery, Misery. Cada vez que se había concedido uno o dos años para escribir otras novelas, lo que él consideraba su obra seria; al principio con certeza, luego con esperanza y finalmente con negra desesperación, había recibido un alud de protestas de esas mujeres. Muchas de ellas se afirmaban "su admiradora número uno". El tono de esas cartas iba de la perplejidad, que era de algún modo lo que más dolía, al reproche, a la abierta indignación. Pero el mensaje se repetía, siempre el mismo: No era eso lo que yo esperaba, no era eso lo que yo quería. Por favor, vuelva a Misery, quiero saber lo que está haciendo Misery. Podía escribir un moderno Bajo el volcán, Tess de los D'Urbervilles, El sonido y la furia... No importaba. Ellas seguirían queriendo Misery, Misery, Misery…

Stephen King, Misery (1987)

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CARTA

ESTIMADO LECTOR,
Lo afectuoso de su carta, la calidez de su letra escrita en el papel bulky color melón, me dieron ganas de de devolverle de inmediato una carta similar. Pero en el estado de ánimo en que me encuentro, no hay duda de que el e-mail es el mejor medio para contestarle. Debo decirle que no pienso hablar de mi libro frente a usted. Quizá le sea difícil comprenderlo, pero ese es un libro que a mí no me interesa, como no me interesa ninguno que yo haya escrito  y publicado. Sin embargo, reconozco que es muy acertado lo que dice acerca del ninguneo, la mezquindad, la maldad de los críticos envidiosos que me tratan con frases de perdonavidas o buscando mil retruécanos para no decir lo que realmente piensan. Los escritores estamos sometidos a esas infamias, a esa callanesca lacra que son los críticos literarios. Todos ellos, encerrados en sus apestosos cubiles de fiera que son las redacciones de los diarios, mal pagados articulistas al menudeo de palabras, han hecho del deporte de las máquinas de escribir y de comentar libros un arte de modistillas. Coja usted un alto palo de madera, úntele sebo en generosas proporciones y haga trepar por él a cualquier escritor que tenga auténtico talento. Disfrute verlo resbalarse en vano tratando de subir. Ya es usted un crítico más de la fauna. Uno ofrece su corazón, se corta las venas escribiendo, ¿para qué?, ¿para quién? Nadie oye… A propósito, agradezco mucho la confianza y me encantaría leer sus cuentos inéditos, que por la belleza de su carta me imagino espléndidos, pero lamentablemente estoy lleno de trabajo en estos días. Y no hablo, pobre de mí, de trabajo literario (aunque tengo una novela inédita) sino de trabajo para sobrevivir. Porque en este país, la literatura no vale un cuerno para nadie, y uno tiene que desgañitarse dictando clases y escribiendo artículos literarios para poder llevarse un pan a la boca, cuando debería uno estar alimentándose exclusivamente de faisán.
Bueno, un saludo,
El autor.

Iván Thays, La disciplina de la vanidad, Fondo Editorial de la PUCP, 2000, Pág. 20

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Nunca, antes de ese día, me había puesto a observar un edificio fantasma del que no se desprendía ni un solo ruido por el que, pronto, desde uno de sus salientes cajones –decía el Chato– asomaría Vargas Llosa con su pulcro pijama londinense, fastidiado por un insomnio imposible y, claro, al vernos con el semblante hacia el cielo, como si esperásemos la llegada de Dios, se preguntaría si acaso esos curiosos muchachos estaban ahí  para verlo, para conversar con él y mitigar su insomnio con una de esas preguntas inesperadas que un escritor en ciernes quiere hacerle a aquel en el que sueña –u odiaría– verse convertido.

No apareció. Vargas Llosa no estaba en Lima y el chato lo sabía porque, cuando este acontecimiento se daba, sus jefes salían despedidos como balas perdidas  dejando todo el trabajo de las ediciones sabatinas a su corte de periodistas nocturnos. No estaba, no había nadie en esa casa además de los libros de su famosa biblioteca; pero el Chato seguía hablando de Él con un tono esperanzado, como si en cualquier momento pudiese llegar a prenderse una luz desde el fondo de esa suntuosa nada, una luz que borrase la inmensa sombra en la que aquel inmueble tenebroso nos sumía.

“Así es siempre” –dijo el Chato de pronto– “vengo a menudo, Ganivet, y si no he bebido, me siento a esperarlo cinco o diez minutos, aun cuando sé que está recibiendo premios en Londres o en Madrid o en Nueva York, yo aquí lo espero y lo espero pero lo único que veo es esta imponente edificación que me ensombrece por completo. Lo curioso es que espero sin saber qué voy a decirle si un día soma y, a veces, he llegado a la conclusión de que, si alguna vez veo a Vargas Llosa sin uno de sus atractivos y perfumados guardaespaldas europeos, voy a agarrarlo a golpes.”

