Lecturas de 2025
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1-*El siglo de la soledad*, de Noreena Hertz (Paidós).
2-*Autobiografía de Rojo*, de Anne Carson (Pre-Textos).
3-*La tregua*, de Mario Benedetti (Alianza)...
Hace 2 días.
Desde su fecha de publicación, hasta dar con el final de mi propio ejemplar, leí muy por encima tres reseñas sobre El Tercer Reich escritas por bloggers aficionados a la literatura que recomendaban su lectura a la vez que aumentaban mi expectativa y envidia. Los autores de dichas reseñas resultaron lectores de Bolaño: uno de ellos confesaba haberse leído casi todo lo publicado por el chileno; otro se jactaba de estar dosificando sus lecturas bolañeanas (le quedaban algunas novelas cortas por estrenar); mientras que el tercero -a mi parecer el más afortunado- aún no había accedido a sus novelas más celebradas: Los detectives salvajes (1998) y 2666 (2004). Lo curioso al volver a estas reseñas, y leerlas en su totalidad, es lo mucho que se parecen sus textos entre sí: sin contar nada medular, prácticamente dicen, aunque con otras palabras, lo mismo que se consigna en la sinopsis de la contraportada, y yo no quería caer en lo mismo, si es que podía evitarlo. ¿Y cómo evitarlo?
Primero, como dije, evité ponerme a escribir sobre El Tercer Reich inmediatamente después de haberla terminado, más aún si se trataba de la novela póstuma de uno de mis escritores favoritos (con lo que cuesta ser imparcial con ellos), cuyas copias mecanografiadas (sólo las primeras 60 volcadas en la computadora) datan de 1989 como fecha aproximada. Esto quiere decir, siete años antes de que iniciara su relación editorial con Jorge Herralde y la publicación de Estrella distante en 1996 (ese año también aparecería La literatura nazi en América en Seix Barral), y nueve años antes de su consagración definitiva con Los detectives salvajes (1998), premio Herralde de Novela y premio Rómulo Gallegos en 1999. ¿Qué hacer mientras dejaba pasar algunos días para, ilusamente, abordar el libro de una manera desapasionada y objetiva? Me puse leer poesía mientras llovía o más bien a oír el repiqueteo de la lluvia hecha poesía... Miento. En la ficción, la estación veraniega en
Los libros de Bolaño tiene la peculiaridad de decir más de lo que cuentan, de resistir múltiples lecturas (sí, cuántas veces hemos leído semejantes consideraciones, créanme que en este caso no son gratuitas). Son célebres las voces monologantes, los sueños de sus personajes introducidos en la narración; voces acosadas, desatadas, de hombres como el cura literato de Nocturno de Chile (2000) y mujeres como la autodenominada madre de la poesía mexicana de Amuleto (1999). Lo que pase o deje de pasar importa poco o nada ante lo que apenas se vislumbra o late escondido, acechante, mientras vemos imantada nuestra atención por todos los libros y autores que se mencionan, por esas variadas y largas listas que son el inconfundible sello del chileno, por esa apabullante manera que tiene Bolaño de decirnos lo poco que hemos leído, lo neófitos que somos en literatura y otras materias, pero sin ser arrogante, ya que ahí están los Ramírez Hoffman y Carlos Wieder de sus novelas publicadas en 1996: siniestros e infames poetas del horror, cultísimos salvajes.Etiquetas: Libros y autores
En la sala de Goya, Ariel ve por fin las pinturas originales que tantas veces ha visto en reproducciones que no les hacen justicia. Saturno devorando a sus hijos, La lucha a garrotazos o El perro enterrado en la arena. Luego descubre un cuadro llamado El aquelarre y permanece un largo rato contemplándolo, como si fuera un Guernica pintado más de cien años antes. No sabe por qué, pero se corresponde con la visión que a veces tiene del graderío, le recuerda la masa que conforma en ocasiones el público. El grupo de estudiantes le atrapa de nuevo, acompañado por la explicación del profesor, y destilado de Velásquez y el Greco nos llega la más certera mirada sobre nuestro país, que es lo pintado por el aragonés Francisco de Goya.
David Trueba, Saber perder, (Compactos Anagrama, 2009), p. 361
Cuando la conversación giraba inevitable hacia el fútbol, Ronco abría un paréntesis y se confesaba con Sylvia, el fútbol es un deporte muy raro al que juegan unos eternos adolescentes descerebrados y millonarios pero que mueven una maquinaria que hace felices a cientos de miles de descerebrados mucho menos favorecidos económicamente. Le contaba el caso de un tipo que al morir su padre seguía llevando las cenizas al campo dentro de un tetrabrick, otros muchos que pedían que esparcieran sus cenizas por el césped del estadio de su equipo favorito, padres que sacaban el carnet de socios a sus hijos el mismo día del nacimiento, o trataban de colar a sus perros en la gradas, coleccionistas de cromos, camisetas, balones, gente que se llevaba trozos de la portería el día de la final, pedazos del césped. Ibid. p. 484
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