Diego Trelles Paz, El círculo de los escritores asesinos, Candaya, 2005, pp. 97-98

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Me impresionó tanto esa combinación de fenómenos –los periódicos, el extraño entusiasta de Poe, la inquietud que parecía aquejar a la ciudad–, que al principio no presté mucha atención a una mujer mofletuda y de cabello plateado, sentada en el banco no muy lejos del ateneo. Estaba leyendo ¡un libro de poemas de Edgard A. Poe! En este punto podría decir que yo disponía de una ventaja única de observación. Habiendo adquirido todos los volúmenes publicados de los escritos de Poe, era capaz de reconocer las ediciones a gran distancia por pequeños detalles de su aspecto, tamaño y grabados, únicos y propios de cada uno. Supongo que mi orgullo no podía ser mucho porque no abundaban las colecciones. A Poe no le gustaban las pocas que había. “Los editores timan –se lamentaba en una de las cartas que me dirigió–, Estar controlado es estar arruinado. Estoy decidido a ser mi propio editor.” Pero eso no llegó a suceder. Su situación financiera era un desastre, y la prensa periódica seguía retribuyéndole miserablemente por sus escritos.

Permanecí de pie vigilando el banco de la mujer y la observé enderezar el dedo para pasar las páginas con las puntas dobladas y manchadas. Ella no advirtió mi presencia, tan ensimismada estaba en las páginas finales del cuento, las del sublime hundimiento de “La casa Usher”. Antes de que me diera cuenta, había cerrado el libro, con aire de honda satisfacción, y se escabulló como si huyera de las ruinas del desmoronamiento de los Usher.

Matthew Pearl, La sombra de Poe, Seix Barral, 2006, p. 150

10

A primera hora de la mañana, un hombre con dos bolsas llenas de libros llegó a la librería de Andrea. Andrea lo saludó y él respondió el saludo muy educadamente. Ella le preguntó entonces en qué podía ayudarlo y él dijo:
–Estos son libros que me robé de esta librería. Ya los leí, así que vengo a devolverlos.
Pensando que había entendido mal, Andrea le preguntó:
–¿Usted me está diciendo que estos son libros robados y viene a devolverlos? ¿Por qué viene a devolverlos después de tanto tiempo?
–Porque ya los leí –dijo él– Ya no los necesito.
Andrea no sabía qué decirle, no sabía si aquel hombre estaba tomándole el pelo.
–No se preocupe, que están bastante bien conservados –dijo él, muy amablemente, entregándole las bolsas.
Andrea echó una mirada a los libros y calculó que había quince o veinte novelas en cada bolsa.
–Los necesité para no suicidarme cuando me dejó mi novia –dijo él–. Pero ya me enamoré de nuevo. Ya no los necesito.
Luego le dio la mano y se marchó.

Jaime Bayly, Y de repente, un ángel, Planeta, 2005, pp. 46-47

53

Un hombre viejo, de barba y anteojos, llegó a la librería de Andrea, se dirigió resueltamente a la caja, sacó un libro y dijo:
–Quiero que me devuelvan mi plata.
Sorprendida, Andrea le preguntó:
–¿Qué plata tenemos que devolverle, señor?
–La plata que gasté en comprar este libro malísimo en esta librería –dijo él, muy serio, sin levantar la voz.
–Aquí no se pueden devolver los libros, señor –le dijo Andrea–. No es política de la librería devolverle el dinero al cliente si el libro no le gusta.
–No me importa si es política o no es política de la librería –dijo él–. Yo compré este libro por culpa de ustedes y ahora quiero que me devuelvan mi plata.
–¿Por qué por culpa nuestra? –preguntó Andrea.
–Porque yo le pregunté a una de sus vendedoras si esta novela era buena y ella me dijo que sí, que me la recomendaba mucho, que era excelente.
Andrea no dijo nada. El tipo de barba continuó:
–Y la novela es una mierda, oiga usted.
–Cuánto lo lamento –dijo Andrea–. Pero no podemos devolverle el dinero.
–O me devuelve mi plata o les meto un juicio por daños y perjuicios, señorita –dijo él.
–Bueno, está bien, vamos a hacer una excepción, tratándose de usted –dijo Andrea–. La verdad es que a mí también me parece malísima esta novela, así que vamos a devolverle su plata, pero sólo por esta vez.

Ibid., pp. 178-179

***

Anoche me encontré con Na en el Messenger y, como casi siempre, hablamos de libros y escritores. Ambos somos cortazarianos (ella hasta cuando piensa y escribe, yo en sueños), estamos descubriendo al colombiano Andrés Caicedo (ya asumí mi culpa por presentárselo) y nos rendimos ante la poesía de Luchito Hernández (1941 - 1977) Al final quedamos en que le iba a presentar a mis caseritos de Quilca, ya que cuando ella fue a comprar Vox Horrísona, el poemario reimpreso del vate peruano, una de mis caseritas no le rebajó ni un céntimo y, por si fuera poco, dijo desconocerme... Para la próxima tendré que repartir mi tarjeta con mi nombre. ¿Cuál de todas? Buena pregunta.

Anoche, también, luego de una búsqueda tenaz por mis libreros, recovecos y escondrijos, al fin pude reunir algunos libros, editados el presente milenio, que ganaron algún concurso internacional o quedaron finalistas, los que leí en su momento. En torno a su naturaleza divagaré en algún post; quizá me resulte una defensa, quizá no; a lo mejor únicamente consigne los motivos por los que me atraen este tipo de libros “galardonados”. Además, sigue pendiente el post que se centrará en las novelas ganadoras del Premio Alfaguara.

El punto es que durante esa titánica búsqueda, apareció una novela de Jaime Bayly (Lima, 1965) que quedó finalista del Premio Planeta 2005. Sucede que cuando los libros de escritores peruanos son premiados o reconocidos en el extranjero, estos no tardan mucho en ser publicados aquí, como fue el caso de Y de repente, un ángel, el libro de Bayly (quien el día de ayer estuvo firmando su más reciente novela, El cojo y el loco, en una conocida librería capitalina), así que yo no me hago de rogar hasta hacerme con un ejemplar.

Para mí, el nombre de Jaime Bayly siempre estará asociado al de otro escritor peruano, Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931), no por sus semejanzas, que parecen no tenerlas, sino por sus marcadas diferencias en cuanto a estilo narrativo, exposición mediática y postura ideológica. Al menos en dos oportunidades le escuché a Reynoso referirse a los libros de Bayly como “literatura basura”, y en más de una entrevista calificarlo de payaso: “un tipo simpático que hace payasadas”. A Bayly simplemente esto le resbala. 

Particularmente he disfrutado, y lo seguiré haciendo, de ambos escritores. Una buena noticia es la reedición en Argentina de la célebre -espero que ya no sólo a nivel local- novela de Reynoso, En octubre no hay milagros (1965), país hasta donde viajó para su presentación. Enhorabuena por él (aunque no comparta para nada su forma de pensar) y por quienes lo leerán por primera vez e irán descubriéndolo.

De regreso a lo de anoche, a Y de repente, un ángel, con el libro en la mano me dediqué a repasar sus hojas deteniendo la mirada en alguno de sus setenta y ocho capítulos breves, a la espera de que aparezca mi hojita de apuntes. La verdad, no esperaba encontrar en mis anotaciones algún dato revelador acerca de su trama y personajes, menos una cita citable. En realidad nunca existió tal papelito, no porque se me extraviara sino porque no me hizo falta, tal cual me lo esclarecería la última página del libro en donde, ¡horror de los horrores!, con un lápiz a mina escribí los números de cuatro mini capítulos, correspondientes a igual número de anécdotas que le suceden a Andrea, la dueña de una librería y pareja de Julián Beltrán, el narrador protagonista de la novela.

Como ya han podido percatarse, dos de esas anécdotas librescas las he transcrito al comienzo de este post, sin duda un buen complemento a aquellos adjuntos rescatados por Lammermoor que en su momento comentamos. Me refiero a Todos los caminos llevan a Roma I y II. Queda en ustedes identificarse o no con sus protagonistas. Vale reírse.

Una vez que descifré la letra de Lammermoor, je, leí su nota (no por nada el diseño de Fenixcidio ostenta arcanos significados en esos insoslayables jeroglíficos, con los que me he ido familiarizando), y guardé la faja y los dos separadores que me tocaron en suerte, una deliciosa disyuntiva me habitó. ¿Cuál de los dos libros debía leer primero? Sabía más o menos de qué se trataba la novela de Delibes. Es más, tuve el privilegio de elegirla. Estaba convencido de su naturaleza autobiográfica. Con todo, me negué a leer lo que decían sus contratapas, quería sorprenderme. De La ofensa recordaba aquella mención de un pasaje similar a El lector (la novela de Bernhard Schlink). Nada más. Descartada la lectura alternada, leí primero al escritor por conocer y luego al prolífico escritor vallisolitano. Al final de ambas lecturas terminé doblemente sorprendido.



El párrafo inicial de Señora de rojo sobre fondo gris (Debate, 2009) es contundente y prefigura el tono en el que están narrados los recuerdos de la amada fallecida; dolor ante la prematura pérdida de Alicia: madre, abuela, compañera, amiga, musa; imposibilidad de abstraerse ante lo irreparable; necesidad de evocarla.
Esta magistral novela breve está narrada en primera persona. El narrador es un pintor a quien se le ha ido la inspiración y se dirige a una de sus hijas, Ana, para contarle los hechos que sucedieron a partir del momento en que ella y Leo fueron detenidos por líos políticos y cómo, liderada por Alicia (su esposa y madre de seis hijos más aparte de Ana), la familia afrontó esa infausta situación que, por si fuera poco, coincide con la merma de la salud de la infatigable Alicia, cuyo diagnóstico final fue un tumor cerebral operable que acabaría quitándole la vida, cuando tan sólo tenía cuarenta y ocho años de edad y todos los pronósticos postoperatorios eran favorables.

Encontré en la solapa posterior de mi ejemplar que Señora de rojo sobre fondo gris es un óleo de Eduardo García Benito que retrata a Ángeles de Castro, esposa de Delibes, hacia 1970, e ilustra la cubierta de mi libro, que dicho sea de paso me gusta bastante. Leí en la novela que el retrato de Alicia, titulado como el libro y el óleo fue obra del viudo García Elvira (excéntrico personaje de la novela), un octogenario pintor por cuyo trabajo el narrador no ocultaría su envidia artística, ya que no fue capaz de retratar a su esposa en vida y a quien -a Alicia- incluso llegó a achacarle injustamente su sequía creativa.

El estilo de Delibes roza la perfección; las palabras parecen haber sido escogidas cuidadosamente. La prosa es limpia, trabajada. No hay mayores estridencias ni un regodeo en el dolor. Tranquilamente podemos hacernos una imagen vívida de esa mujer que fue Alicia, quien podría haber sido la esposa del escritor; disfrutamos de esas anécdotas cotidianas, admiramos su fortaleza. No podemos evitar enamorarnos de ella, percibir sus flaquezas, sufrir su ausencia. Imaginárnosla eternamente bella, porque así partió, a una edad en la que nadie debería morirse, sólo excusable en quienes quieren mantenerse jóvenes por la eternidad, libres del deterioro físico que el paso de los años o las secuelas de una determinada enfermedad acarrean. Así también será para mí es esta novela: lozana e inmortal.

Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector siempre quedaba insatisfecha. Y, al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió. Fue ella la que me aproximó a los libros, a ciertos libros y a ciertos autores. En realidad, me abrió las puertas de ese mundo.

La ofensa (Seix Barral, 2007) relata la vida del sastre Kurt Crüwell a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial, un suceso que cambiará el destino millones de personas de uno y otro bando. Kurt es alemán y por consiguiente tiene que hacerse presente al llamamiento a filas. Como están las cosas, incluso podría considerarse afortunado: no correrá la misma suerte que su amada de origen judío, pero de esto, ni de lo que vivirá y revivirá tiempo después, tendrá cómo saberlo.

En cambio, pronto sabrá de primera mano acerca de los espantos de la guerra por un hecho concreto: le toca ser testigo de una carnicería humana (acaecida en la localidad francesa de Mieux) cuya visión lo afectará gravemente (cae víctima de una enfermedad extraña) ya que no existe entrenamiento en el horror capaz de borrar esas imágenes con las que, quiera o no, convivirá el resto de su existencia (hasta ese momento era alguien que sobrellevaba la guerra como si fuera un espectador muy interesado).

Son menos de 150 páginas, divididas en tres partes de capítulos breves, las que el autor de La ofensa emplea para enganchar al lector y no dejar que suelte el libro gracias al interés que cobra la figura de Kurt (es sastre, soldado, paciente, vigilante de un cementerio) a lo largo del libro y a través de diversos escenarios (la Bretaña francesa, el hospital Notre Dame Rocamadour, Londres) en distintas etapas de la guerra (lo que se nos va informando escuetamente hasta su consabido final). No menos interés concitan dos personajes secundarios que se relacionan con él, no sólo porque contribuirán con su aparente recuperación sino porque le proveerán otra identidad y una razón incontestable para seguir viviendo (el balsámico amor, una segunda oportunidad), si vida se puede llamar a su estado humano posterior a la masacre atestiguada.

La prosa de Menéndez Salmón es elegante, los adjetivos bien bruñidos, las frases elaboradas no representaban ningún lastre en su lectura. No es un dato menor que este escritor sea licenciado en Filosofía. Pese a las constantes reflexiones y a los datos que va soltando el narrador omnisciente, la narración es fluida. El final es completamente inesperado, su verosimilitud es incuestionable, más aún si se trata de una novela que invita a cuestionarnos sobre el destino humano, la identidad, la culpa y especialmente sobre la memoria; y es que cuando se menciona a la memoria, también nos estamos refiriendo al olvido. Duele olvidar; pero quizá duela más recordar. Una novela con todos estos ingredientes, y que no se queda en el plano del mero entretenimiento, merece ser leída, recomendada y recordada.

La memoria no es un instrumento del hombre, un siervo amable, un eficiente valet; más bien parece que el hombre fuera un lacayo de su memoria. Porque el hombre languidece, se distrae, se corrompe, pero su memoria permanece firme, a pie de obra, insobornable; de manera que mientras el hombre tropieza, o se enfría, o pierde sus dientes, o levanta murallas o se disfraza, o devora a sus semejantes, ella permanece alerta, chupándolo todo, guardándolo todo, clasificándolo todo: cavando, cavando, cavando.

Lammermoor:


Recuerdo que en octubre del año pasado reuní una buena cantidad de libros de Philip Roth, en formato económico, con la intención de devorarlos. Lamentablemente no tenía a nadie cercano que hubiera leído más de tres libros del norteamericano (yo había disfrutado de cinco y quería seguir ahondando en su obra), así que me encontraba bastante desnortado respecto de por dónde retomar al estadounidense. Con todas las previsiones del caso (no fuera a toparme con reseñas aguafiesteras, ubérrimas en spoilers) me dediqué a buscar información en la red sobre aquellos títulos que se lucían ante mis ojos y clamaban ser leídos. Lo primero que encontré fue un blog que, desde su nombre, prácticamente estaba dedicado a Roth, pero que yo juzgaba de lectura imprescindible, como complemento a mis opiniones forjadas después de leer los libros que en ese espacio eran materia de esclarecedoras reseñas e interesantes discusiones.

Fue así como, buscando y buscando, me topé –una vez más, pero de manera determinante– con una infinidad de bloggers que comentaban sus lecturas y experiencias librescas de una manera natural, sin academicismos ni alardes de sapiencia. Tengo que admitir que hasta ese momento yo también había hecho casi lo mismo, aunque de manera inconstante. Tenía posts dedicados a mis lecturas (y de otro tipo también), pero no tenía ninguna intención de compartirlos o darlos a conocer, que no fuese a unos contados amigos. Y cuando pasaba por esos blogs (que luego se convertirían en afines a Fenixcidio) nunca dejaba testimonio de mi paso en los comentarios. Sucedió que no sólo encontraría un post conciso sobre una de las novelas de Roth pendientes por leer (una que había comprado guiado por mi mera intuición), sino que también dejé constancia de mi visita para recibir a los pocos días un comentario desde un lugar que no era el Perú; y luego otro, y otro más…

Este año, responder y agradecer a los comentarios que me dejaban, y descubrir en mayo tu blog, Lammermoor, sucedió casi simultáneamente. Con lo primero dejaba de ser un autista en mi propio espacio, y un pésimo anfitrión. Gracias a De libro en libro conocí a más personas que compartían mi amor por los libros y la lectura. Era de esperar, pues, que se formara una hermosa comunidad; distante geográficamente pero estrechamente relacionada por sus gustos comunes y, por qué no, por sus diferencias, pero en contacto gracias a un idioma común.

Lo que sí nunca hubiera podido imaginar, ni soñar, era que cuatro meses después de este feliz hallazgo, en mis manos (en mis manos de lector del otro lado del océano) tuviera un par de libros de dos de tus escritores favoritos. Ahora entiendo por qué el contagiante cariño y la merecida admiración que les profesas, tanto al consagrado Miguel Delibes (que, como te comenté, puedo encontrar otros títulos por acá, aunque no sean los más representativos y de quien sólo he leído su novela histórica El hereje) y a la pluma adictiva de Ricardo Menéndez Salmón, quien ya no será un desconocido para mí. Nunca me cansaré de darte las gracias. Ahora, en posts independientes, pasaré a comentar aquellas imperdibles novelas.

R.

Una de las ventajas de aquellos libros que recopilan ensayos, discursos, artículos periodísticos, reseñas, cartas, entrevistas, cuentos inéditos, entre otros textos de lo más heterogéneos de nuestros escritores favoritos, es que además de tener todo ese material disperso reunido en el manejable formato libresco, uno puede echarse a leer el libro de marras por donde se le plazca: siguiendo un orden azaroso o guiado por el mayor interés que despierten ciertos títulos del índice (detalle que comparte con no pocos libros de cuentos). Cuando tuve en mis manos Otros colores (Mondadori, 2008), de Orhan Pamuk, lo primero que hice fue ubicar el artículo que Maribel me había mencionado para leerlo de inmediato y saciar mi curiosidad instalada hacía tiempo (se encuentra en la sección “Libros y lectura”).

Se trata del texto número 28 del libro, el que lleva como título Cómo me libré de algunos de mis libros, en donde el turco nos cuenta cómo se deshizo de sus primeros 250 libros y expone varios métodos de limpieza: de acuerdo a una selección que condena al destierro a aquellos volúmenes por los que se siente vergüenza haberles dado una importancia inmerecida en el pasado, los que no son presumibles y permanecen escondidos en nuestras estanterías, y cualquier pretexto satisfactorio que aligere lo que para él considera una enojosa carga física.

Siempre a escala reducida (los 12 mil volúmenes de Pamuk me eximen de hacer mayores precisiones), como a mí todavía no me resultan fastidiosos ninguno de mis libros, los conservo en su totalidad (incluyendo los que no pude terminar de leer y exceptuando los prestados y no retornados, ergo robados). Ni siquiera me he deshecho de los maltratados y renovados (tengo una lista que debe pasar por manos restauradoras); aunque eso sí, debo admitir que unos cuantos están sospechosamente inubicables, sin embargo no me avergüenza mi pasado lector (para evitar sonrojos futuros, simplemente hay que ser más cuidadoso a la hora de efectuar nuestras compras libreras o mejorar los escondites). Pero si alguien tiene la intención de aligerar su biblioteca, quizá encuentre en las siguientes líneas del turco el estímulo necesario para efectuar sus propias desapariciones forzosas sumarias:

“Pero leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamorados de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros.”

***

Hace un par de semanas recalé en aNobii y me registré. Los días que siguieron, el tiempo libre que le dedico a Internet me lo pasé ingresando de manera aleatoria algunos títulos que dispongo para ver sus portadas en mi estantería virtual (por cuestiones de espacio, sólo los lomos se nos permiten ver en nuestros anaqueles, de ahí que me permito fotografiar sus carátulas con el fin de tentar vuestra curiosidad). Lamentablemente, por más que digitaba el ISBN correcto, aNobii me mostraba otras cubiertas, aunque en una minoría de casos, pero me generaba cierta inaudita incomodidad; aparte, no había registro de los libros que tengo en una conocida editorial local (de todas maneras creé las fichas de unos cuantos). Además de descubrir gustos similares con otros usuarios, compartir impresiones, recomendaciones, ojear sus estanterías y apuntarme títulos, otra vez saltó a mi mente el post que escribí el año pasado: La portada que te tocó en suerte, el cual saqué a colación en los comentarios de mi post anterior, con motivo de la imagen que figura en la carátula de 2666, de Roberto Bolaño, y que ostenta como avatar el amigo JMG.

Releyendo ese post reconocí al quejoso y fetichista que soy, no obstante concluí diciendo que uno termina por acostumbrarse a las portadas que nos tocaron en suerte. Pero como los ojos se hicieron para ver, cuando acudo a una librería o a cualquier punto de venta de libros, no sólo dejo pasear la mirada por las mesas de novedades, también visito los anaqueles donde se ubican libros que la moda relegó y no me contento con leer en sus lomos el título y el nombre del autor, sino que los saco de su sitio para apreciar sus cubiertas, así yo los haya leído en otra edición, con el fin de alegrarme la vista. Me pasa lo mismo cuando acudo a Quilca, en donde los libreros tienes sus libros en permanente exposición, pero algo hacinados, superpuestos, lo que no permite apreciarlos en su totalidad, así que no me reprimo y los vuelvo del todo visibles para luego reacomodarlos.

Vuelvo al post pasado. Es el momento de rectificarme: Aquello de “acostumbrarse” suena a resignación, y nada más alejado de lo que realmente siento por las cubiertas de mis más queridos libros: una inmensa gratitud sin distinciones por el placer brindado, desde el más modesto hasta el más empingorotado (verbigracia ver la foto superior). Corrijo entonces: “Al final uno termina amando las portadas de sus libros”. Así está mejor. Dejaré nuevamente que Pamuk tome la palabra, con la transcripción en su integridad del artículo número 31 de Otros colores:

NUEVE NOTAS SOBRE CUBIERTAS DE LIBROS

- El novelista que no sueña con la cubierta del libro que está escribiendo habrá completado su educación sentimental, será maduro, pero también habrá perdido la inocencia que lo convierte en escritor.

- Todas las grandes experiencias y placeres de la lectura se mezclan luego en nuestra memoria con las cubiertas de los libros.

- Necesitamos más lectores que compren libros por la cubierta y más críticos que no desprecien los libros escritos para esos mismos lectores.

- Mostrar de manera detallada en la cubierta el rostro de los personajes es un ataque inaceptable a la imaginación del lector y del autor.

- El diseñador que prepara una cubierta roja y negra para El rojo y el negro, que coloca la imagen de una casa azul en La casa azul o de un castillo en El castillo, da la impresión de que, más que respetar el libro, no se lo ha leído.

- Si años más tarde nos encontramos por casualidad con la cubierta de un libro que hemos leído, esta se convierte en un emblema que rápidamente nos recuerda el mundo del libro y que en un momento ya pasado de nuestras vidas nos introdujimos en dicho mundo mientras estábamos sentados en un rincón.

- Las cubiertas de los libros tienen la función de servir como señal del paso entre el mundo del libro y el mundo vulgar en el que vivimos.

- Lo que atrae de una librería, lo que la anima y la enriquece, no es la variedad de libros sino de cubiertas.

- En nuestra mente, los títulos de los libros son como los nombres de las personas: sirven para distinguir un libro de millones que se le parecen. Las cubiertas de los libros se parecen a las caras de las personas: o bien nos recuerdan con toda su fuerza un momento de felicidad que hemos vivido, o bien nos prometen un universo feliz que no conocemos. Por eso miramos las cubiertas de los libros con la misma pasión con que miramos las caras de las personas.

***

Algo que no debería llamar la atención en aNobii, pero que me permito resaltar, es que el usuario tiene la potestad de puntuar los libros leídos de la siguiente manera:

¡Me encantó! (4 estrellas)
Bastante bueno (3 estrellas)

Regular (2 estrellas)

Decepcionante (una estrella)

Obviamente no es la única manera de calificar nuestras lecturas. He visto que algunos bloggers someten lo leído a rangos numéricos que van del 1 al 5, del 1 al 10, etc., que incluyen decimales, o se esfuerzan por abarcar mediante palabras un mayor espectro calificativo: obra maestra, extraordinario, muy bueno, bueno, se deja leer, regularón, estafa, de lo peor, desastroso, chanfaina, bodrio, devuélvanme mi dinero, etc.

A mí siempre me han dicho que soy muy benigno a la hora de calificar mis lecturas, debe ser porque generalmente hablo de aquellos libros que me han causado cierto grado de fascinación o que me han decepcionado profundamente (autores y libros sobrevalorados, ya que hay bodrios inconfesables). La verdad es que tengo mi método cualificador de los libros que he leído desde el año 2000 (nada del otro mundo), y no pude resistirme cuando descubrí que aNobii me permitía hacer uso del suyo; aunque lo que parecía un juego terminó por descalabrarme (suelo tomarme las cosas muy en serio), ya que encontraba insuficiente la puntuación disponible. De todas maneras traté de ser justo de acuerdo a mi gusto personal.

La semana pasada Roberto, de El Guisante Verde Project, nos obsequió una imperdible reseña de Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy. No dudé en comentarle escuetamente mi experiencia con los cuatro únicos libros que he leído del norteamericano. Traigo a colación esos libros como un ejemplo significativo del puntaje que fueron merecedores en aNobii (ampliar imagen). Supongo que la polémica se instalará alrededor del exiguo puntaje (apenas dos estrellas) que le di a la famosa novela ganadora del Pulitzer 2007. He leído todo tipo de comentarios que La carretera suscita, así que considero muy diplomático de mi parte esas dos estrellas: ni fu ni fa.

***

A ver, para terminar, ¿cuántos se identifican con la siguiente situación? (La encuentran en… ¡Adivinen!)

Al principio Johns hizo un ligero, casi imperceptible esfuerzo por entablar un diálogo. Preguntó si Morini había adquirido alguna de sus obras. La respuesta de Morini fue negativa.

Dijo que no, después añadió que las obras de Johns eran demasiado caras para su bolsillo. Espinoza notó entonces que el libro al que la enfermera no le quitaba ojo era una antología de literatura alemana del siglo XX. Con el codo, avisó a Pelletier, y éste le preguntó a la enfermera, más por romper el hielo que por curiosidad, si estaba Benno von Archimboldi entre los antologados.

En ese momento todos escucharon el canto o la llamada de un cuervo. La enfermera respondió afirmativamente.

Johns se puso a bizquear y luego cerró los ojos y se pasó la mano ortopédica por la cara.

–El libro es mío –dijo–, yo se lo he prestado.

–Es increíble –dijo Morini–, qué casualidad.

–Pero naturalmente yo no lo he leído, no sé alemán.

Espinoza le preguntó por qué motivo, entonces, lo había comprado.

–Por la portada –dijo Johns–. Trae un dibujo de Hans Wette, un buen pintor. Por lo demás –dijo Johns–, no se trata de creer o no creer en las casualidades. El mundo entero es una casualidad...

1.

Hace tiempo, leyendo Vargas Llosa: El vicio de escribir (Alfaguara, 2002), de J. J. Armas Marcelo encontré la definición de un fenómeno paradójico que todo lector ha experimentado siquiera una vez en su vida. El escritor español lo explica de la siguiente manera:

"Sometido por la historia que está leyendo y subyugado por la forma de relatarnos literariamente esa misma historia, el lector acelera su acción de lectura, no puede dejar de leer, quiere conocer en su integridad el relato que lo ha poseído, hasta que cae en la cuenta de que sólo le quedan unas pocas páginas para terminar la novela; entonces, siente la angustiosa cercanía del final –la paradoja del lector– y trata, por todos los medios a su alcance aunque inútilmente, de detener su lectura sin dejar de leer; trata de demorar la lectura –leer a cámara lenta– como mecanismo de defensa ante el inminente fin de la lectura de la novela. Esa paradoja le sucede al lector en muy contadas ocasiones, pero cuando ocurre ese mismo lector sabe que tiene en las manos, mientras lee, un artefacto literario de dimensiones extraordinarias, una obra de arte que teme terminar de leer porque no sabe cuándo va a volver a tener esa misma o parecida sensación de plenitud con otra novela distinta a la que está terminando de leer."

Lo curioso es que Armas Marcelo inserta esta definición en el capítulo que le dedica a la que era la última novela del peruano: La fiesta del chivo (Alfaguara, 2000), y yo como lector no podía dejar de sentirme identificado. Recuerdo que adquirí la que quizá sea la última gran novela de Vargas Llosa la tarde de un viernes y no abrí el libro hasta dos días después, domingo, apenas me sentí lo suficientemente despabilado; para inmediatamente después no parar de leer hasta terminarla las primeras horas del lunes. A medida que avanzaba la lectura, mi interés se acrecentaba por saber más del destino de los conspiradores, de las miserias del trujillato y de los trágicos recuerdos de Urania. Estas historias se sucedían alternadamente y demandaban retomar el hilo de la narración con el mínimo de pausas; pero por otra parte, el final inexorable empezaba a angustiarme. ¿Qué hacer? ¿Seguir leyendo o parar? Ese domingo tuve el privilegio de poder desconectarme del mundo, cosa que quizá no se repetiría, me dije; así que lo aproveché al máximo y me encomendé a los beneficios de una futura relectura para rescatar el placer inicial brindado por tan maravillosa novela (la releería completa antes del estreno de la película).

2.

El post que le dediqué a Orhan Pamuk me demandó gratificantes e incontables minutos de relectura de varios pasajes de sus 8 libros que dispongo. El pasado lunes al fin pude sumar el noveno traducido al castellano. Adquirí Otros colores (Mondadori, 2008) en mi última visita a la pasada FIL, con un nada despreciable 20% de descuento. Venía postergando su compra ya que sabía de sobra que iba a interrumpir injustamente el libro que en ese momento venía leyendo, sobre el cual me explayaré cuando escriba sobre las novelas ganadoras del Premio Alfaguara (he leído las 13 galardonadas en sus 12 ediciones), y además atentaría contra mi segunda lectura programada que representaba un reto personal acabarla. Me estoy refiriendo a El viajero del siglo, de Andrés Neuman y a La llave del abismo, de José Carlos Somoza. Una vez que me faltaban pocas páginas de este último título decidí comprar el libro del turco, y de pasada me hice de la última novela de Philip Roth: Indignación, mi libro número 21 del norteamericano.

3.

Ha pasado bastante tiempo hasta hacerme del segundo libro de un escritor que tenía casi en el olvido. A principios de julio el mundo literario se vistió de luto ante el fallecimiento de Frank McCourt. Cuando me enteré de la trágica noticia vino a mi mente el único libro que leí del escritor de origen irlandés: Las cenizas de Ángela (Premio Pulitzer 1997). No sé por qué le perdí el rastro a la segunda parte, que tiene como título Lo es. Cuando me aproximé al reducido stand de Santillana en la FIL, me dirigí sin escalas a los estantes de la colección Punto de Lectura para buscar ese libro, y lo hallé a mitad de precio. Antes de leer Lo es pienso releer algunas páginas de Las cenizas de Ángela, darle una ojeada a mis anotaciones. Recuerdo muy pocos hechos, en cambio persisten algunas sensaciones que su lectura me dejó.

4.

Es bastante común que algún conocido me comente como última lectura un libro que yo leí hace bastante tiempo (me conmueven especialmente los lectores que están descubriendo a Vargas Llosa). En estos casos lo normal es que haya olvidado muchos nombres de los personajes secundarios y pasajes que para un lector reciente son considerados trascendentales, y yo apenas rememore el resultado final que me produjo su lectura y suelte el escueto "sí me gustó" o "no me gustó" en su momento. Si el libro lo merece acudo a mi propio ejemplar, a mis anotaciones, y puedo enzarzarme en una discusión en la que el lector fresco siempre tendrá ventaja, y en donde la relectura de una mínima parte de ese libro puede llegar a afectar mi percepción primigenia.

Estos son algunos libros que fueron comentados por los amigos bloggers en su momento y que decidí buscarlos y tenerlos cerca por si acaso (están nombrados desde el más antiguo al más reciente en ser leídos): La insoportable levedad del ser (Milan Kundera), Seda (Alessandro Baricco), El hijo del acordeonista (Bernardo Atxaga), Tratado de culinaria para mujeres tristes (Héctor Abad Faciolince), El enigma de París (Pablo de Santis) y Foe (J. M. Coetzee).

5.

A Milan Kundera hace tiempo que dejé de leerle. Cuando Isi le dedicó un post a La insoportable levedad del ser, las brumas mentales que tenía con respecto a esta novela comenzaron a disiparse. Pese a los años transcurridos, mis apuntes me devolvieron algunas páginas merecedoras de citarse, muy controversiales visto a la distancia (o es que el protagonista me resultaba una especie de antihéroe fascinante y ahora me he vuelto medio cucufato). Rescaté del olvido a Karenin, el perro, y las circunstancias en que Teresa y Tomás se conocieron. La culpa fue de los libros: un libro abierto en la mesa de un bar, como la contraseña de una hermandad secreta (los invito a leer ese pasaje en garagatos).

6.

Leí Seda a principios del milenio de un ejemplar que me prestaron. Vargas Llosa la catalogó como “una historia misteriosa, lacónica, perfecta”. Hace año y medio más o menos que tuve la posibilidad de comprar mi propio ejemplar, en nombre del placer brindado. Desde entonces ha permanecido guardada pero visible. Quise ver primero la película antes de releerla; mas creo que primero la releeré ya que en más de un blog, como el de la hierba roja, ha cosechado comentarios negativos. Eso sí, hoy me lo pensaría dos veces antes de acometer un libro de esa extensión. Me he acostumbrado a las novelas de tamaño regular (entiéndase por ello lo que gusten) y extensas, y el ritmo que le imprimiría no sería el adecuado (a eso se debe el porqué Ojos azules, de Pérez-Reverte, aún no lo adquiero ni leo).

7.

Tanto El hijo del acordeonista como Tratado de culinaria para mujeres tristes los vi comentados en el blog de Teresa. Como ambos libros fueron editados por Santillana - Alfaguara, tienen un lugar privilegiado en mis escasos libreros; así que decidí sacarlos para buscar los papelitos con mis anotaciones. Lamentablemente no encontré mis apuntes de la novela de Bernardo Atxaga (recuerdo que me gustó y poco más) y sí los que hice del librito del colombiano Abad Faciolince (releí varias de sus chispeantes “recetas”). Son dos autores que me gustaría seguir leyendo.

Dejo para una mejor oportunidad mis apuntes sobre las novelas del sudafricano (intertextualidad y no plagio es la palabra clave en el caso de Foe) y del argentino (quizá cuando divague sobre los premios literarios El enigma de París tendrá su espacio), comentadas por Leox y Mariano respectivamente.

***

Hoy me he permitido escribir este post, una suerte de “lo que salga” que sabrán disculpar (donde la relectura pareciera ser el tema dominante), luego de aprovechar al máximo mis horas libres en beneficio de la lectura. Los libros de Neuman (magistral) y Roth (intensa), el collage de Pamuk (imperdible, Maribel), así como las últimas páginas de la novela de Somoza (debo una reseña) confirman que el vicio de leer puede llegar a ser absorbente.

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